La arquitectura como metáfora

¿La metáfora, puede ser algo más que una palabra? Si: también un edificio.

La metáfora siempre ha estado presente en la arquitectura.

En el artículo anterior, vimos que «la metáfora establece una relación entre realidades distintas y facilita la comprensión de nuevos objetos, formas e ideas».

La arquitectura, como la escritura, construye un discurso: es metáfora y representación simbólica de la construcción del mundo. La forma arquitectónica adquiere un significado diferente al convencional y se convierte en una metáfora, no de la forma, sino de las leyes que le dan forma.

En realidad, la arquitectura es la metáfora de la interpretación que el hombre, en cada época, hace del universo, la metáfora de su concepción del mundo. La arquitectura no es espacio, sino la metáfora de ese espacio, el arte de delimitar ese espacio. Solo tenemos que asomarnos al Panteón de Roma para comprobarlo.

El hombre realiza su primera vivienda como una metáfora de su modo de vida. Adopta metáforas del mundo que le rodea para construir: en la arquitectura griega, las columnas sustentantes surgen como metáforas de los troncos de los árboles y los capiteles incorporan elementos vegetales sobre estas columnas–fustes, que recuerdan las hojas de los árboles.

Dice el arquitecto y crítico italiano Antonio Monestirolli que «la arquitectura es la metáfora de su propia construcción», del espacio, de la memoria, metáfora de la realidad.

Cada época tiene su propia concepción espacial. El Renacimiento sitúa al hombre en el centro de su concepción del universo, la Edad Media es teocéntrica y el Barroco tiene una visión excéntrica, coperniquiana, deformada. La arquitectura de cada época se adapta a los valores del tiempo, es la metáfora de la construcción de un orden, el orden que construye el universo de cada momento.

Tenemos un bello ejemplo de la arquitectura como metáfora del espacio en una obra que el arquitecto argentino Emilio Ambasz construye en 2006 en Andalucía, en la sierra sevillana. La Casa del retiro espiritual, una fábula escondida tras unos muros. Esos dos muros que forman su esqueleto son una metáfora bellísima y ambigua de la casa andaluza.

Los edificios que forman una ciudad son un almacén de memoria que convierten a la arquitectura como una metáfora de la memoria. También es una metáfora de la memoria el Museo Judío de Berlín, de Daniel Libeskind, una obra llena de simbolismo, metáfora de la memoria de lo acaecido al pueblo judío.

 La arquitectura metafórica

El significado de la arquitectura estuvo muy presente en la crisis del Movimiento Moderno. Como medio para recuperar la relación de la arquitectura con la sociedad, los aspectos semánticos adquirieron importancia en el debate sobre la continuidad y la vigencia de los postulados de la arquitectura moderna.

Se propició así el uso de la metáfora en las propuestas críticas a la arquitectura moderna ortodoxa. En esta época era habitual el uso del término metáfora en los debates y artículos de arquitectura.

Este debate dio lugar a la aparición en Europa de un movimiento arquitectónico llamado Arquitectura metafórica, caracterizado por el uso de la analogía y la metáfora como guía para el diseño de los edificios. Este movimiento declinó cuando concluyó el debate sobre el Movimiento Moderno y el interés por el estudio de la semántica de la arquitectura.

Algunos de los edificios más conocidos de esta arquitectura metafórica son la Casa de la Ópera de Sídney, de Jorn Utzon o la Terminal de la TWA de Nueva York, de Eero Saarinen

 

¿Qué opinan los grandes arquitectos sobre la metáfora arquitectónica?

Para Robert Venturi la metáfora es un recurso con capacidad para persuadir y recrear, renovando sistemáticamente la arquitectura.

Charles Jencks considera la metáfora como un procedimiento semántico esencial de la arquitectura cuya recuperación supone un rasgo diferencial de la arquitectura posmoderna.

Para Aldo Rossi, la metáfora es una manera de materializar las relaciones analógicas que constituyen su propuesta para proyectar una arquitectura de racionalismo exaltado frente a un racionalismo convencional.

Peter Eisenman utiliza el lenguaje arquitectónico como metáfora. La valora porque inventa otras arquitecturas diferentes a las preconcebidas.

Rafael Moneo; la utiliza para contraponerse al determinismo, como instrumento de innovación de la forma arquitectónica que construye una dinámica entre la contingencia y la necesidad.

Para Frank Gehry supone un procedimiento creativo y subjetivo con el que enfrentarse, tanto a la arquitectura moderna como a la posmoderna, con una arquitectura nueva y abierta a referencias inusuales.

La metáfora construye poesía

¿Acaso no es poesía la Casa de retiro espiritual?

El proceso creativo se beneficia de la metáfora que lo abre a nuevas relaciones y establece relaciones conceptuales. Quien contempla una obra arquitectónica, la examina de otra manera y lo que ve le induce a reflexionar. De este modo la arquitectura adquiere trascendencia, se ve como algo más que una construcción.

La metáfora en la arquitectura actual

El lenguaje de la época electrónica en que vivimos es cada vez más metafórico, menos asertivo. Los mensajes que nos llegan a través de la publicidad venden una utopía, la forma y la función se dan por descontado.

Actualmente, no se considera buena arquitectura el edificio funcional, sólido y utilitario. La buena arquitectura debe ir más allá, ser evocativa y comunicar una idea. En los ejemplos anteriores, el dramatismo del edificio de Libeskind habla del drama del holocausto, Ambasz y la poesía de su casa, de la relación del hombre con la naturaleza.

FUENTES:

Freixas, Margarita: «Una aportación a un diccionario histórico de lenguajes de especialidad: el léxico metafórico de tres tratados arquitectónicos del Renacimiento español (1526-1582)», Revista de Lexicografía, XV. La Coruña, 2009.

Forty, Adrian: A vocabulary of Modern Architecture, Thames & Hudson, Londres, 2000.

Rodrigues Fernándes, Ángela Teresa: La metáfora. Herramienta característica de renovación arquitectónica tras el movimiento moderno. Universidad Politécnica de Madrid.

Antonio Monestirolli: La Metopa ed il Triglifo,  Nove Lezioni di Architettura, Edizioni Laterza, Tarento, 2002

Antoniades, Anthony: Poetic of Architecture: Theory of Design, Van Nostrand Reinhold, Nueva York, 1990.

Calderoni, Alberto: Appunti dal visibile. Università dagli Sudi di Napoli

 

 

El lenguaje de los arquitectos (2)

Primeros dibujos del emplazamiento del Palacio Botín de Santander, de Renzo Piano www.elcultural.com

Hace ya mucho tiempo comentamos que el lenguaje de los arquitectos es muy peculiar.

El arquitecto expresa sus ideas con grafismos y dibujos: también es un artista.

Un buen arquitecto, cuando inicia un proyecto, concibe una idea que refleja en los primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, que se van corrigiendo unas a otras. Luego, esos primeros croquis van tomando forma y detallándose en sucesivos dibujos o en esbozos ren

Croquis de la sección del Palacio Botín www.tmagazine.es

derizados y finalmente adoptan la forma definitiva en los planos del proyecto y la maqueta del edificio.  Los espacios, las formas y los materiales proyectados expresarán y darán forma final y real al edificio proyectado.

 

Plano de planta del Palacio Botín www.arquitecturaviva.com

Director de orquesta, el arquitecto encaja en su proyecto todos los aspectos constructivos y de ingeniería, normalmente desarrollados por otros profesionales, cuidando que siempre se mantenga esa idea que él quiere expresar.

Dibujo e la sección del Palacio Botín  www.pinterest.com

La solución de ese largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresa su respuesta a las condiciones del terreno y de su entorno, a las necesidades del cliente y a los condicionantes de la normativa, es un edificio que integra exigencia técnica y construcción. En la buena arquitectura, nada sobra, cada línea, cada material contribuyen a definir el edificio. La buena arquitectura produce emociones y sentimientos encerrados en los espacios.

El arquitecto se expresa mediante la obra construida, que sintetiza su labor creativa y artesana: un buen arquitecto no es tal si no sabe conducir a buen puerto, a lo largo de una obra, esas ideas expresadas con dibujos y con palabras. La obra final, su volúmen y espacios serán la mejor expresión de la idea inicialmente concebida y luego plasmada en planos y memorias.

Maqueta del Palacio Botín de Santander www.pinterest.com

Cuando el arquitecto se expresa con palabras suele ser mucho más torpe: para explicar su obra y estas emociones que produce esconde su discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras que sólo otros compañeros logran entender; le resulta difícil transmitir conceptos ligados a la creación y quiere concentrar en unas palabras todos los matices. El discurso resulta en frases largas, llenas de subordinadas, que hacen de su discurso algo críptico, misterioso, al alcance solo de los entendidos.

Utiliza expresiones incomprensibles para las personas ajenas a la profesión: «espina dorsal funcional», «diálogo entre volúmenes», «arquitectura enraizada en el ambiente» «luces de las crujías» …

Utiliza metáforas, unas recogidas en los glosarios de arquitectura como «cola de milano», «pico de cuervo», «pico de pato», otras de creación propia, que le ayudan a transmitir con imágenes lo que quiere expresar: «una lámina de agua», «un espacio vibrante», «una ciudad muerta». Las metáforas son la expresión de una cultura y el traductor debe buscar la equivalencia en el idioma meta: el toro aparece en las metáforas de construcción españolas en lugar de la vaca francesa de las metáforas galas y el pato es el ave al que más recurren los franceses, frente al gallo español.

El arquitecto quiere narrar con palabras lo inenarrable, porque «el lenguaje existe y se manifiesta en una sola dirección y puede jugar con su temporalidad, mientras que el espacio funciona en todas las direcciones y su tiempo es siempre hacía delante»[1]. Necesita apoyarse en imágenes, pues solo ellas expresan adecuadamente lo que las palabras no alcanzan.

Como el arquitecto, el traductor de textos de arquitectura y construcción debe apoyarse en imágenes que le ayudarán a entender el significado, en el contexto, de una determinada palabra y a comprobar la exactitud del término traducido, comprobándolo con la imagen correspondiente. Los diccionarios y glosarios más útiles son aquellos que van acompañados de imágenes.

¿Por qué el arquitecto utiliza un lenguaje que no entiende el profano?

El arquitecto utiliza el lenguaje como herramienta de comunicación y signo de pertenencia a la tribu. […] Se ha evolucionado a un lenguaje propio que sólo manejan los propios arquitectos y su entorno más próximo donde el cliente/usuario cada vez es más ajeno a la realidad de la arquitectura. [2]

Porque ese lenguaje peculiar le aporta una marca de tribu: quiere expresar lo que solo sus compañeros pueden entender, percepciones y emociones que escapan al profano.

El traductor de arquitectura y construcción no entenderá realmente lo que quiere decir el arquitecto en sus escritos si no los compara con el resultado final, con el edificio construido y si no llega a entender los motivos que se esconden tras la expresión gráfica y el resultado construido. Si el arquitecto ha utilizado una palabra equivocada, analizando el edificio construido, cotejando los textos con los planos y otros grafismos, el traductor podrá entender qué era lo que realmente quería decir.

Porque los traductores solo podemos traducir bien lo que entendemos.

[1] Blog: stepienybarno, «El lenguaje de los arquitectos 1/2» 13/12/2009

[2] Castaño Perea, Enrique y de la Fuente Prieto, Julián: «Lenguaje del arquitecto: diagnóstico y propuestas académicas», Revista de docencia universitaria, vol. 11 (3), octubre-diciembre 2013.

Fotos: dibujos y maqueta del proyecto del Centro Botín de Santander, de Renzo Piano,  recientemente inaugurado.

Querido amigo y compañero

Imagen
Alzado del edificio del Iruña, en la Plaza del castillo de Pamplona, realizado por la autora.

Querido amigo y compañero arquitecto:

Pues sí, porque además de traductora soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque hace años que no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el motivo de la fisura que aparece en la fachada de un edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma. Eran las nueve y media y necesitabas las 5500 palabras para la una del mediodía del mismo día.

Dijiste que, siendo traductora, no me iba a costar nada.

Debes saber que una traducción lleva su tiempo: hay que conocer a fondo el tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a veces interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 2500 palabras diarias exige un gran esfuerzo que supone un sobrecosto. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del trabajo.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguramente tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Pues bien: no le pidas tampoco a él que te haga la traducción. Un traductor profesional solamente traduce a su lengua materna porque cuando traduce a otra lengua, la música de su propio idioma se deja oír, o puede que utilice expresiones calcadas de la lengua original o palabras fuera de contexto, como a menudo sucede en los folletos de instrucciones de muchos aparatos cuya lectura nos resulta harto difícil. Si te decantas por la traducción automática, antes puedes hacer la prueba de traducir un texto inglés al castellano: entiendes algo, sí, pero, ¿te gustaría pronunciar tu ponencia con ese mismo nivel de inglés?

Sabes muy bien que en los planos a menudo hay líneas que sobran y no aportan nada a un dibujo. Otras en cambio ayudan a definir el espacio, o indican esa intención aún vaga de modificar la textura del pavimento de una estancia. Esa línea tiene que ser rotunda, o sutil, pero siempre de un determinado grosor, y no otro. Igual sucede con la lengua: tiene mil matices que sólo el que la habla desde la cuna sabe captar. La traducción no es una ciencia exacta: cada palabra sólo cobra un valor concreto en un determinado contexto.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores, puedes pasar un día entero hasta que encuentras el grosor ideal de la línea que va a expresar un detalle del proyecto: ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma?

Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especialidades, como otras, que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce y de la jerga específica del sector.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y sigue haciéndolo a lo largo de su carrera. Utiliza programas específicos para mejorar la calidad de las traducciones, y esos programas suponen una inversión. Se merece cobrar un salario digno. Puedes calcular el valor de una traducción a partir de las 2500 palabras diarias. Pero ten en cuenta que es un profesional como tú, que paga su seguridad social, tiene vacaciones, necesita realizar ciertas inversiones en equipo y, además, formarse continuamente.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a traducir el texto que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer el folleto publicado por la Asociación Española de Traductores, Asetrad,

Nada más, espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria.

Un abrazo,

Mercedes, arquitecta y traductora

Traducir los textos de los concursos de arquitectura

@mercedes sánchez-marco
Propuesta para el concurso «La casa del Reloj», Tudela, Navarra

Quiero reivindicar aquí un lugar, mínimo, para el traductor, en el equipo que se presenta a un concurso de arquitectura. Un papel sin embargo que considero imprescindible para lograr el éxito y abrirse camino fuera de nuestras fronteras.

Los arquitectos somos maestros en la expresión gráfica. Los textos de las memorias y artículos divulgativos, salvo para algunos pocos profesionales que manejan con soltura las letras y la ortografía, suelen ser algo secundario, que cuesta mucho esfuerzo, por ser ajeno a nuestro medio de expresión, el dibujo.

El arquitecto, al iniciar un determinado proyecto, o al dar respuesta a las exigencias que plantean las bases de un concurso de arquitectura, concibe una idea que expresa en unos primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, corrigiéndose unas a otras, en los cuadernos de notas o en la servilleta del restaurante donde intenta expresar a su cliente la idea que va surgiendo en su mente. Luego, esos primeros bocetos van tomando forma y volumen en maquetas o dibujos en tres dimensiones para finalmente reflejarse en los planos del proyecto. A partir de ese momento, los instrumentos con los que el arquitecto expresa el edificio proyectado son los espacios, las formas y los materiales.

Director de orquesta, el arquitecto va encajando en el proyecto los diferentes aspectos constructivos y de ingeniería, como un encaje de bolillos, velando por la integridad de esa idea que él quiere expresar, y para que cada elemento del edificio adopte el lugar y matiz adecuados en función de ese resultado final ideado. En el caso de los concursos, se consulta con los ingenieros la estructura del edificio proyectado, o a las posibles instalaciones, y con el aparejador los materiales a emplear.

El edifico final será el resultado de un largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresará su respuesta a las condiciones del terreno, de su entorno y de las necesidades de uso planteadas en el programa, integrando en él las exigencias técnicas y constructivos necesarias. Será el resultad de un trabajo en equipo.

La expresión escrita de lo proyectado es algo necesario, pero secundario. Cuando el arquitecto se expresa con la palabra, en general esconde su torpe discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras y expresiones que solo otros compañeros entienden, pero que parecen otorgar al proyecto un halo de secretismo únicamente descifrable para los iniciados: espina dorsal funcional, paquetes funcionales, pueden ser un ejemplo.

@mercedes sánchez-marco
Panel del concurso «Museo Esteban Vicente», Segovia

Actualmente, la crisis ha hecho que muchos estudios de arquitectura se planteen buscar trabajo en el exterior, y se presentan a numerosos concursos de arquitectura. Excepto en aquellos casos en que se declare idioma oficial el inglés, la propuesta debe estar redactada en el idioma del país convocante, que, excepto en Hispanoamérica y en nuestro propio país, no es el español.

Una vez que, mediante la colaboración de algún compañero que entienda la lengua, o utilizando a San Google, se logra entender las bases del concurso, la memoria explicativa o el texto que acompaña a los dibujos, pasará a segundo término hasta dos o tres días antes de la entrega del concurso: entonces se plantea la necesidad de traducirlos.

Llega el momento de buscar rápidamente a una persona que se pueda encargar de dicho cometido. En el caso del inglés no es difícil encontrar a un becario que hable bien ese idioma, o es posible que los miembros del equipo lo conozcan y se sientan capacitados para realizar la traducción, arriesgándose a cometer algún que otro fallo que, en el caso de reflejarse en la composición del programa, pueden provocar el incumplimiento de las bases del concurso. Lo más habitual en estos casos es que la calidad de los textos desmerezca del resultado del esfuerzo empleado en la propuesta de proyecto.

Al intentar contratar a un traductor profesional, el equipo se encuentra con un gasto añadido, que no había previsto, y que cuesta tiempo y dinero, cuyo coste puede incrementarse por la premura con la que se solicita la traducción.

El costo de la traducción, sin embargo, puede minimizarse si prevé desde el inicio.

Se puede recurrir a un traductor profesional que conozca el tema y nos ayude en los aspectos como:

  • La comprensión de las bases del concurso, de forma que no se escape ningún aspecto del mismo y la propuesta no quede descalificada por la incomprensión de algún concepto.
  • La formación de un glosario terminológico, extraído de las bases, de forma que los textos que acompañen a la propuesta respondan a los condicionantes con idéntica terminología.
  • La formación de un glosario propio, a emplear en sucesivos concursos.
  • La redacción de unas plantillas de textos que se repitan, en lo posible, en cada concurso, de modo que la cantidad de palabras a traducir sea menor.
  • La redacción de los textos de la correspondencia con el organismo licitador.
  • Hacer de enlace en las conversaciones telefónicas que puedan surgir para cualquier aclaración.

En los concursos de arquitectura, exceptuando los casos en los que las bases requieren una memoria explicativa en documento aparte, los textos acompañan a los dibujos en los paneles donde se presenta la propuesta. Suelen ser textos cortos, telegráficos, a menudo difíciles de entender para el profano, y con un lenguaje conciso: por un lado, términos técnicos que se refieren a aspectos constructivos y por otro, términos que intentan explicar la idea que sustenta a la propuesta; como un día me dijo una traductora inglesa éstos últimos, sobre todo, «escritos por arquitectos para ser leídos y entendidos por arquitectos». Son a menudo expresiones de difícil interpretación, y que exigen aclaración por parte de quien lo ha escrito, dado que, para el profano, pueden tener diferentes significados.

Antes de presentarse a un concurso de arquitectura en otro idioma, por lo tanto, hay que prever la traducción de los textos, y conviene contar con un traductor que nos guíe en la compresión de los textos de las bases del concurso y en la expresión escrita adecuada de los diferentes aspectos de nuestras propuestas.

Fotos: Paneles de presentación de propuestas de concursos de arquitectura @mercedes sánchez-marco

 

La sintaxis en arquitectura

Tengo dos profesiones totalmente diferentes, la traducción y la arquitectura, una de letras, y la otra con gran carga técnica. Sin embargo, ambas tienen muchos puntos en común.

Vimos en una entrada anterior que ilustra mi nieto Jerónimo, cómo los edificios, igual que los libros, se pueden leer. Y hoy os voy a contar cómo la arquitectura tiene sintaxis.

La arquitectura resulta de la construcción de un edificio, y surge de una sucesión de espacios y continentes. Son estos espacios los que tienen, también, una sintaxis.

Porque si la sintaxis, según el DRAE, «es la parte de la gramática que enseña a coordinar y unir las palabras para formar las oraciones y expresar conceptos», la sintaxis de los espacios «son las leyes que los coordinan y los unen para formar los edificios y expresar una determinada forma de vida.

Cuando un arquitecto se enfrenta a un programa complejo, antes de los primeros esbozos suele realizar un organigrama para buscar la relación entre los diferentes elementos del programa que le ha dado el cliente, antes de expresarlo con dibujos, y entender y esquematizar la forma en que se va a utilizar el futuro edificio, los recorridos, las relaciones entre los diferentes espacios y su posición dentro del edificio.

BLOG - 080910 - JOACO CROQUIS

Y estas relaciones entre los diferentes espacios no son leyes estáticas e inamovibles: son construcciones culturales que responden a un momento histórico y a una determinada ideología. Por ello, en arqueología edificatoria, el análisis de los espacios arquitectónicos, de su sintaxis, resulta fundamental porque permite una interpretación histórica y sociológica del sustrato: el espacio arquitectónico, como las oraciones, está dotado de elementos semánticos.

El caserío vasco se caracteriza por un acceso común, para personas y animales, por la planta baja. Junto al hogar, a menudo se ven los rastros de una trampilla en el suelo. La entrecubierta solía tener un acceso desde el exterior en aquellos casos en los que lo permitía la orografía o una polea en un balcón a fachada. Esta sucinta descripción responde al uso de los espacios por parte de una sociedad rural, en clima más bien frío, que situaba –¿podemos hablar ya en pasado? – el heno en la parte superior y el ganado por la inferior, como elementos de aislamiento para mantener las condiciones térmicas del edificio. La trampilla en la cocina permitía un acceso rápido a la despensa, a los huevos y a la leche y, quizás, a los productos de la huerta almacenados en la cuadra. Evidentemente, la forma de vida de una sociedad urbana no permitiría esta convivencia tan cercana a los animales.

Claro, esto nos resulta cercano y conocido, pero cuando se trata de edificios más antiguos o de ruinas, este análisis de la sintaxis del edificio resulta a veces complejo, pero fundamental para entender su uso y, a la vez, nos ayuda a determinar el comportamiento social de los ocupantes.

Por poner un ejemplo, si se analiza la planta de una vivienda romana, vemos la importancia que adquiere el atrium como espacio donde el paterfamilias ejercía de anfitrión con sus clientes: allí se plasmaba su prestigio social. Los huecos de los diferentes espacios nos indican que la servidumbre no podía pasar del atrium y del vestibulum, y que la vida familiar se realizaba en el interior. Las relaciones sociales se estructuraban a través de los espacios.planta domus romana

Cuando las estructuras sociales son complejas, surgen arquitecturas con una estructura espaciales enmarañada, que expresa el sistema de relaciones sociales mediante la sintaxis de los espacios. La arquitectura resultante es la expresión de estas formas culturales y sociales.

Igual que podemos analizar una frase, indicando el oficio de cada una de las palabras que la forman, podemos igualmente analizar los entornos construidos y las conductas o principios culturales de las personas que los ocupan. Y esto es también válido para los núcleos urbanos.

La sintaxis lingüística estudia las relaciones y el orden de los elementos de una oración, y la sintaxis espacial, Space Syntax, estudia las formas con las que se vinculan y organizan los espacios de un conjunto arquitectónico. La unidad de análisis de la frase es la palabra, y la del espacio es la célula espacial.

Ambas disciplinas son necesarias para profundizar en el significado de la lengua y de la arquitectura, sobre todo la de las sociedades que ya son historia y cuyo funcionamiento desconocemos.

 

La belleza de los edificios

Panteón óculo-s

Hace unos días asistía, en un edificio bello, sí, a una ponencia de arquitectura sobre la belleza. No pensé nunca escribir sobre un tema ya tan tratado, tan etéreo, y tan subjetivo, pero lo que escuchaba me hizo reflexionar, y quiero compartir estas reflexiones con vosotros.

La idea de belleza no es algo permanente. Los clásicos plasmaban la belleza imitando la naturaleza y respetando los órdenes y los tipos edificatorios antiguos. Los modernos podríamos hablar de la abstracción artística. Tampoco es permanente la noción de arquitectura.

Y aunque es cierto, como recientemente dijo Jacques Herzog en una conferencia, que la belleza es el atributo más hermosos de la arquitectura, esos discursos que se detienen en conceptos abstractos y elevados, se olvidan del cimiento sobre el que se levanta la belleza de los edificios que nos conmueven: el arte de saber construir. La arquitectura es una ciencia a la vez intelectual y práctica, y para lograr la belleza, no debemos descuidar ninguno de estos dos aspectos.

Y no existe belleza en arquitectura si ésta se limita a sus formas y volúmenes, y a la armonía de las líneas y composición de sus fachadas.

Panteón-s

En primer lugar, el entorno y la adecuación al mismo, configuran la belleza de un edificio. Tenemos un ejemplo cercano en el edificio del Kursaal, de Rafael Moneo,

cuyas formas surgen como respuesta al mar y a la escollera sobre la que se asienta y que perdería gran parte de su belleza en un espacio más urbano. Precisamente, el entorno puede crear, como en este caso, un diálogo poético con el propio edifico. Hay casos de edificaciones cuyos valores quedan relegados por su discordancia con el entorno: se alzan ajenos al mismo y su valor y armonía se pierden en el desprecio hacia el contexto urbano en el que se insertan.

Podemos considerar bello un edificio funcional, privado de adornos y de otros elementos que no sean los estrictamente necesarios para cumplir su cometido, porque esta funcionalidad es parte de su esencia. Pero si un edificio no funciona, si no cumple el cometido para el que fue construido, si no se adecua a las necesidades de los seres humanos que lo van a utilizar, si los materiales no se adaptan a su uso, o si la construcción es deficiente, la posible belleza se diluye, desaparece, como la armonía que debe existir entre continente y contenido. 

Kant, en La crítica del Juicio, indicaba que lo esencial en el caso de los edificios era «la acomodación del producto para un cierto uso», por lo tanto, si no sirven para el uso proyectado, ¿son edificios o son grandes esculturas?

Es cierto, que los grandes espacios y ciertas construcciones se prestan a una búsqueda más libre de la belleza que otros, muy condicionados por aspectos funcionales y normativos, pero también hay poesía en edificios más humildes, en construcciones rurales, o en ciertas construcciones industriales.

Como la verdadera belleza de las personas, que surge de su interior y se refleja en su mirada, la belleza de un edificio emana de aquello que no se ve.

No son solo las proporciones de sus volúmenes, la pureza de sus líneas, o la composición de la fachada los que otorgan belleza al edificio, sino la maestría con la que ha sido construido: sin ella, no hay belleza.

El conocimiento de los materiales, su adecuación a la finalidad para la que son utilizados, su proporción y uso armonioso, la ligereza y resistencia de su estructura, la forma en que se integran las instalaciones en la obra, son algunos de los aspectos que urden el entramado sobre el que se levanta ese concepto tan subjetivo como es la belleza de una construcción.

El uso adecuado de la luz natural es, sin duda, el elemento que confiere una dimensión poética al edificio. Y si tantas personas nombran al Panteón de Roma cuando se les pregunta por el edificio más bello y armonioso, el rayo de luz que penetra por su óculo central no es ajeno al efecto que causa esa joya romana en sus visitantes.

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Me resulta por ello ficticia la búsqueda de la belleza por la belleza en arquitectura, y no suelo leer esas publicaciones y blogs en los que únicamente se exponen fotos de edificios de bellas fachadas sin más texto: hablemos primero de las ideas que impulsaron el proyecto y del arte de construir.

No perdamos de vista el origen de nuestra profesión: los grandes maestros de obras tan bellas como el propio Panteón o las grandes catedrales conocían muy bien su oficio y los pocos materiales que entonces utilizaban. De ese conocimiento tan preciso, sobre el que se apoyaba la búsqueda de la forma y de proporciones armónicas, surgió la belleza de los edificios que construyeron.

Actualmente, es cierto, la construcción se ha complicado, intervienen muchos materiales, y muchos gremios, y se hace necesario contar con ingenieros y expertos en cada área. El arquitecto debe saber coordinar sus acciones que, plasmadas por los buenos artesanos que trabajan en la obra, se integrarán en esa búsqueda de belleza plasmada en el proyecto de arquitectura.

Lo cierto es que tanto en la arquitectura actual como en la de siglos pasados, hay edificios –y espacios– que emocionan, y otros que son meros contenedores.

Si: estas son reflexiones de arquitectos, y esperamos que la búsqueda de la belleza en arquitectura no quede relegada si dejamos nuestro oficio en otras manos.

 

Panteón planta-s

Bibliografía:

Vasilica Cotofleac: «Kant. Concepto e idea estética en la arquitectura» A parte Rei, Revista de Filosofía Julio 2009.

Fotos: de uso libre en internet

El arquitecto tímido

De la Farmacia de marco Ermentini
De la Farmacia de Marco Ermentini

 

En su día, el gran arquitecto Saenz de Oiza realizó estas declaraciones, que no comparto, reflejo de su actitud ante la profesión del arquitecto:

… Mi tesis es: la operación de actuación sobre la arquitectura antigua

es una operación de arquitectos. El objeto sobre el que trabajan los arqueólogos

y restauradores es un objeto de arquitectura, que incumbe al

arquitecto… al final la operación de intervención es una operación que

transforma la arquitectura. La arquitectura transformada es una operación

de arquitectura… Entre arqueólogos y restauradores, por un lado,

y los legisladores por otro, estamos entre enemigos: unos nos entregan

del pasado lo que quieren, otros nos proponen lo que debe ser el futuro

de las formas que soñamos…

En cambio, yo abogo por la timidez. Si: soy una arquitecta tímida.

Los arquitectos, opino, no deben ser los únicos actores de la obra de restauración, sino que debe intervenir un equipo interdisciplinar y la actitud del arquitecto al enfrentarse a ella debe ser de timidez. Timidez, escuchando primero lo que dice el propio edificio, una parte de nuestro pasado, timidez, dejando protagonismo a la historia, al papel que el edificio ha tenido en ella y a las huellas que la cuentan, timidez también frente a la labor de los historiadores y arqueólogos y timidez al actuar, guiados por el respeto al edificio y a su historia.

La arquitectura histórica transmite un testimonio del tiempo pasado que únicamente podemos desvelar a través de la arqueología y conocer mediante la historia. Las formas del edificio que han llegado hasta nosotros cobran sentido cuando desvelamos su origen y las circunstancias de su construcción, la cronología de las diferentes obras e intervenciones y los hechos que rodearon sus avatares históricos.

La actuación de intervención debe supeditar los sueños creativos a otras disciplinas: un nuevo reto del que el arquitecto tímido también puede salir airoso. Cuanto mayor sea la información –y la formación– del arquitecto y el trabajo conjunto con las otras disciplinas, menor será la posibilidad de que la intervención de restauración provoque inexorablemente la destrucción del valor documental e histórico del edificio.

El «Manifiesto para una restauración tímida» del súper conservador Amadeo Bellini, impulsor con Marco Ermentini de la Shy Architecture Association establecía con ironía un sistema de carnet por puntos para el restaurador, puntos que iría perdiendo al incumplir determinados preceptos, un menú para este restaurador tímido y un tratamiento médico con la famosa «Timidina con vitamina C» para curar los males que afectan a los restauradores, aconsejándoles poner en práctica el espíritu de la no violencia sobre sus edificios.

Con mucho humor, Marco Ermentini, arquitecto e inventor de la Timidina, en su Farmacia di Marco Ermentini propone diversos medicamentos para el arquitecto restaurador.

Pues bien, agradeciendo estas notas de humor a Ermentini, creo que esta Timidina C también sería muy adecuada para algunos arquitectos de obras de nueva planta. Hace unos días, en La ciudad viva, Stepienybarno publicaban un artículo, «El estilo de la arquitectura» poniendo el acento en la tendencia de algunos arquitectos hacia los derroches formales innecesarios.

Por otro lado, dejando de lado el aspecto jocoso, si esta actitud para actuar sobre un edificio histórico podía resultar cuando menos inusual en aquellos años, la crisis la hace que más plausible que las que llevan a intervenciones drásticas y, por lo tanto, mucho más costosas.

En la obra de restauración el arquitecto debe tener en cuenta a otras disciplinas, pero lo mismo ocurre en los nuevos edificios. Si allá la historia y la arqueología tenían mucho que aportar al resultado final, aquí los sueños del arquitecto deben estar supeditados al paisaje, al entorno, a las necesidades del usuario y a sus recursos económicos. Porque la buena arquitectura se hace a pesar de todos estos condicionantes. Sí: como la magia del ilusionista, que a pesar de las dificultades sabe finalmente sacar el conejo de la chistera.

Como bien dicen Stepienybarno en su artículo, la sobredosis de información hoy en día existente, a través de blogs y publicaciones de arquitectura, hace que importe solo el aspecto visual y formal de la arquitectura, olvidando que la buena arquitectura se sustenta sobre ideas. Los arquitectos miran los blogs. Se ven formas, pero no el concepto que las sustenta. La mayor parte de las publicaciones se limitan a bellísimas fotos, y, salvo honrosas excepciones, no nos ayudan a entender las ideas y condicionantes del edificio.

¿No podríamos también recetar una dosis de Timidina a algunos arquitectos para que dejasen de lado su ego y permitiesen que el edificio se sustentase en el rigor teórico de una idea y en consideraciones ambientales, paisajísticas, constructivas y formales?

¿No podríamos, como sugiere el manifiesto de la Shy Architecture Association crear un carné por puntos, e ir penalizando a los que prefieren ejercer la escultura, a los que no cumplen los condicionantes funcionales del cliente, a los que proyectan olvidándose del entorno, o simplemente se olvidan de practicar el oficio de arquitecto limitándose a ejercer de artistas?

Y, para quien quiera leer la página de SAA, os ofrezco a continuación la traducción de la misma:

 

SAA

En estos tiempos de cotilleos, de consumo, cuando impera la eficiencia, cuando se considera el mundo como una mina a explotar, cuando no se respetan las personas ni las cosas, en tiempos en que la técnica ha pasado de ser un medio a ser un fin, tiempos de  economía de ingenio, de producir resultados a toda costa y con inmediatez, incluso en el campo de la arquitectura y de la restauración, en estos tiempos es necesario hacer una pausa y reflexionar, tomarse el tiempo para pensar y distanciarse de las cosas.

El Carácter tímido, atento y sensible, temeroso, de reacción lenta, nos hace entender sabiamente nuestros propios límites y nos impulsa a dedicarnos con afán, a entender y a conservar todos los aspectos que normalmente la arquitectura y la restauración juzgan secundarios y descuidan. Estudiando los edificios y los lugares degradados o enfermos se llega a amarlos, y amándolos se llega a entenderlos. Así, el estudio, el afecto y la comprensión son una sola cosa. Puede ser que ver el mundo con claridad signifique no actuar, o actuar con timidez. Así, la verdadera riqueza de la restauración tímida es saber intervenir con poco, que es algo que nunca falta, utilizando el conocimiento, la conservación de lo existente y la estratificación de la nueva arquitectura con cautela, con cuidado, humildad e inteligencia. Ser tímidos no es signo de un menor grado de presencia, sino que más bien indica un modo más discreto de situarse en la realidad utilizando la no violencia hacia las cosas.

Esta página web es un intento de ampliar la «caja de herramientas» para reaccionar a nuestra condición proponiendo el pensamiento tímido como bolsa de resistencia, como maestro de retirada y de rendición, como nueva virtud de este siglo a partir de la restauración, que es el ámbito en el que en Italia se desarrollan la mayor parte de las teorías de arquitectura. Pero no solo eso; la timidez es quizás la propia raíz del ser humano: si se interioriza, puede hacer que nuestra vida se vuelva drástica y capaz de un cambio consciente.

Es cierto que las acciones de la Shy Architecture Association (Asociación para la Arquitectura tímida) son provocativas, irónicas y «maravillosamente inconsecuentes», pero a veces, jugando se puede también alcanzar una pizca de verdad.

SAA

Manifiesto

MANIFIESTO ROJO DE LA ARQUITECTURA TÍMIDA

En la Academia de las Bellas Artes de Brera, en Milán, en septiembre del año 2000, nació una asociación, Shy Architecture Association, que pretende promover una actitud tímida en la arquitectura y la restauración, y que pone en evidencia una forma diferente de enfrentarse a lo preexistente. Los padres fundadores son el filósofo Andrea Bortolori, el artista Aldo Spoldo y el arquitecto Marco Ermentini. Las intenciones de la S.A.A. se plasman en el Manifiesto Rojo. Veamos de qué se trata.

«Hoy en día, la única teoría de la restauración que se puede profesar es el final de las teorías de restauración. En casi dos siglos, se han visto muchas.

La situación actual está dominada por la voluntad de convertir y por ello, la técnica, que era un medio, se ha convertido en un fin que hacer girar al mundo. La virtud de hoy es hacer las cosas en menos tiempo que los demás. El campo de la restauración se ha adaptado a la locura del mundo actual.

Ha llegado el momento de tomarse un respiro, de echarse una siesta. Ha llegado el momento de tomar distancias, de abandonarse: hay que descansar. Hay que alejarse de las cosas para verlas mejor del mismo modo que hay que salir de la ciudad para ver lo altas que son sus torres.

La restauración tímida, y, en general, la arquitectura tímida, se inspiran en el carácter tímido. Las personas valientes cambian, modifican y alteran la realidad, pero los tímidos son los protectores de la vida. Son los verdaderos «conservadores». Los tímidos son atentos y sensibles, a veces sus cautelas pueden ser excesivas, pero raramente se confunden cuando atisban el peligro. Son nuestros centinelas; si los escuchamos, su miedo nos puede proteger a todos. El tímido es el único que nos permite entender nuestros propios límites, que nos señala nuestra limitación humana (conócete a ti mismo): la timidez es nuestra sabiduría.

La restauración tímida es el arte de saber escuchar. Cierto: es muy difícil aprender a hacerlo. Esto vale también en nuestro comportamiento con los demás. El tímido aprende a escuchar al otro, absteniéndose de anticipar su pensamiento (creyendo, tal vez, haberlo ya entendido) y está dispuesto a prestar atención. El pensamiento tímido hojea las páginas de un libro parándose mucho tiempo en cada línea y en los espacios en blanco entre las líneas, sin prisa alguna por saber cómo terminará la historia. Vuelve sobre sus pasos porque le parece que no ha entendido.

El tímido utiliza la virtud aristotélica de la prónesis que es la sabiduría práctica que necesitamos para actuar y tomar decisiones en las diferentes situaciones de la vida.

La verdadera riqueza del arquitecto o del restaurador tímido viene de saber intervenir con poco, algo que nunca falta. Al contrario, la locura de la restauración tradicional y de la arquitectura contemporánea está basada en la técnica milagrosa, en el despilfarro de los recursos, en el consumismo desbordante, en la opulencia, en la voluntad de poder que es solo un fantasma.

La gran riqueza de la restauración tímida es la ausencia, la renuncia a la intervención según el principio del «calma, no moverse», la inutilidad de la intervención si no es necesaria. Su cualidad es la de esconderse, pararse en el momento oportuno, la falta de espectacularidad de la intervención, la conciencia de no poder entenderlo todo, la prudencia: en pocas palabras, la timidez.

Sísifo existe, pero existe en esta tierra, lo tenemos ante nuestros ojos. Es la rueda que gira, rueda de negocios, de costos cada vez mayores, de restauraciones ejemplares, de restitución al primitivo esplendor, de selección arbitraria basada en criterios históricos o estéticos, de grandes patrocinadores, de intervenciones definitivas y macizas, de salvajes adaptaciones a la normativa, de decorticación de los revestimientos. Estamos frente a una verdadera bulimia de la restauración.

La restauración tradicional está personificada en Sísifo, mientras que la restauración tímida en el conejo.

El conejo excava. El conejo es un animal que trabaja y está en el agujero. El conejo, como el tímido, roe. Cauto ante cualquier peligro, su proverbial timidez excava, muerde, roe el mundo. A la voluntad de poder del mundo de la técnica, el carácter del tímido responde con parsimonia y economía.

La restauración tímida, o mejor, la conservación tímida, se ocupa de aquellos aspectos que la restauración, y en general la arquitectura, descuidan.

La restauración tímida, frente a la técnica, se comporta con suavidad.

La restauración tímida, frente a la economía, pone en práctica una nueva huelga: no hace huelga a la producción, sino al consumo. Omnia mea mecum porto.

El tímido, en la mesa, prueba la comida, y luego la deja».

SAA

Carné

CARNÉ POR PUNTOS PARA LA RESTAURACIÓN

 Tal y como ocurre con el carné de conducir, cada restaurador o arquitecto tiene a su disposición 20 puntos. Si se queda a cero por las infracciones cometidas, debe volver a pasar el examen de habilitación. La puntuación puede volver a ser de 20 puntos si en dos años consecutivos no comete infracciones. El nuevo códice de restauración prevé también bonos: dos años de correcta profesión dan derecho a dos puntos suplementarios, pero no es posible, en ningún caso, superar el techo de los 30 puntos. Las penalizaciones son dobles para aquellos que hayan realizado estudios de menos de tres años. Los puntos sustraídos, pueden remediarse con la toma regular de dos pastillas diarias de «Timidina con vitamina C». Se prevé la creación de la policía de restauración dotada de amplios poderes de investigación y sanción.

Sanciones:

  • Exceso de velocidad en las decisiones, 5 puntos
  • No dar prioridad al conocimiento de la obra, 8 puntos
  • Uso del teléfono móvil durante la restauración, 2 puntos
  • Invertir el sentido de la marcha de la historia otorgándole el primitivo esplendor: 20 puntos
  • Restaurar en estado de ebriedad: 5 puntos
  • Estado de alteración por el uso de sustancias estupefacientes: 10 puntos
  • Forzar el bloqueo impuesto por la policía de restauración: 10 puntos
  • Denegación de la exhibición requerida por el carné por puntos: 3 puntos
  • Inobservancia de la obligación de pararse tras una restauración desastrosa: 20 puntos
  • Inobservancia de la obligación de documentación de las operaciones efectuadas: 10 puntos
  • Restauración despreocupada e inconsciente: 20 puntos

                                                                         

Presentado como primicia mundial en el Salón de la Restauración de Ferrara de 2006, el 30 de marzo, en el stand de Nardini, el carné por puntos suscitó mucho interés entre los adeptos a los trabajos y mereció el mismo día un artículo de Beppe Severigni en el Corriere della Sera: «Cuando la política debería merecer un carné por puntos».

 

 

Leer un edificio

Fotografía de la autora
Jerónimo lee el Palacio de Carlos V en Granada

 

Leer un edificio

Los edificios son como libros abiertos a los ojos de quien quiera conocer su historia.

Y no sé si es por mi afición desmedida a la lectura, o por mi gusto por los edificios añosos, pero yo disfruto leyendo edificios.

Sí: un edificio se lee. Y en el caso de edificios de una cierta edad –últimamente uso mucho esa expresión tan cercana–, muchas veces podemos encontrar sus datos en libros, revistas y hemerotecas, otras, nos documentamos investigando la época en la que fue construido y las técnicas constructivas de la zona.

Porque los edificios no se utilizan hoy como se usaban antes, y conocer las costumbres de la época en las que fue construido, nos ayudan a traducir ciertos elementos cuyo uso nos puede resultar enigmático. Me sucedió con un antiguo palacio, cuyas carpinterías de finales del siglo XVIII me resultaban misteriosas e íbamos a sustituirlas por otras más actuales. Estaba leyendo por entonces Voyage vers les Pyrénées, de Víctor Hugo, en el que ofrece una minuciosa descripción de una ventana de una fachada del casco antiguo de Pamplona, y entendí entonces el uso de aquellas ventanas que, gracias al escritor francés, conservamos debidamente restauradas.

Por cierto, y aunque sea irme por las ramas, realmente, después de leer ese libro, la bahía de Pasajes tiene también una lectura diferente: la veo llena de golondrinas, en sus barquitas, con las pañoletas revoloteando al viento.

Pero sigamos con la lectura de los edificios.

Comparando su estado actual con las fotos, podemos estudiar cómo ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Leyendo sobre la sociedad para la que fue edificado entenderemos mejor sus ciclos productivos, las formas de construir y las circunstancias que rodearon la construcción del mismo.

La confrontación del edificio objeto de nuestra lectura con otros de la misma época, hace aflorar sus singularidades, aquellos detalles que lo hacen ser diferente, o las obras realizadas en el curso de los años.

Y un edificio se lee porque a los ojos de un entendido sus muros son palabras de un lenguaje con el que se expresa. El material del que están hechos, su textura, ese resalto aquí y allá indicando un elemento de la estructura, son ajenos a los ojos de un profano, pero expresión del orden que rige su construcción.

Esta lectura transversal del edificio nos ayuda a entender lo que vemos una vez dentro y el porqué del uso de determinados materiales, la discontinuidad de su estructura, o la presencia de «rajas».

Rajas. Esa palabra que tanto me ha asustado y que me ha hecho correr hacia donde se habían producido ya que antes de comprender qué entendía el profano por esa palabra, yo visualizaba unas grandes grietas del tamaño de una raja de sandía. Porque para nosotros los técnicos, las roturas de la fábrica de los muros son, según el tamaño, «grietas», que pueden alcanzar hasta uno o dos centímetros de anchura en el peor de los casos, o «fisuras», unos hilitos de muy pocos milímetros que aparecen a veces en las paredes, por diferentes causas. Pero estas grietas y fisuras también hablan. Su anchura, inclinación, posición respecto a la estructura, son todo un discurso sobre la causa y la posición del mal que aqueja al edificio. Y la pintura y el polvo que las recubre nos hablan de su edad, de cuándo se produjeron.

Un simple cuchillo afilado, o un bisturí, nos pueden ayudar a seguir leyendo el edificio. Levantando con cuidado las sucesivas capas de pintura podemos descubrir cómo estaba pintando anteriormente. Es un ejercicio emocionante en los edificios históricos y me ha servido para conseguir un respaldo irrefutable en la elección de colores atrevidos para la pintura de paredes y carpinterías en los que he intervenido. En un valle de la montaña, donde la normativa es actualmente muy estricta respecto al color de las carpinterías exteriores, que sólo dejan pintar en granate o verde, me encontré que las ventanas de un edificio de finales del siglo XVIII sobre el que estábamos actuando habían estado pintadas de color azul fuerte. Cuando propusimos conservarlo, las autoridades pertinentes, viendo que era el color original, aceptaron el mismo tono para el edificio rehabilitado.

Otras veces aparecen pinturas muy estropeadas por el roce, que pueden indicar un determinado uso en ese lugar, o ventanas o puertas tapiadas que acusan la antigua distribución del edificio.

Actualmente, la referencia de medida en gran parte del mundo occidental, es el metro. Y cuando se realiza un proyecto, es habitual modularlo con esta medida o una fracción de la misma. Pero antiguamente, las medidas variaban de un lugar a otro, incluso dentro de una misma región se podían utilizar simultáneamente dos tipos de medidas diferentes. Y por ello, al realizar la toma de datos, nos encontramos con medidas extrañas, que nada parece que tengan que ver unas con otras, y a veces con muchos decimales. Si investigamos el tipo de medida empleado –vara de diferentes medidas, cana, cana lineal, destre, etc.– acabaremos encontrando la trama sobre la que se construyó el edificio y la lectura del mismo nos resultará más fácil, más fluida, ya que las medidas serán número enteros o, como mucho, con un solo decimal.

El edificio es una especie de libro interactivo, porque podemos hacerlo cantar. Sí, los muros cantan. Si golpeamos sobre una pared con un martillo, nos dirá si es un muro macizo, como parecen indicar sus dimensiones, o por el contrario se trata de un doble tabique que aloja una estructura en su interior, o incluso si ese muro está cansado, si ya no podemos confiar en la resistencia de los ladrillos que lo forman.

Esta lectura se complementa con los resultados de los análisis de los materiales empleados, unas actuaciones para expertos y que exigen un cierto presupuesto, pero imprescindibles en el caso de edificios históricos.

Pero el mayor placer es encerrarse horas dentro del edificio, observándolo, «leyéndolo», hasta entender su evolución.

Esta fase de estudio, completada con algunas actuaciones más técnicas y destructivas para llegar a ver las partes ocultas del edificio, es lo que se llama «arqueología edificatoria», y, tengo que decirlo, es lo que más echo en falta de mi vida anterior.

Foto: @Mercedes Sánchez-Marco

 

A mi compañero arquitecto, de una traductora

04-10-09. Sillas (?) en una calle de Palermo.

Querido amigo y compañero:

Pues sí, porque además de traductora también soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque ya no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el por qué de la fisura que aparece en la fachada de ese edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma.

Sé que has tenido la ocasión de impartir clases al otro lado del Atlántico, y seguramente eres consciente de tus limitaciones en la lengua de Shakespeare. Me figuro que te acordaste de mí porque no había nadie en tu estudio que te solucionase el problema. Eran las 9:30 y necesitabas las 5 500 palabras traducidas al inglés para la 1 del mediodía del mismo día: efectivamente tenías un problema.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores y alumnos ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma y con lo que quieres expresar en otra lengua?

Una traducción lleva su tiempo: hay que saber del tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a menudo interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 3 000 palabras diarias a un español correcto y bien escrito exige un gran esfuerzo. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración, un mayor esfuerzo: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del texto final.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguro que tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Él te puede ayudar a entender un texto, a salir del paso cuando quieres enviar un correo, perono le pidas que te traduzca una conferencia que vas a impartir a un público de profesionales. Una lengua tiene mil matices que solo el que lo habla desde niño sabe captar. El traductor profesional solamente traduce a su lengua materna, y si necesita realizar una traducción a otra lengua que no sea la suya, acude a un compañero para que le corrija. Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especializades, como otras,  que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y continúa formándose, poniéndose al día. Se merece cobrar un salario digno, y podrás llegar sin dificultad a una cantidad aproximada a partir de las 3 000 palabras diarias. Pero ten en cuenta que paga su seguridad social, tiene vacaciones y necesita realizar ciertas inversiones en equipo, y, además, reciclarse.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a hacerme cargo de la traducción que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer la guía para contratar traducciones que ha publicado recientemente Asetrad, la Asociación Española de Traductores.

Espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria, que es una estupenda intérprete de Bach.

¿Morirá la Arquitectura de tanto comunicarse?

colores

”New trends and new times, new market conditions and newer communicational means are also creating, it seems, new modes of architectural production-consumption and along with them, an allegedly new type of professional with skills suited for an era where communication primes.

News spreads at an increasingly faster rate, generating an exponential inflation in the informational corpus: news and texts are forwarded, commented on, cut/cropped/quoted/linked and disseminated in the blink of an eye, and we, internauts brought up on a steady diet of continuous feedbacks, updates and comments, have quickly grown dependent upon the continuity of the flux. We require a constant nourishing perpetuating the dynamics of a performative informational experience, which has become the default setting. […] The rise of the contemporary starchitectural system reflects very vividly this situation, where architects stand in the spotlight not only according to the quality of their (classically considered) architectural production, but also corresponding to their qualities as performers, or even due to their ability to keep a network of gossip circulating around them.

Might it be — I can hear Roger Waters singing — that Architecture is communicating itself to death?” 

Extracto del artículo “Modern Talking” publicado en Mas Context, por el arquitecto y dibujante Klaus

Tras la introducción de la informática y de los programas CAD que revolucionaron el quehacer de los estudios de arquitectura, la irrupción de internet ha modificado totalmente el panorama de la arquitectura contemporánea. Hoy quiero incidir en la influencia que pueda tener esta comunicación en la forma en que se aborda la obra de arquitectura

Recuerdo que en los años que pasé en la escuela, gran parte de mi tiempo transcurría en la biblioteca, hojeando libros y revistas de arquitectura. Junto con las visitas que arquitectos de renombre realizaban a la Escuela, era la única manera de conocer las grandes obras de arquitectura.

Más tarde, se organizaron viajes para conocer las realizaciones de arquitectos de renombre. Algunos de estos viajes, organizados por los colegios profesionales, nos daban la oportunidad de hablar con los compañeros de otros países, intercambiar opiniones y discutir sobre sus obras.

Hoy en día, no nos hace falta acudir a las bibliotecas ni viajar para recorrer, con un clic del ratón, los últimos edificios proyectados, entrar incluso en su interior, contrastar los detalles constructivos del proyecto y ver qué opinan nuestros compañeros sobre estas obras.

La red pone toda la información a nuestro alcance, al instante, y se produce una cantidad ingente de noticias, comentarios, textos, que se distribuyen, multiplican y en un abrir y cerrar de ojos llega al otro lado del globo.

Éste cúmulo de información hace que el profesional e internauta curioso –el archinauta como lo llama Klaus– necesite estar continuamente conectado si quiere estar al día y alimentar la dinámica informativa.

El arquitecto se nutre de imágenes de arquitectura que compiten en la red, rara vez acompañadas de un texto que profundice en el desarrollo de la idea que las sustenta, estudie las posibles alternativas o sea el resultado de un debate sobre la solución presentada. Y cuando publica, en la mayor parte de las ocasiones, no se pone en juego el rigor de sus ideas o la calidad e innovación de las soluciones constructivas propuestas, sino la vistosidad de las formas arquitectónica que un fotógrafo experimentado haya sabido plasmar. No vale tanto la calidad de una idea y de un proyecto cuanto el impacto mediático que puede producir.

Ya no leemos revistas de arquitectura, sino blogs, y los textos que otrora eran editados y publicados previa revisión y corrección, hoy se cuelgan en la red sin aviso previo, creciendo exponencialmente tanto el número de publicaciones como de autores.

A través de los motores de búsqueda podemos acceder a esa ingente cantidad de información, y el lector ya no tiene tiempo de profundizar en su lectura, sino que recorre los textos con una mirada zigzagueante entresacando frases y párrafos que sirvan para ilustrar sus propios textos. A lo largo del día podemos encontrar en las redes un mismo comentario repetido, traducido, y distribuido por diferentes países contribuyendo así a engrosar el corpus informático.

El proceso de reflexión y de introspección que generaban los textos, se ve sustituido por la conexión y búsqueda en la red, dando lugar a mayor número de comentarios que de textos analíticos, y dominando la cantidad de los mismos frente a su calidad.

En un extenso artículo publicado en Mas Context, el arquitecto y dibujante Klaus reflexiona sobre la influencia de la comunicación por la red en la difusión de la arquitectura. Como dice Klaus, importa más lo visual y mediático que la calidad de la producción:

Las habilidades de comunicación son ahora, más que nunca, un sine qua non para los arquitectos que, dejando atrás su anterior encarnación en genios recluidos o en silenciosos artesanos, se convierten en activos portavoces, polemistas o incluso provocadores. El crecimiento del número de arquitectos estrella refleja nítidamente esta situación, en la que los arquitectos están en el candelero no sólo por la calidad de su producción arquitectónica, considerada desde el clásico punto de vista, sino también por su calidad como actores o incluso por su habilidad para mantener una red de cotilleo que circule a su alrededor…”

[Extracto del artículo «Modern Talking» publicado en Mas Context, por el arquitecto y dibujante Klaus]

La banalización que puede suponer esta comunicación hasta el infinito del aspecto visual de la arquitectura, la adopción por parte del arquitecto de una función mediática frente a su antigua labor artesana y creativa, unidas a la falta de análisis y debate ideológico, ¿pueden llevar a la muerte de la arquitectura?

Y hablando ya como traductora, ¿qué voy a decir de las publicaciones de artículos escritos originariamente en otras lenguas y traducidos con la ayuda de Google, textos que no resisten una lectura atenta?

Todo lo dicho anteriormente es también aplicable a la traducción. El tiempo que dedicamos al mantenimiento de las redes sociales, a los tuiteos y a la lectura rápida de múltiples blogs, va en detrimento de la lectura, lectura de literatura, que es la fuente que alimenta la calidad de nuestra lengua.

Y, como Roger Waters, me pregunto:

¿morirá la Arquitectura de tanto comunicarse?

 Foto: imagen libre de internet