El lenguaje de los arquitectos (2)

Primeros dibujos del emplazamiento del Palacio Botín de Santander, de Renzo Piano www.elcultural.com

Hace ya mucho tiempo comentamos que el lenguaje de los arquitectos es muy peculiar.

El arquitecto expresa sus ideas con grafismos y dibujos: también es un artista.

Un buen arquitecto, cuando inicia un proyecto, concibe una idea que refleja en los primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, que se van corrigiendo unas a otras. Luego, esos primeros croquis van tomando forma y detallándose en sucesivos dibujos o en esbozos ren

Croquis de la sección del Palacio Botín www.tmagazine.es

derizados y finalmente adoptan la forma definitiva en los planos del proyecto y la maqueta del edificio.  Los espacios, las formas y los materiales proyectados expresarán y darán forma final y real al edificio proyectado.

 

Plano de planta del Palacio Botín www.arquitecturaviva.com

Director de orquesta, el arquitecto encaja en su proyecto todos los aspectos constructivos y de ingeniería, normalmente desarrollados por otros profesionales, cuidando que siempre se mantenga esa idea que él quiere expresar.

Dibujo e la sección del Palacio Botín  www.pinterest.com

La solución de ese largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresa su respuesta a las condiciones del terreno y de su entorno, a las necesidades del cliente y a los condicionantes de la normativa, es un edificio que integra exigencia técnica y construcción. En la buena arquitectura, nada sobra, cada línea, cada material contribuyen a definir el edificio. La buena arquitectura produce emociones y sentimientos encerrados en los espacios.

El arquitecto se expresa mediante la obra construida, que sintetiza su labor creativa y artesana: un buen arquitecto no es tal si no sabe conducir a buen puerto, a lo largo de una obra, esas ideas expresadas con dibujos y con palabras. La obra final, su volúmen y espacios serán la mejor expresión de la idea inicialmente concebida y luego plasmada en planos y memorias.

Maqueta del Palacio Botín de Santander www.pinterest.com

Cuando el arquitecto se expresa con palabras suele ser mucho más torpe: para explicar su obra y estas emociones que produce esconde su discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras que sólo otros compañeros logran entender; le resulta difícil transmitir conceptos ligados a la creación y quiere concentrar en unas palabras todos los matices. El discurso resulta en frases largas, llenas de subordinadas, que hacen de su discurso algo críptico, misterioso, al alcance solo de los entendidos.

Utiliza expresiones incomprensibles para las personas ajenas a la profesión: «espina dorsal funcional», «diálogo entre volúmenes», «arquitectura enraizada en el ambiente» «luces de las crujías» …

Utiliza metáforas, unas recogidas en los glosarios de arquitectura como «cola de milano», «pico de cuervo», «pico de pato», otras de creación propia, que le ayudan a transmitir con imágenes lo que quiere expresar: «una lámina de agua», «un espacio vibrante», «una ciudad muerta». Las metáforas son la expresión de una cultura y el traductor debe buscar la equivalencia en el idioma meta: el toro aparece en las metáforas de construcción españolas en lugar de la vaca francesa de las metáforas galas y el pato es el ave al que más recurren los franceses, frente al gallo español.

El arquitecto quiere narrar con palabras lo inenarrable, porque «el lenguaje existe y se manifiesta en una sola dirección y puede jugar con su temporalidad, mientras que el espacio funciona en todas las direcciones y su tiempo es siempre hacía delante»[1]. Necesita apoyarse en imágenes, pues solo ellas expresan adecuadamente lo que las palabras no alcanzan.

Como el arquitecto, el traductor de textos de arquitectura y construcción debe apoyarse en imágenes que le ayudarán a entender el significado, en el contexto, de una determinada palabra y a comprobar la exactitud del término traducido, comprobándolo con la imagen correspondiente. Los diccionarios y glosarios más útiles son aquellos que van acompañados de imágenes.

¿Por qué el arquitecto utiliza un lenguaje que no entiende el profano?

El arquitecto utiliza el lenguaje como herramienta de comunicación y signo de pertenencia a la tribu. […] Se ha evolucionado a un lenguaje propio que sólo manejan los propios arquitectos y su entorno más próximo donde el cliente/usuario cada vez es más ajeno a la realidad de la arquitectura. [2]

Porque ese lenguaje peculiar le aporta una marca de tribu: quiere expresar lo que solo sus compañeros pueden entender, percepciones y emociones que escapan al profano.

El traductor de arquitectura y construcción no entenderá realmente lo que quiere decir el arquitecto en sus escritos si no los compara con el resultado final, con el edificio construido y si no llega a entender los motivos que se esconden tras la expresión gráfica y el resultado construido. Si el arquitecto ha utilizado una palabra equivocada, analizando el edificio construido, cotejando los textos con los planos y otros grafismos, el traductor podrá entender qué era lo que realmente quería decir.

Porque los traductores solo podemos traducir bien lo que entendemos.

[1] Blog: stepienybarno, «El lenguaje de los arquitectos 1/2» 13/12/2009

[2] Castaño Perea, Enrique y de la Fuente Prieto, Julián: «Lenguaje del arquitecto: diagnóstico y propuestas académicas», Revista de docencia universitaria, vol. 11 (3), octubre-diciembre 2013.

Fotos: dibujos y maqueta del proyecto del Centro Botín de Santander, de Renzo Piano,  recientemente inaugurado.

La metáfora en la terminología de arquitectura y de construcción (1)

Escalera de la catedral de Pamplona

Borrico, burro, caballo, gallo, galápago, cangrejocaracol, carpa, cucaracha…, ¿una relación de animales? Sigo leyendo: cabeza, cara, ceja, cipotehombro, nariz…, ¿un tratado de anatomía?

No, también hablan de tambor, tijera, cama o cuchillo. Es un texto de construcción.

Antes de adentrarnos en algunas de las metáforas utilizadas, vamos a intentar contestar a estas preguntas: ¿por qué se usan estas palabras?, ¿cómo se han introducido en la terminología de construcción?

Un poco de historia

Hasta la Edad Media, el arte de la construcción era un conjunto de saberes prácticos, que los maestros de obra transmitían de manera muy secreta a sus aprendices.

En el Renacimiento, surge la necesidad de transformar ese conocimiento: el alarife se convierte en arquitecto, en el «principal fabricador» y se le obliga a adquirir ciertos conocimientos de filosofía y artes liberales pues se considera que sin ellos no pueden ser perfectos arquitectos.

           

En los siglos XV y XVI aparecen los primeros tratados de arquitectura. Es entonces cuando se incorpora a estos tratados el léxico grecolatino de origen metafórico que encontramos en las obras españolas del Renacimiento. Sus autores pretenden enriquecer la lengua con una nueva terminología, más científica y técnica, y adoptan y recuperan términos de la antigüedad clásica u otros de obras científicas humanísticas. Utilizan la metáfora para hacer más comprensible lo que se convierte entonces en una ciencia: la Arquitectura.

En De re aedificatoria, de Leon Battista Alberti y en su traducción al español, Los diez libros de Arquitectura de León Batista Alberto, de Francisco Lozano se emplean las metáforas del léxico clásico y se potencia su uso para hacer más comprensible (1).

Este tratado también establece las bases teóricas de la nueva ciencia, que se difunde en España sobre todo a través de las traducciones al español de las obras de Vitrubio y de Alberti. Es él quien explica la introducción de algún nuevo término de arquitectura, como collarino, porque:

[…] así llaman cerca de nós, los de Toscana, una cinta muy delgada, con que las donzellas atan y ciñen los cabellos; llamemos pues collarino (si nos es lícito) la faxuela que como regla flechada en redondo rodea en lugar de anillo la estremidad de la columna. (2) 

            

Actualmente, cualquier arquitecto falto de recursos terminológicos para referirse a un elemento arquitectónico concreto, recurre habitualmente a la metáfora y, en las conversaciones que se oyen en las obras y también en los textos de construcción, son habituales palabras como cabeza, garganta,  brazos, alas, que todos los interesados entienden porque se refieren, muy  isualmente, a un elemento fácil de identificar. A veces, incluso, puede existir un término ya acuñado para dicho elemento, pero, por desconocimiento o por pereza, se usan metáforas cercanas, fácilmente comprensibles, aunque de significado poco específico.

Y esto no solo ocurre a los arquitectos de habla hispana. Hace unos días, sin ir más lejos, en un foro de traductores alguien preguntaba por el término francés voilette que describe muy bien, refiriéndose a los velos que cubrían parcialmente el rostro de algunas señoras, las láminas ondulantes que protegían del sol las fachadas de un edificio.

No siempre reconocemos las metáforas. Si no conocemos la lengua de origen, pueden pasar desapercibidas, como es el caso del ancón, canecillo utilizado como motivo ornamental, que procedes del griego αγκων y del latín ancon, ángulo o doblez del codo.

¿Por qué la metáfora?

Porque la metáfora establece una relación entre realidades distintas y facilita la comprensión de nuevos objetos, formas e ideas. Además de un recurso poético, este mecanismo analógico es un proceso cognitivo que permite comunicar con eficacia ideas y pensamientos.

Porque el arquitecto tiene que hacerse entender. Su creatividad le lleva a usar imágenes cuya forma o función pueda asimilarse a las ideas y pensamientos que quiere expresar.

Porque la metáfora otorga al edificio un nexo con la naturaleza, adornándolo con elementos propios de los seres vivos: alas, cuernos, picos, brazos, espinas, colas, hojas y tallos.

Porque la arquitectura es un arte eminentemente visual y la metáfora describe la forma o la función de unos elementos inertes morfológicamente, similares a formas de la naturaleza, estableciendo una relación visual entre una imagen conocida y un concepto arquitectónico.

Las metáforas usadas en arquitectura se utilizan para relacionar formas y funciones de la naturaleza, del cuerpo humano, de la flora y de la fauna, u objetos de uso cotidiano con elementos arquitectónicos, para hacer más comprensibles las características de la forma y de la función de estos elementos constructivos.

Aquí podéis ver el significado de las metáforas utilizadas en el texto anterior.

(1) Margarita Freixas: «Una aportación a un diccionario histórico de lenguajes de especialidad: el léxico metafórico de tres tratados arquitectónicos del Renacimiento español (1526-1582)», Revista de Lexicografía, XV (2009), pp. 31-57.

(2) En Margarita Freixas, op. Cit.: Alberti, De re edificatoria, traducción de Lozano 1582: VI, XIII, 187-188.

Fotos: Escalera de la catedral de Pamplona, @mercedessánchez-marco. el resto, libres, de internet

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Querido amigo y compañero

Imagen
Alzado del edificio del Iruña, en la Plaza del castillo de Pamplona, realizado por la autora.

Querido amigo y compañero arquitecto:

Pues sí, porque además de traductora soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque hace años que no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el motivo de la fisura que aparece en la fachada de un edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma. Eran las nueve y media y necesitabas las 5500 palabras para la una del mediodía del mismo día.

Dijiste que, siendo traductora, no me iba a costar nada.

Debes saber que una traducción lleva su tiempo: hay que conocer a fondo el tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a veces interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 2500 palabras diarias exige un gran esfuerzo que supone un sobrecosto. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del trabajo.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguramente tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Pues bien: no le pidas tampoco a él que te haga la traducción. Un traductor profesional solamente traduce a su lengua materna porque cuando traduce a otra lengua, la música de su propio idioma se deja oír, o puede que utilice expresiones calcadas de la lengua original o palabras fuera de contexto, como a menudo sucede en los folletos de instrucciones de muchos aparatos cuya lectura nos resulta harto difícil. Si te decantas por la traducción automática, antes puedes hacer la prueba de traducir un texto inglés al castellano: entiendes algo, sí, pero, ¿te gustaría pronunciar tu ponencia con ese mismo nivel de inglés?

Sabes muy bien que en los planos a menudo hay líneas que sobran y no aportan nada a un dibujo. Otras en cambio ayudan a definir el espacio, o indican esa intención aún vaga de modificar la textura del pavimento de una estancia. Esa línea tiene que ser rotunda, o sutil, pero siempre de un determinado grosor, y no otro. Igual sucede con la lengua: tiene mil matices que sólo el que la habla desde la cuna sabe captar. La traducción no es una ciencia exacta: cada palabra sólo cobra un valor concreto en un determinado contexto.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores, puedes pasar un día entero hasta que encuentras el grosor ideal de la línea que va a expresar un detalle del proyecto: ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma?

Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especialidades, como otras, que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce y de la jerga específica del sector.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y sigue haciéndolo a lo largo de su carrera. Utiliza programas específicos para mejorar la calidad de las traducciones, y esos programas suponen una inversión. Se merece cobrar un salario digno. Puedes calcular el valor de una traducción a partir de las 2500 palabras diarias. Pero ten en cuenta que es un profesional como tú, que paga su seguridad social, tiene vacaciones, necesita realizar ciertas inversiones en equipo y, además, formarse continuamente.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a traducir el texto que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer el folleto publicado por la Asociación Española de Traductores, Asetrad,

Nada más, espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria.

Un abrazo,

Mercedes, arquitecta y traductora

Traducir los textos de los concursos de arquitectura

@mercedes sánchez-marco
Propuesta para el concurso «La casa del Reloj», Tudela, Navarra

Quiero reivindicar aquí un lugar, mínimo, para el traductor, en el equipo que se presenta a un concurso de arquitectura. Un papel sin embargo que considero imprescindible para lograr el éxito y abrirse camino fuera de nuestras fronteras.

Los arquitectos somos maestros en la expresión gráfica. Los textos de las memorias y artículos divulgativos, salvo para algunos pocos profesionales que manejan con soltura las letras y la ortografía, suelen ser algo secundario, que cuesta mucho esfuerzo, por ser ajeno a nuestro medio de expresión, el dibujo.

El arquitecto, al iniciar un determinado proyecto, o al dar respuesta a las exigencias que plantean las bases de un concurso de arquitectura, concibe una idea que expresa en unos primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, corrigiéndose unas a otras, en los cuadernos de notas o en la servilleta del restaurante donde intenta expresar a su cliente la idea que va surgiendo en su mente. Luego, esos primeros bocetos van tomando forma y volumen en maquetas o dibujos en tres dimensiones para finalmente reflejarse en los planos del proyecto. A partir de ese momento, los instrumentos con los que el arquitecto expresa el edificio proyectado son los espacios, las formas y los materiales.

Director de orquesta, el arquitecto va encajando en el proyecto los diferentes aspectos constructivos y de ingeniería, como un encaje de bolillos, velando por la integridad de esa idea que él quiere expresar, y para que cada elemento del edificio adopte el lugar y matiz adecuados en función de ese resultado final ideado. En el caso de los concursos, se consulta con los ingenieros la estructura del edificio proyectado, o a las posibles instalaciones, y con el aparejador los materiales a emplear.

El edifico final será el resultado de un largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresará su respuesta a las condiciones del terreno, de su entorno y de las necesidades de uso planteadas en el programa, integrando en él las exigencias técnicas y constructivos necesarias. Será el resultad de un trabajo en equipo.

La expresión escrita de lo proyectado es algo necesario, pero secundario. Cuando el arquitecto se expresa con la palabra, en general esconde su torpe discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras y expresiones que solo otros compañeros entienden, pero que parecen otorgar al proyecto un halo de secretismo únicamente descifrable para los iniciados: espina dorsal funcional, paquetes funcionales, pueden ser un ejemplo.

@mercedes sánchez-marco
Panel del concurso «Museo Esteban Vicente», Segovia

Actualmente, la crisis ha hecho que muchos estudios de arquitectura se planteen buscar trabajo en el exterior, y se presentan a numerosos concursos de arquitectura. Excepto en aquellos casos en que se declare idioma oficial el inglés, la propuesta debe estar redactada en el idioma del país convocante, que, excepto en Hispanoamérica y en nuestro propio país, no es el español.

Una vez que, mediante la colaboración de algún compañero que entienda la lengua, o utilizando a San Google, se logra entender las bases del concurso, la memoria explicativa o el texto que acompaña a los dibujos, pasará a segundo término hasta dos o tres días antes de la entrega del concurso: entonces se plantea la necesidad de traducirlos.

Llega el momento de buscar rápidamente a una persona que se pueda encargar de dicho cometido. En el caso del inglés no es difícil encontrar a un becario que hable bien ese idioma, o es posible que los miembros del equipo lo conozcan y se sientan capacitados para realizar la traducción, arriesgándose a cometer algún que otro fallo que, en el caso de reflejarse en la composición del programa, pueden provocar el incumplimiento de las bases del concurso. Lo más habitual en estos casos es que la calidad de los textos desmerezca del resultado del esfuerzo empleado en la propuesta de proyecto.

Al intentar contratar a un traductor profesional, el equipo se encuentra con un gasto añadido, que no había previsto, y que cuesta tiempo y dinero, cuyo coste puede incrementarse por la premura con la que se solicita la traducción.

El costo de la traducción, sin embargo, puede minimizarse si prevé desde el inicio.

Se puede recurrir a un traductor profesional que conozca el tema y nos ayude en los aspectos como:

  • La comprensión de las bases del concurso, de forma que no se escape ningún aspecto del mismo y la propuesta no quede descalificada por la incomprensión de algún concepto.
  • La formación de un glosario terminológico, extraído de las bases, de forma que los textos que acompañen a la propuesta respondan a los condicionantes con idéntica terminología.
  • La formación de un glosario propio, a emplear en sucesivos concursos.
  • La redacción de unas plantillas de textos que se repitan, en lo posible, en cada concurso, de modo que la cantidad de palabras a traducir sea menor.
  • La redacción de los textos de la correspondencia con el organismo licitador.
  • Hacer de enlace en las conversaciones telefónicas que puedan surgir para cualquier aclaración.

En los concursos de arquitectura, exceptuando los casos en los que las bases requieren una memoria explicativa en documento aparte, los textos acompañan a los dibujos en los paneles donde se presenta la propuesta. Suelen ser textos cortos, telegráficos, a menudo difíciles de entender para el profano, y con un lenguaje conciso: por un lado, términos técnicos que se refieren a aspectos constructivos y por otro, términos que intentan explicar la idea que sustenta a la propuesta; como un día me dijo una traductora inglesa éstos últimos, sobre todo, «escritos por arquitectos para ser leídos y entendidos por arquitectos». Son a menudo expresiones de difícil interpretación, y que exigen aclaración por parte de quien lo ha escrito, dado que, para el profano, pueden tener diferentes significados.

Antes de presentarse a un concurso de arquitectura en otro idioma, por lo tanto, hay que prever la traducción de los textos, y conviene contar con un traductor que nos guíe en la compresión de los textos de las bases del concurso y en la expresión escrita adecuada de los diferentes aspectos de nuestras propuestas.

Fotos: Paneles de presentación de propuestas de concursos de arquitectura @mercedes sánchez-marco

 

Por qué soy también traductora

@mercedes sánchez-marco
Restauración del granero de Adriano, Pataka, Anatolia

Me acaban de preguntar por los motivos que me impulsaron a ejercer el noble oficio de la traducción después de haber trabajado tantos años como arquitecta.

Hubiera podido contestar, dada la época de crisis en la que nos encontramos, que busqué otra profesión por falta de trabajo. En mi caso, los motivos son otros: son la confluencia de muchas razones y del momento vital en el que me encuentro.

Soy arquitecta, sí, pero de letras. ¿Cómo es eso? Pues porque hice mis primeros estudios entre traducciones de Herodoto y de Tito Livio, estudié dos años de Filosofía y Letras y, como no existía la especialidad que me apasionaba, Historia del Arte, en la ciudad en la que vivía, y entonces no era cuestión de que fuese a estudiar fuera, decidí que ese no era mi camino, y me pasé a Arquitectura.

En aquel entonces, me atraía más el mundillo de los estudiantes de la Escuela de Arquitectura, aquellos chicos que llenaban la sala de cultura de mi ciudad, a principios de los 70, para ver lo último de Andy Warhol, que el más tranquilo de mis colegas de la facultad cuyas discusiones filosóficas apenas iban más allá de Santo Tomás.

El caso es que, después de un primer año en el que estuve bastante despistada, preguntando a mis compañeros de clase de cálculo qué era esa S tan larga que aparecía por todos lados, a base de tesón y de cierta facilidad para las matemáticas, logré dominar las integrales, el cálculo la física y las estructuras. Las clases de D. Francisco Íñiguez y la asignatura de Proyectos me hacían sentirme en la senda adecuada.

En el estudio que compartí durante veinte años hacíamos también proyectos de viviendas sociales, pero siempre tuve entre manos alguna rehabilitación y al final, en mi propio estudio, me dediqué en exclusiva a esta especialidad.

 

 

@mercedes sánchez-marco
Restauración de una iglesia jesuítica para albergue de peregrinos en Pamplona

El restaurador, al actuar sobre un edificio histórico, tiene que observar, estudiar, consultar, leer a fondo el original y traducirlo al momento actual, tal y como hace el traductor con los textos.

Crecí prácticamente bilingüe con francés, e hice mis estudios en este idioma hasta la edad de doce años. Empecé pronto con el inglés, y tras una larga estancia en Irlanda, pasé un año en California. Era una época en que muy poca gente en España hablaba el inglés. Luego aprendí italiano y empecé a leer en este idioma y a viajar con frecuencia a Italia.

Soy una lectora infatigable, y nunca leo traducciones de los idiomas que hablo. La lectura me ha ayudado a mantener y perfeccionar las lenguas, incluido el español.

Creo que fue el descubrimiento de la obra de Marguerite Yourcenar, hace muchos años, y la lectura de su biografía lo que hizo que me plantease la posibilidad de algún día convertirme, como ella, en traductora.

Con este bagaje, y cuando llevaba treinta años de profesión a mis espaldas, me llegó el primer encargo de traducción. Y con la insensatez que da la ignorancia, lo acepté. Enseguida me di cuenta de que eso era algo muy serio: si quería seguir por ese camino tenía que formarme, estudiar, aprender. Cada vez había menos trabajo en el estudio y yo tenía tiempo. Empecé desde cero, como una cría, cometiendo muchos errores, y progresando poco a poco porque desde entonces no he parado de formarme, y sigo en ello.

En los últimos años me pesaba la parte más ingrata de la profesión del arquitecto. Quedan ya lejos los tiempos en los que el proyecto de una iglesia cabía en una carpeta azul y contenía un plano y pocos folios mecanografiados que lo explicaban y justificaban.

Con el paso de los años la carga de documentación necesaria para un proyecto de arquitectura se ha hecho mayor, y aunque la aparición de la informática simplificó considerablemente el grafismo y la edición de planos y documentos, ahora hay mayores exigencias normativas que obligan a que el arquitecto tenga que dedicar más tiempo a los aspectos administrativos y de gestión. Y ¿qué decir de las exigencias del CTE, el Código Técnico de la Edificación? Su implantación hizo que todos los profesionales de la arquitectura tuviéramos que reciclarnos y renovar todo el proceso de elaboración de proyectos de construcción.

Si antes el profesional de la arquitectura dedicaba la mitad de su tiempo a proyectar y plasmar sus ideas en dibujos, actualmente, la actividad creativa ocupa un espacio muy reducido; la mayor parte del trabajo diario está dedicado a la elaboración de documentación, a las gestiones y consultas en órganos administrativos, a los múltiples cálculos, a las visitas de obra y a la búsqueda de clientes, o incluso a atender consultas de antiguos clientes o de conocidos.

En el caso de las obras de rehabilitación el tiempo de dedicación que requieren las obras es mayor que en los edificios de nueva planta, pues son frecuentes las sorpresas y los cambios durante el proceso constructivo, y se toman decisiones en obra que modifican sustancialmente el proyecto original y, en consecuencia, la documentación. Aquí las visitas de obra son más frecuentes y más largas, independientemente de las condiciones climáticas.

 

@mercedes sánchez-marco
Tejado del actual albergue municipal de peregrinos de Pamplona

¿Hasta qué edad iba a poder –y querer– seguir subiendo a los andamios y volver a casa, en invierno, aterida de frío por carreteras heladas? Porque no era una arquitecta estrella con un gran estudio, sino una más, y trabajaba sola.

En cambio, Marguerite Yourcenar, a los 80 años, seguía traduciendo.

No quiero hablar de la crisis, de los concursos con cientos de participantes, de las bajadas de honorarios, de trabajar perdiendo dinero. No es el momento y tampoco fueron las únicas razones para convertirme en traductora, pero ayudaron a ello: sufría las consecuencias del mal ambiente que se había creado en las obras y en la profesión.

Así que como Marguerite Yourcenar en su isla de Maine, ahora traduzco desde este refugio alejado de la civilización, y disfruto con mi nueva profesión como lo hice con la arquitectura.

Fotos: @mercedes sánchez-marco

 

 

Bagheria

Bagheria hoy
Vista de Bagheria

Dejando atrás el paréntesis estivo, continuamos aquel viaje por tierras sicilianas, emprendido en mi anterior entrada, en busca de los lugares donde vivieron de dos escritores, Giuseppe Tomasi di Lampedusa Fosco Maraini.

Hoy nos detendremos en Bagheria.

A pocos kilómetros al este de Palermo, cuando se pierde de vista el monte Pellegrino que domina la capital, al otro lado del cabo Zafferano que cierra su bahía, y tras un corto tramo de autovía entre los olivos y el mar, se alza un nuevo conglomerado urbano salpicado de árboles, que baja en suave pendiente hacia el azul del océano, mirándolo desde una cierta distancia. Junto a la orilla, un grupo de casas: Porticello. 

Ni Tommaso di Lampedusa ni Fosco Maraini lo reconocerían.

Aquí, en el siglo XVII, el príncipe de Butera, decidió levantar su palacio de verano: Villa Butera fue la primera de las grandes villas barrocas de Bagheria. Dos generaciones más tarde, Salvatore Branciforte, Príncipe de Butera, establece los primeros planos urbanísticos de la ciudad, construyendo un edificio adosado a la torre medieval existente y ampliando así el palacio. Fue él quien mandó edificar la Chiesa Madre.

A partir de entonces comenzó la gran expansión de Bagheria, convertida en centro de veraneo de la nobleza palermitana, que levantó un conjunto de soberbios palacios barrocos, construidos con la arenisca característica del barroco siciliano, que rivalizaban en esplendor y originalidad.

Actualmente, escondidos entre la masa de edificios de viviendas de varios pisos que han ido colmatando sin orden ni concierto los inmensos jardines y parques de aquellas villas, aún podemos visitar algunos de esos palacios. En ellos las características del barroco sicilianos cobran mayor exuberancia: monumentalidad, riqueza decorativa y dramatismo expresados mediante balconadas, mascarones, elementos a veces incluso grotescos, geometrías complejas con formas cóncavas o convexas, columnas…

El palacio Butera, el primer edificio de la ciudad, en pleno centro, es hoy sede del ayuntamiento. Fue edificado junto a dos torres almenadas, una de ellas aún visible.

Villa Palagonia,

@mercedes sánchez-marco
Villa Palagonia

Obra del arquitecto Dominico Tommaso Maria Napoli, es quizás la más conocida de las villas de Bagheria. La serie de monstruos, figuras antropomórficas y caricaturescas que adornan la cornisa superior del edificio y confieren un aire onírico al edificio fueron obra posterior. Quedan solo algunas de las 200 figuras originales, pero suficientemente llamativas para caracterizar el edificio y hacer que sea la principal atracción turística de Bagheria.

@mercedes sánchez-marco
Mausoleo de Guttuso en el jardín de Villa Cattolica

Villa Cattolica es la sede del museo Guttuso, el célebre pintor italiano, donde se pueden contemplar muchas de sus obras e interesantes exposiciones temporales; Guttuso tiene su mausoleo en el mismo jardín de la villa. Siendo joven Guttuso, en Bagheria se formó un activo grupo de intelectuales y artistas que dinamizaron la vida cultural de la ciudad. Entre ellos estaban la pintora Topazia Alliata, y el poeta Lucio Piccolo, a menudo acompañado de su primo Lampedusa.

El Palacio Aragona-Cutò, obra del arquitecto Giuseppe Mariani, es un edificio cuadrado de aspecto macizo, con una gran cubierta plana que forma una amplia terraza. La escalera interior de acceso a la planta noble, en rampa, lo diferencia del resto de los palacios de Bagheria en los que la escalera exterior forma uno de los elementos más característicos de sus fachadas. Giuseppe Tommasso di Lampedusa, que posteriormente compartió la propiedad con varios de sus primos, pasó en este palacio parte de sus vacaciones estivas infantiles. Actualmente es la sede de la biblioteca municipal, y su interior está magníficamente conservado.

Villa San Cataldo y Villa Villarosa también se pueden visitar.

Villa Valguarnera

Pero a mí, la que más me interesaba, y no pude visitar por permanecer cerrada al público, era Villa Valguarnera, la villa más suntuosa, imponente y bella de las villas de Bagheria, una joya del barroco siciliano, obra del arquitecto que diseñó Villa Palagonia, Tommaso Maria Napoli. La villa está situada en alto, en medio de un inmenso parque rodeado de terrazas y balaustradas y precedida de un patio de acceso rodeado de una doble exedra. La fachada principal se hace cóncava para alojar la escalera doble de dos tramos de acceso a la planta principal. La fachada posterior, que mira al mar, es recta.

Plano Villa Valguarnera
Planta del edificio central de Villa Valguarnera

El patio delantero está rodeado por construcciones de una planta con terraza superior sobre un pórtico con columnas. En el interior aún se conservan los frescos originales. Pero lo que daba valor al conjunto era el inmenso parque circundante, con varios pabellones y fuentes.

En esta villa, en un apartamento de los bajos del pórtico lateral, se refugió Fosco Maraini, etnólogo, fotógrafo, escritor y gran viajero florentino tras la guerra, a la vuelta de Japón después de tres años en un campo de concentración, en unión de su  mujer, Topazia Alliata, y sus tres hijas pequeñas. En “Case, amori, universi” habla de los años pasados en Villa Valguarnera, donde aquel hombre libre se sintió prisionero del aire viciado de la sociedad aristocrática siciliana: primero se retiró con su familia a vivir en Porticello, y pronto emprendió nuevas expediciones, nuevos viajes que le alejaron de Bagheria y de los suyos.

Su hija Dacia Maraini, nos habla de ello en un libro recientemente traducido al español cuyo título es el del lugar donde pasó su adolescencia, Bagheria. En él la escritora vuelve a la casa de su infancia y con esta visita recupera la memoria de los años transcurridos en ella y salda cuentas con la parentela materna, la sociedad siciliana y su propio pasado. En Bagheria, la escritora critica con amargura la corrupción, que ha permitido que los propios organismos públicos permitan y fomenten la desaparición del patrimonio edificado.

La destrucción sistemática de la belleza de la Bagheria que conocieron Lampedusa y los Maraini se inició a mediados de los años cincuenta. La misma época, la misma sociedad que nos retrata Giuseppe Tornatore en Cinema Paradiso. Entonces, cuando aún en verano la plaza de Bagheria se llenaba de sillas para ver las películas que el Cinema Modena proyectaba sobre la pared de la iglesia, se inició la demanda turística. Pronto los poderes locales se dieron cuenta de que era bien fácil apoderarse de aquellos parques en manos de familias arruinadas y decadentes. De nada sirvieron las leyes ni la catalogación de los edificios o lugares. Poco a poco fueron cayendo palacios, y colmatándose los jardines con edificios de pisos y casa construidos sin plan alguno, hasta formar el conglomerado urbano que hoy vemos. De la grandeza de Bagheria quedan muestras, villas abandonadas y restos de parques destrozados por una autopista que llega al centro de la ciudad. Parece que ha desaparecido incuso la memoria de lo que fue: nos queda lo que en los libros leemos de ella.

Porque, como me contó una siciliana cuando nadie nos oía, allá no se puede vivir: hay que saber tratar a esa mano larga y opresora que todos conocen, que a todos ahoga y de quien nadie quiere hablar. «Porque si no sabes tratarlos, te pasa lo que pasó a los de vuestro hotel: les cortaron los dedos porque no quisieron pagar…» Esa mano larga que denuncia Dacia Maraini en su libro.

Antigua postal acceso a Villa Valguarnera
Antigua postal: acceso a Villa Valguarnera

Los lugares de Giuseppe di Lampedusa

Fachada principal del Palacio de Santa Margherita a principios del SXX.
Fachada principal del Palacio de Santa Margherita a principios del S XX.

Hace ya algún tiempo realicé un viaje a Sicilia a la búsqueda de dos autores. Obviamente no los encontré, porque habían fallecido, pero recorrer las mismas calles que ellos habían transitado, ver los mismos edificios, reconocer las descripciones que hacen en sus libros, me hicieron conocerlos mejor.

Giuseppe di Lampedusa plasmó su nostalgia vital en su único libro, El Gatopardo, que Visconti llevó al cine con gran acierto pero captando solo parcialmente la grandeza de la obra literaria. Al leer la biografía de Lampedusa, escrita por David Gilmour y publicada en 2004 por Siruela, entendemos la naturaleza y carácter del autor, el momento vital en que la escribió, y las razones de las reflexiones que desgrana en boca de sus personajes.

Sin embargo, fue la visita a los lugares y a los edificios en donde había vivido y que inspiraron la novela, los que me hicieron conocer más de cerca al personaje.

Palermo fue una ciudad de la que me quedé prendada.

Calle de Palermo. Foto de la autora
Sillas en la calle.  Palermo

¿Ven esa foto con sillas adosadas a la pared? Son todas diferentes, y sólo tienen en común que todas ellas están destartaladas, apoyadas contra un muro desconchado, esperando a que los vecinos vengan a ocuparlas en su diaria tertulia callejera. Eso es Palermo: una ciudad desvencijada, situada en pleno Mediterráneo, que ha recibido el flujo de civilizaciones tan dispares como la fenicia, griega y árabe, la normanda y la bizantina, la aragonesa, española y austriaca y que ha sabido acogerlas e integrarlas en su cultura, en su arte y en su civilización.

Una ciudad llena de vida, en la que por las callejuelas de la parte vieja de la ciudad, muchas de ellas sembradas de andamios y apeos que retienen los muros de viejos palacios en ruina, te puedes encontrar un corrillo de respetables ancianas, hablando junto a un abuelo que despelleja un conejo ante la mirada atenta de su nieto y, más adelante, el jinete de aspecto árabe que limpia su caballo en plena calle, frente a un magnífico edificio barroco que hace ya tiempo que dejó atrás su esplendor.

@Mercedes Sánchez-Marco
Calle con andamios, Palermo 

Sus mercadillos tienen un aire de khasba y es que aquí llega a menudo el viento del desierto dejando nubes blanquecinas de polvo. Y el bullicio, los olores y la luz también parecen venidos de las costas africanas.

En la parte alta, los edificios de viviendas y hoteles, las magníficas tiendas de lujo, alrededor de Via della Libertà y el teatro Massimo, nos hablan del esplendor del inicio del siglo XX y de un dinero que se mueve por la ciudad, nadie sabe cómo, nadie dice de dónde procede. Porque sin ser jamás nombrada, la mafia está omnipresente en las conversaciones, una vez roto el muro de silencio que se alza al nombrarla. Para convivir con ella «hay que saber hacer bien las cosas –como me decía un palermitano–, y aceptar ciertas servidumbres».

Y más allá, más al norte, el desastre urbanístico, que Lampedusa no conoció y que solo la corrupción, la ley del más fuerte y la del silencio han hecho posible.

¿Qué es una ciudad sino el resultado del carácter de sus gentes? Planes urbanísticos, magnífica arquitectura, leyes municipales que no han podido dar al traste con la impronta de los habitantes de Palermo.

facciata principale Palazzo Lampedusa
Ruinas del Palacio Lampedusa

Es allí, en Palermo, en el Palazzo Lampedusa, en el centro de la ciudad donde transcurrió la infancia del escritor, y donde durmió, en el mismo dormitorio en el que había nacido, hasta que una bomba aliada lo destruyó en 1943. Aún hoy pueden verse sus ruinas en la vía que lleva su nombre y podemos imaginar el cuidado que ponía nuestro autor en evitar el paso ante los despojos de lo que fue su hogar. ¿Cómo no sentir tristeza, él que había vivido en aquel magnífico edificio hoy destruido?

Después de la guerra, Giuseppe di Lampedusa se instaló en un viejo palacio de vía Butera, cuya fachada posterior, del siglo XVIII, se prolonga en una terraza hasta el lungomare, muy cerca del palazzo Butera. La fachada principal está cerca del antiguo Hotel Trinacria, donde se sitúa la muerte de Don Fabrizio. Con la misma nostalgia con la que habla ese personaje, prefirió ese viejo edificio, que resiste a duras penas el paso del tiempo, frío e incómodo, con una preciosa escalera, testigo de su pasado esplendor y una amplia terraza con magníficas vistas al mar, a un cómodo piso en el centro de la ciudad.

Pero no acaba en vía Butera el recorrido por la Palermo de Lampedusa. Podemos imaginarlo entrando en la veintena de inmensos palacios que aún subsisten en el centro de Palermo ya que, al menos en su juventud y a regañadientes, participó de la vida social de la aristocracia palermitana. También fue un asiduo de restaurantes, como la pizzería Bellini, o de cafés, como el Mazzara donde se refugiaba a escribir.

04-10-15. Santa Margherita Belice.Capilla de la familia de G.T.
Palacio Lampedusa. Santa Margherita Belice

Los mejores recuerdos de la infancia de Giuseppe di Lampedusa se sitúan en el palacio de Santa Margherita di Belice, de la familia materna, los Filangeri di Cutò, a unos setenta y cinco kilómetros al sudoeste de Palermo. Allí la familia pasaba el verano. Como el mismo autor comentó en una carta a su amigo Enrico Merlo di Tagliavia, sirvió de inspiración para el impresionante palacio de Donnafugata de El Gatopardo.

«El pueblo de Donnafugata es Palma; el palacio es Santa Margherita. Sicilia es la que es: la de 1860, la de antes y la de siempre…»

@Mercedes Sánchez-Marco
Chiesa Madre, Palma di Montechiaro

Hoy sede del Ayuntamiento, el palacio es una inmensa mole que ocupa uno de los lados de lo que actualmente es la plaza del Ayuntamiento, instalado en el palacio tras su restauración, pues el terremoto de 1986 dejó únicamente sus fachadas. Aunque sus dimensiones son menores que las descritas en la novela, constaba de teatro, capilla, numerosos salones y un inmenso jardín.

Y de nuevo siguiendo las huellas de Lampedusa, visité Palma de Montechiaro, su Chiesa Madre, el convento dominico, y el propio palacio ducal de Palma. Entendí la emoción del autor al recorrer aquellos lugares que habían sido de su familia y que tanto le conmovieron en su única visita al lugar. Al palacio de Palma de Montechiaro se trasladaron los Lampedusa en el siglo XVI, desde la antigua torre medieval cuyas ruinas aún se alzan sobre una roca y sirven de escenario para las fotos de las bodas locales. En El Gatopardo, en el capítulo dedicado a Donnafugata, los describe.

En Bagheria encontré la huella de ambos escritores: Giuseppe Tomasi di Lampedusa y Fosco Maraini. Otro día os hablaré de él.

Foto de portada: antigua postal

Resto de las fotos: @mercedes sánchez-marco

La sintaxis en arquitectura

Tengo dos profesiones totalmente diferentes, la traducción y la arquitectura, una de letras, y la otra con gran carga técnica. Sin embargo, ambas tienen muchos puntos en común.

Vimos en una entrada anterior que ilustra mi nieto Jerónimo, cómo los edificios, igual que los libros, se pueden leer. Y hoy os voy a contar cómo la arquitectura tiene sintaxis.

La arquitectura resulta de la construcción de un edificio, y surge de una sucesión de espacios y continentes. Son estos espacios los que tienen, también, una sintaxis.

Porque si la sintaxis, según el DRAE, «es la parte de la gramática que enseña a coordinar y unir las palabras para formar las oraciones y expresar conceptos», la sintaxis de los espacios «son las leyes que los coordinan y los unen para formar los edificios y expresar una determinada forma de vida.

Cuando un arquitecto se enfrenta a un programa complejo, antes de los primeros esbozos suele realizar un organigrama para buscar la relación entre los diferentes elementos del programa que le ha dado el cliente, antes de expresarlo con dibujos, y entender y esquematizar la forma en que se va a utilizar el futuro edificio, los recorridos, las relaciones entre los diferentes espacios y su posición dentro del edificio.

BLOG - 080910 - JOACO CROQUIS

Y estas relaciones entre los diferentes espacios no son leyes estáticas e inamovibles: son construcciones culturales que responden a un momento histórico y a una determinada ideología. Por ello, en arqueología edificatoria, el análisis de los espacios arquitectónicos, de su sintaxis, resulta fundamental porque permite una interpretación histórica y sociológica del sustrato: el espacio arquitectónico, como las oraciones, está dotado de elementos semánticos.

El caserío vasco se caracteriza por un acceso común, para personas y animales, por la planta baja. Junto al hogar, a menudo se ven los rastros de una trampilla en el suelo. La entrecubierta solía tener un acceso desde el exterior en aquellos casos en los que lo permitía la orografía o una polea en un balcón a fachada. Esta sucinta descripción responde al uso de los espacios por parte de una sociedad rural, en clima más bien frío, que situaba –¿podemos hablar ya en pasado? – el heno en la parte superior y el ganado por la inferior, como elementos de aislamiento para mantener las condiciones térmicas del edificio. La trampilla en la cocina permitía un acceso rápido a la despensa, a los huevos y a la leche y, quizás, a los productos de la huerta almacenados en la cuadra. Evidentemente, la forma de vida de una sociedad urbana no permitiría esta convivencia tan cercana a los animales.

Claro, esto nos resulta cercano y conocido, pero cuando se trata de edificios más antiguos o de ruinas, este análisis de la sintaxis del edificio resulta a veces complejo, pero fundamental para entender su uso y, a la vez, nos ayuda a determinar el comportamiento social de los ocupantes.

Por poner un ejemplo, si se analiza la planta de una vivienda romana, vemos la importancia que adquiere el atrium como espacio donde el paterfamilias ejercía de anfitrión con sus clientes: allí se plasmaba su prestigio social. Los huecos de los diferentes espacios nos indican que la servidumbre no podía pasar del atrium y del vestibulum, y que la vida familiar se realizaba en el interior. Las relaciones sociales se estructuraban a través de los espacios.planta domus romana

Cuando las estructuras sociales son complejas, surgen arquitecturas con una estructura espaciales enmarañada, que expresa el sistema de relaciones sociales mediante la sintaxis de los espacios. La arquitectura resultante es la expresión de estas formas culturales y sociales.

Igual que podemos analizar una frase, indicando el oficio de cada una de las palabras que la forman, podemos igualmente analizar los entornos construidos y las conductas o principios culturales de las personas que los ocupan. Y esto es también válido para los núcleos urbanos.

La sintaxis lingüística estudia las relaciones y el orden de los elementos de una oración, y la sintaxis espacial, Space Syntax, estudia las formas con las que se vinculan y organizan los espacios de un conjunto arquitectónico. La unidad de análisis de la frase es la palabra, y la del espacio es la célula espacial.

Ambas disciplinas son necesarias para profundizar en el significado de la lengua y de la arquitectura, sobre todo la de las sociedades que ya son historia y cuyo funcionamiento desconocemos.

 

La belleza de los edificios

Panteón óculo-s

Hace unos días asistía, en un edificio bello, sí, a una ponencia de arquitectura sobre la belleza. No pensé nunca escribir sobre un tema ya tan tratado, tan etéreo, y tan subjetivo, pero lo que escuchaba me hizo reflexionar, y quiero compartir estas reflexiones con vosotros.

La idea de belleza no es algo permanente. Los clásicos plasmaban la belleza imitando la naturaleza y respetando los órdenes y los tipos edificatorios antiguos. Los modernos podríamos hablar de la abstracción artística. Tampoco es permanente la noción de arquitectura.

Y aunque es cierto, como recientemente dijo Jacques Herzog en una conferencia, que la belleza es el atributo más hermosos de la arquitectura, esos discursos que se detienen en conceptos abstractos y elevados, se olvidan del cimiento sobre el que se levanta la belleza de los edificios que nos conmueven: el arte de saber construir. La arquitectura es una ciencia a la vez intelectual y práctica, y para lograr la belleza, no debemos descuidar ninguno de estos dos aspectos.

Y no existe belleza en arquitectura si ésta se limita a sus formas y volúmenes, y a la armonía de las líneas y composición de sus fachadas.

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En primer lugar, el entorno y la adecuación al mismo, configuran la belleza de un edificio. Tenemos un ejemplo cercano en el edificio del Kursaal, de Rafael Moneo,

cuyas formas surgen como respuesta al mar y a la escollera sobre la que se asienta y que perdería gran parte de su belleza en un espacio más urbano. Precisamente, el entorno puede crear, como en este caso, un diálogo poético con el propio edifico. Hay casos de edificaciones cuyos valores quedan relegados por su discordancia con el entorno: se alzan ajenos al mismo y su valor y armonía se pierden en el desprecio hacia el contexto urbano en el que se insertan.

Podemos considerar bello un edificio funcional, privado de adornos y de otros elementos que no sean los estrictamente necesarios para cumplir su cometido, porque esta funcionalidad es parte de su esencia. Pero si un edificio no funciona, si no cumple el cometido para el que fue construido, si no se adecua a las necesidades de los seres humanos que lo van a utilizar, si los materiales no se adaptan a su uso, o si la construcción es deficiente, la posible belleza se diluye, desaparece, como la armonía que debe existir entre continente y contenido. 

Kant, en La crítica del Juicio, indicaba que lo esencial en el caso de los edificios era «la acomodación del producto para un cierto uso», por lo tanto, si no sirven para el uso proyectado, ¿son edificios o son grandes esculturas?

Es cierto, que los grandes espacios y ciertas construcciones se prestan a una búsqueda más libre de la belleza que otros, muy condicionados por aspectos funcionales y normativos, pero también hay poesía en edificios más humildes, en construcciones rurales, o en ciertas construcciones industriales.

Como la verdadera belleza de las personas, que surge de su interior y se refleja en su mirada, la belleza de un edificio emana de aquello que no se ve.

No son solo las proporciones de sus volúmenes, la pureza de sus líneas, o la composición de la fachada los que otorgan belleza al edificio, sino la maestría con la que ha sido construido: sin ella, no hay belleza.

El conocimiento de los materiales, su adecuación a la finalidad para la que son utilizados, su proporción y uso armonioso, la ligereza y resistencia de su estructura, la forma en que se integran las instalaciones en la obra, son algunos de los aspectos que urden el entramado sobre el que se levanta ese concepto tan subjetivo como es la belleza de una construcción.

El uso adecuado de la luz natural es, sin duda, el elemento que confiere una dimensión poética al edificio. Y si tantas personas nombran al Panteón de Roma cuando se les pregunta por el edificio más bello y armonioso, el rayo de luz que penetra por su óculo central no es ajeno al efecto que causa esa joya romana en sus visitantes.

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Me resulta por ello ficticia la búsqueda de la belleza por la belleza en arquitectura, y no suelo leer esas publicaciones y blogs en los que únicamente se exponen fotos de edificios de bellas fachadas sin más texto: hablemos primero de las ideas que impulsaron el proyecto y del arte de construir.

No perdamos de vista el origen de nuestra profesión: los grandes maestros de obras tan bellas como el propio Panteón o las grandes catedrales conocían muy bien su oficio y los pocos materiales que entonces utilizaban. De ese conocimiento tan preciso, sobre el que se apoyaba la búsqueda de la forma y de proporciones armónicas, surgió la belleza de los edificios que construyeron.

Actualmente, es cierto, la construcción se ha complicado, intervienen muchos materiales, y muchos gremios, y se hace necesario contar con ingenieros y expertos en cada área. El arquitecto debe saber coordinar sus acciones que, plasmadas por los buenos artesanos que trabajan en la obra, se integrarán en esa búsqueda de belleza plasmada en el proyecto de arquitectura.

Lo cierto es que tanto en la arquitectura actual como en la de siglos pasados, hay edificios –y espacios– que emocionan, y otros que son meros contenedores.

Si: estas son reflexiones de arquitectos, y esperamos que la búsqueda de la belleza en arquitectura no quede relegada si dejamos nuestro oficio en otras manos.

 

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Bibliografía:

Vasilica Cotofleac: «Kant. Concepto e idea estética en la arquitectura» A parte Rei, Revista de Filosofía Julio 2009.

Fotos: de uso libre en internet

Defendamos nuestra lengua

Fotografía de la autora
Bajorrelieve del teatro de Myra

Hace unos días tuve ocasión de escuchar durante dos horas a una persona de un país hermano. Era un gran hablador, y mientras lo escuchaba, su manera de expresarse y lo que decía me hicieron reflexionar.

Por su forma de hablar, la riqueza de su léxico y su corrección en las formas y en su expresión, podía pasar entre nosotros por una persona con estudios superiores.

Entre otras cosas, se lamentaba de la brusquedad en el trato, los malos modos y las expresiones violentas acompañadas de juramentos que empleamos en estas tierras del norte, y que tanto le extrañaban y le dolían cuando iban dirigidas a él. «Con un Hola la gente de aquí cree que ya saluda, nunca dicen buenos días o buenas tardes, y a mí, ese hola, si no va acompañado, no me basta. Y qué le voy a decir de los juramentos, que los hombres y hasta las mujeres emplean para sentirse más fuertes…».

La persona en cuestión era un trabajador de la construcción, un peón sin cualificar que, tras un periplo como emigrante sin papeles por otros países, había llegado hasta aquí.

Y sentí vergüenza, porque tenía razón. Es cierto que entre nosotros no hay tanta violencia en las calles como en algunos países. Pero ¿acaso la violencia verbal no es violencia? Y la educación ¿no empieza por aprender a hablar con corrección y respeto al prójimo? Y qué decir de la pobreza en el uso de nuestra lengua: damos mucha importancia al aprendizaje de otros idiomas, pero el dominio del nuestro no va a la par con otros conocimientos adquiridos. Ni en las familias ni en las escuelas se da la suficiente importancia al aprendizaje lingüístico y, además, ciertos adultos piensan que los tacos, juramentos y expresiones incultas dan fuerza a sus ideas…o las sustituyen.

Por otro lado, ayer se inició una discusión en el foro de Asetrad sobre el mal uso de nuestra lengua, en concreto las palabras prestadas del inglés. Es un fenómeno que no sólo ocurre entre las gentes de habla hispana y que es frecuente en el ámbito de la gestión empresarial. A menudo es por pedantería y por esconder la pobreza del propio léxico con palabras que suenan bien o por presumir de saber inglés, por seguir la moda o incluso por dejadez.

Es más grave cuando se trata de contaminación involuntaria, ya que es imposible evitar los errores de los que no somos conscientes. Así, incluso los españoles viviendo en España, nos podemos encontrar hablando de insertar, aplicar (acabo de insertar un vínculo), diciendo sí, puedo, cuando vamos a hacer footing, o que estamos contentos porque nos han reclutado para la posición a la que habíamos aplicado. Y todo ello porque estamos influenciados por el inglés y la cultura anglosajona dominante.

Y conforme iba leyendo las expresiones de contaminación lingüística que se vertían en las diferentes intervenciones del foro, me ponía en guardia, porque no soy ajena a ese uso inapropiado del español y reconozco que utilizo a veces mi idioma de forma incorrecta.

Si al traducir un texto lleno de palabras del inglés, me siento como si estuviese en guerra contra el invasor, ahora, después de leer todas las intervenciones en dicho foro, soy consciente del largo camino que me queda por delante para convertirme, además de arquitecta y traductora, en lingüista, y dominar mi lengua para no dar tregua al conquistador.

Me consuela, sin embargo, ver que el español no es la única lengua en que se ha infiltrado el inglés. En el lenguaje empresarial, el italiano, más aún que el francés o el español, utiliza un mayor número de expresiones inglesas que nosotros, incluso cuando es obvio que existe una expresión equivalente en ese idioma. Se siente un enorme placer entregando al cliente un texto sin ninguna palabra tomada del inglés, cuando en el original hemos encontrado entre veinte y treinta palabras inglesas.

Por otro lado, no es este un fenómeno nuevo ya que, dentro de mi especialidad, se aceptaron en su día, y hoy usamos con naturalidad, palabras tales como chabola, mansarda, arbotante, bordillo, chaflán, parqué, tomadas del francés o esgrafiado, escarpa, estuco y cartucho, de origen italiano. ¿Fueron necesarias? ¿Son necesarias las palabras inglesas que utilizamos actualmente al hablar en español? Lo lamentable es que, existiendo su equivalente en español, se prefieran las palabras del idioma invasor.

¡En guardia! Nosotros, los que trabajamos el idioma, tenemos que defender la riqueza del mismo. Está en nuestras manos educar a los que nos rodean, utilizando todo nuestro léxico, para que no volver a oír a nadie decir lo mal que hablamos a este lado del océano.