La arquitectura como metáfora

¿La metáfora, puede ser algo más que una palabra? Si: también un edificio.

La metáfora siempre ha estado presente en la arquitectura.

En el artículo anterior, vimos que «la metáfora establece una relación entre realidades distintas y facilita la comprensión de nuevos objetos, formas e ideas».

La arquitectura, como la escritura, construye un discurso: es metáfora y representación simbólica de la construcción del mundo. La forma arquitectónica adquiere un significado diferente al convencional y se convierte en una metáfora, no de la forma, sino de las leyes que le dan forma.

En realidad, la arquitectura es la metáfora de la interpretación que el hombre, en cada época, hace del universo, la metáfora de su concepción del mundo. La arquitectura no es espacio, sino la metáfora de ese espacio, el arte de delimitar ese espacio. Solo tenemos que asomarnos al Panteón de Roma para comprobarlo.

El hombre realiza su primera vivienda como una metáfora de su modo de vida. Adopta metáforas del mundo que le rodea para construir: en la arquitectura griega, las columnas sustentantes surgen como metáforas de los troncos de los árboles y los capiteles incorporan elementos vegetales sobre estas columnas–fustes, que recuerdan las hojas de los árboles.

Dice el arquitecto y crítico italiano Antonio Monestirolli que «la arquitectura es la metáfora de su propia construcción», del espacio, de la memoria, metáfora de la realidad.

Cada época tiene su propia concepción espacial. El Renacimiento sitúa al hombre en el centro de su concepción del universo, la Edad Media es teocéntrica y el Barroco tiene una visión excéntrica, coperniquiana, deformada. La arquitectura de cada época se adapta a los valores del tiempo, es la metáfora de la construcción de un orden, el orden que construye el universo de cada momento.

Tenemos un bello ejemplo de la arquitectura como metáfora del espacio en una obra que el arquitecto argentino Emilio Ambasz construye en 2006 en Andalucía, en la sierra sevillana. La Casa del retiro espiritual, una fábula escondida tras unos muros. Esos dos muros que forman su esqueleto son una metáfora bellísima y ambigua de la casa andaluza.

Los edificios que forman una ciudad son un almacén de memoria que convierten a la arquitectura como una metáfora de la memoria. También es una metáfora de la memoria el Museo Judío de Berlín, de Daniel Libeskind, una obra llena de simbolismo, metáfora de la memoria de lo acaecido al pueblo judío.

 La arquitectura metafórica

El significado de la arquitectura estuvo muy presente en la crisis del Movimiento Moderno. Como medio para recuperar la relación de la arquitectura con la sociedad, los aspectos semánticos adquirieron importancia en el debate sobre la continuidad y la vigencia de los postulados de la arquitectura moderna.

Se propició así el uso de la metáfora en las propuestas críticas a la arquitectura moderna ortodoxa. En esta época era habitual el uso del término metáfora en los debates y artículos de arquitectura.

Este debate dio lugar a la aparición en Europa de un movimiento arquitectónico llamado Arquitectura metafórica, caracterizado por el uso de la analogía y la metáfora como guía para el diseño de los edificios. Este movimiento declinó cuando concluyó el debate sobre el Movimiento Moderno y el interés por el estudio de la semántica de la arquitectura.

Algunos de los edificios más conocidos de esta arquitectura metafórica son la Casa de la Ópera de Sídney, de Jorn Utzon o la Terminal de la TWA de Nueva York, de Eero Saarinen

 

¿Qué opinan los grandes arquitectos sobre la metáfora arquitectónica?

Para Robert Venturi la metáfora es un recurso con capacidad para persuadir y recrear, renovando sistemáticamente la arquitectura.

Charles Jencks considera la metáfora como un procedimiento semántico esencial de la arquitectura cuya recuperación supone un rasgo diferencial de la arquitectura posmoderna.

Para Aldo Rossi, la metáfora es una manera de materializar las relaciones analógicas que constituyen su propuesta para proyectar una arquitectura de racionalismo exaltado frente a un racionalismo convencional.

Peter Eisenman utiliza el lenguaje arquitectónico como metáfora. La valora porque inventa otras arquitecturas diferentes a las preconcebidas.

Rafael Moneo; la utiliza para contraponerse al determinismo, como instrumento de innovación de la forma arquitectónica que construye una dinámica entre la contingencia y la necesidad.

Para Frank Gehry supone un procedimiento creativo y subjetivo con el que enfrentarse, tanto a la arquitectura moderna como a la posmoderna, con una arquitectura nueva y abierta a referencias inusuales.

La metáfora construye poesía

¿Acaso no es poesía la Casa de retiro espiritual?

El proceso creativo se beneficia de la metáfora que lo abre a nuevas relaciones y establece relaciones conceptuales. Quien contempla una obra arquitectónica, la examina de otra manera y lo que ve le induce a reflexionar. De este modo la arquitectura adquiere trascendencia, se ve como algo más que una construcción.

La metáfora en la arquitectura actual

El lenguaje de la época electrónica en que vivimos es cada vez más metafórico, menos asertivo. Los mensajes que nos llegan a través de la publicidad venden una utopía, la forma y la función se dan por descontado.

Actualmente, no se considera buena arquitectura el edificio funcional, sólido y utilitario. La buena arquitectura debe ir más allá, ser evocativa y comunicar una idea. En los ejemplos anteriores, el dramatismo del edificio de Libeskind habla del drama del holocausto, Ambasz y la poesía de su casa, de la relación del hombre con la naturaleza.

FUENTES:

Freixas, Margarita: «Una aportación a un diccionario histórico de lenguajes de especialidad: el léxico metafórico de tres tratados arquitectónicos del Renacimiento español (1526-1582)», Revista de Lexicografía, XV. La Coruña, 2009.

Forty, Adrian: A vocabulary of Modern Architecture, Thames & Hudson, Londres, 2000.

Rodrigues Fernándes, Ángela Teresa: La metáfora. Herramienta característica de renovación arquitectónica tras el movimiento moderno. Universidad Politécnica de Madrid.

Antonio Monestirolli: La Metopa ed il Triglifo,  Nove Lezioni di Architettura, Edizioni Laterza, Tarento, 2002

Antoniades, Anthony: Poetic of Architecture: Theory of Design, Van Nostrand Reinhold, Nueva York, 1990.

Calderoni, Alberto: Appunti dal visibile. Università dagli Sudi di Napoli

 

 

La metáfora en arquitectura

Escalera de la catedral de Pamplona

Para el arquitecto, metáfora no solo es una palabra: también puede ser un edificio. Hoy hablaremos de la metáfora en el léxico de arquitectura.

Borrico, burro, caballo, gallo, galápago, cangrejocaracol, carpa, cucaracha…, ¿una relación de animales? Sigo leyendo: cabeza, cara, ceja, cipotehombro, nariz…, ¿un tratado de anatomía?

No, también hablan de tambor, tijera, cama o cuchillo. Es un texto de construcción.

Antes de adentrarnos en algunas de las metáforas utilizadas, vamos a intentar contestar a estas preguntas: ¿por qué se usan estas palabras?, ¿cómo se han introducido en la terminología de construcción?

Un poco de historia

Hasta la Edad Media, el arte de la construcción era un conjunto de saberes prácticos, que los maestros de obra transmitían de manera muy secreta a sus aprendices.

En el Renacimiento, el alarife se convierte en arquitecto, en el «principal fabricador» y se le obliga a adquirir ciertos conocimientos de filosofía si quiere ser un perfecto arquitecto.

           

En los siglos XV y XVI aparecen los primeros tratados de arquitectura. Entonces se incorpora a estos tratados el léxico grecolatino de origen metafórico que encontramos en las obras españolas del Renacimiento. Sus autores pretenden enriquecer la lengua con una nueva terminología, más científica y técnica, y adoptan y recuperan términos de la antigüedad clásica u otros de obras científicas humanísticas. Utilizan la metáfora para hacer más comprensible lo que se convierte entonces en una ciencia: la Arquitectura.

En De re aedificatoria, de Leon Battista Alberti y en su traducción al español, Los diez libros de Arquitectura de León Batista Alberto, de Francisco Lozano se emplean las metáforas del léxico clásico y se potencia su uso para hacerlo más comprensible (1).

Este tratado también establece las bases teóricas de la nueva ciencia, que se difunde en España sobre todo a través de las traducciones al español de las obras de Vitrubio y de Alberti.

            

Actualmente, cualquier arquitecto falto de recursos terminológicos para referirse a un elemento arquitectónico concreto, recurre habitualmente a la metáfora y, en las conversaciones que se oyen en las obras y también en los textos de construcción, son habituales palabras como cabeza, garganta,  brazos, alas, que todos los interesados entienden porque se refieren, muy  isualmente, a un elemento fácil de identificar. A veces, incluso, puede existir un término ya acuñado para dicho elemento, pero, por desconocimiento o por pereza, se usan metáforas cercanas, fácilmente comprensibles, aunque de significado poco específico.

Y esto no solo ocurre a los arquitectos de habla hispana. Hace unos días, sin ir más lejos, en un foro de traductores alguien preguntaba por el término francés voilette que describe muy bien, refiriéndose a los velos que cubrían parcialmente el rostro de algunas señoras, las láminas ondulantes que protegían del sol las fachadas de un edificio.

No siempre reconocemos las metáforas. Si ignoramos la lengua de origen, pueden pasar desapercibidas, como es el caso del ancón, canecillo utilizado como motivo ornamental, que procedes del griego αγκων y del latín ancon, ángulo o doblez del codo.

¿Por qué la metáfora?

Porque la metáfora establece una relación entre realidades distintas y facilita la comprensión de nuevos objetos, formas e ideas. Además de ser un recurso poético, permite comunicar con eficacia ideas y pensamientos.

Porque el arquitecto tiene que hacerse entender. Su creatividad le lleva a usar imágenes cuya forma o función pueda asimilarse a las ideas y pensamientos que quiere expresar.

Porque la metáfora otorga al edificio un nexo con la naturaleza, adornándolo con elementos propios de los seres vivos: alas, cuernos, picos, brazos, espinas, colas, hojas y tallos.

Porque la arquitectura es un arte eminentemente visual y la metáfora describe la forma o la función de unos elementos inertes morfológicamente, similares a formas de la naturaleza, estableciendo una relación visual entre una imagen conocida y un concepto arquitectónico.

¿De dónde se toman las metáforas?

Las metáforas se toman del mundo que rodea al que las usa para establecer una relación visual con un objeto que se conoce. Muchas nos remiten a un mundo rural que está desapareciendo, o que desconoce el actual urbanita.

Metáforas antropomorfas. El antropocentrismo ha estado siempre presente en la arquitectura. El ideal helenístico ya recogía al hombre como medida de todas las cosas y establecía a la figura humana como punto de referencia en la edificación.

Metáforas de animales. En cada país se adopta como referencia para las metáforas a los animales más comunes. El toro, animal español por antonomasia, está muy presente las metáforas usadas en arquitectura, mientras que los franceses prefieren a la vaca o el buey.

Las metáforas vegetales. A menudo se asocian a los adornos, como es el caso de la hoja de acanto, la espiga, la flor de lis… También pueden hacer referencia a elementos de la huerta, como encebollar o lentejas.

Metáforas de objetos cotidianos. Los objetos de uso cotidiano también están representados en este léxico metafórico: cama, calzón, faja, mesa, cuchillo, cordoncillo, tijera.

Las metáforas también pueden hacer alusión a ciertas propiedades de la naturaleza, como es el caso de escota o escoda, que actualmente se refiere a una herramienta utilizada en cantería, pero antes usada en lugar de escocia, moldura cavada y metida hacia adentro.

Otras metáforas hablan de las acciones que el hombre realiza con elementos vegetales, como descorticar o desconchar, metáfora reciente en el ámbito de la restauración que se refiere a eliminar la corteza que recubre al edificio para dejar a la vista los elementos estructurales que se quieren restaurar.

Aquí podéis ver el significado de las metáforas utilizadas en el texto anterior.

FUENTES:

Margarita Freixas: «Una aportación a un diccionario histórico de lenguajes de especialidad: el léxico metafórico de tres tratados arquitectónicos del Renacimiento español (1526-1582)», Revista de Lexicografía, XV. 2009.

Forty, Adrian: A vocabulary of Modern Architecture, Thames & Hudson, 2000.

Rodrigues Fernándes, Ángela Teresa: La metáfora. Herramienta característica de renovación arquitectónica tras el movimiento moderno. Universidad Politécnica de Madrid.

Rodrigues Fernándes, Ángela Teresa: La metáfora. Herramienta característica de renovación arquitectónica tras el movimiento moderno. Universidad Politécnica de Madrid.

 

 

El lenguaje de los arquitectos (2)

Primeros dibujos del emplazamiento del Palacio Botín de Santander, de Renzo Piano www.elcultural.com

Hace ya mucho tiempo comentamos que el lenguaje de los arquitectos es muy peculiar.

El arquitecto expresa sus ideas con grafismos y dibujos: también es un artista.

Un buen arquitecto, cuando inicia un proyecto, concibe una idea que refleja en los primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, que se van corrigiendo unas a otras. Luego, esos primeros croquis van tomando forma y detallándose en sucesivos dibujos o en esbozos ren

Croquis de la sección del Palacio Botín www.tmagazine.es

derizados y finalmente adoptan la forma definitiva en los planos del proyecto y la maqueta del edificio.  Los espacios, las formas y los materiales proyectados expresarán y darán forma final y real al edificio proyectado.

 

Plano de planta del Palacio Botín www.arquitecturaviva.com

Director de orquesta, el arquitecto encaja en su proyecto todos los aspectos constructivos y de ingeniería, normalmente desarrollados por otros profesionales, cuidando que siempre se mantenga esa idea que él quiere expresar.

Dibujo e la sección del Palacio Botín  www.pinterest.com

La solución de ese largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresa su respuesta a las condiciones del terreno y de su entorno, a las necesidades del cliente y a los condicionantes de la normativa, es un edificio que integra exigencia técnica y construcción. En la buena arquitectura, nada sobra, cada línea, cada material contribuyen a definir el edificio. La buena arquitectura produce emociones y sentimientos encerrados en los espacios.

El arquitecto se expresa mediante la obra construida, que sintetiza su labor creativa y artesana: un buen arquitecto no es tal si no sabe conducir a buen puerto, a lo largo de una obra, esas ideas expresadas con dibujos y con palabras. La obra final, su volúmen y espacios serán la mejor expresión de la idea inicialmente concebida y luego plasmada en planos y memorias.

Maqueta del Palacio Botín de Santander www.pinterest.com

Cuando el arquitecto se expresa con palabras suele ser mucho más torpe: para explicar su obra y estas emociones que produce esconde su discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras que sólo otros compañeros logran entender; le resulta difícil transmitir conceptos ligados a la creación y quiere concentrar en unas palabras todos los matices. El discurso resulta en frases largas, llenas de subordinadas, que hacen de su discurso algo críptico, misterioso, al alcance solo de los entendidos.

Utiliza expresiones incomprensibles para las personas ajenas a la profesión: «espina dorsal funcional», «diálogo entre volúmenes», «arquitectura enraizada en el ambiente» «luces de las crujías» …

Utiliza metáforas, unas recogidas en los glosarios de arquitectura como «cola de milano», «pico de cuervo», «pico de pato», otras de creación propia, que le ayudan a transmitir con imágenes lo que quiere expresar: «una lámina de agua», «un espacio vibrante», «una ciudad muerta». Las metáforas son la expresión de una cultura y el traductor debe buscar la equivalencia en el idioma meta: el toro aparece en las metáforas de construcción españolas en lugar de la vaca francesa de las metáforas galas y el pato es el ave al que más recurren los franceses, frente al gallo español.

El arquitecto quiere narrar con palabras lo inenarrable, porque «el lenguaje existe y se manifiesta en una sola dirección y puede jugar con su temporalidad, mientras que el espacio funciona en todas las direcciones y su tiempo es siempre hacía delante»[1]. Necesita apoyarse en imágenes, pues solo ellas expresan adecuadamente lo que las palabras no alcanzan.

Como el arquitecto, el traductor de textos de arquitectura y construcción debe apoyarse en imágenes que le ayudarán a entender el significado, en el contexto, de una determinada palabra y a comprobar la exactitud del término traducido, comprobándolo con la imagen correspondiente. Los diccionarios y glosarios más útiles son aquellos que van acompañados de imágenes.

¿Por qué el arquitecto utiliza un lenguaje que no entiende el profano?

El arquitecto utiliza el lenguaje como herramienta de comunicación y signo de pertenencia a la tribu. […] Se ha evolucionado a un lenguaje propio que sólo manejan los propios arquitectos y su entorno más próximo donde el cliente/usuario cada vez es más ajeno a la realidad de la arquitectura. [2]

Porque ese lenguaje peculiar le aporta una marca de tribu: quiere expresar lo que solo sus compañeros pueden entender, percepciones y emociones que escapan al profano.

El traductor de arquitectura y construcción no entenderá realmente lo que quiere decir el arquitecto en sus escritos si no los compara con el resultado final, con el edificio construido y si no llega a entender los motivos que se esconden tras la expresión gráfica y el resultado construido. Si el arquitecto ha utilizado una palabra equivocada, analizando el edificio construido, cotejando los textos con los planos y otros grafismos, el traductor podrá entender qué era lo que realmente quería decir.

Porque los traductores solo podemos traducir bien lo que entendemos.

[1] Blog: stepienybarno, «El lenguaje de los arquitectos 1/2» 13/12/2009

[2] Castaño Perea, Enrique y de la Fuente Prieto, Julián: «Lenguaje del arquitecto: diagnóstico y propuestas académicas», Revista de docencia universitaria, vol. 11 (3), octubre-diciembre 2013.

Fotos: dibujos y maqueta del proyecto del Centro Botín de Santander, de Renzo Piano,  recientemente inaugurado.

Traducir los textos de los concursos de arquitectura

@mercedes sánchez-marco
Propuesta para el concurso «La casa del Reloj», Tudela, Navarra

Quiero reivindicar aquí un lugar, mínimo, para el traductor, en el equipo que se presenta a un concurso de arquitectura. Un papel sin embargo que considero imprescindible para lograr el éxito y abrirse camino fuera de nuestras fronteras.

Los arquitectos somos maestros en la expresión gráfica. Los textos de las memorias y artículos divulgativos, salvo para algunos pocos profesionales que manejan con soltura las letras y la ortografía, suelen ser algo secundario, que cuesta mucho esfuerzo, por ser ajeno a nuestro medio de expresión, el dibujo.

El arquitecto, al iniciar un determinado proyecto, o al dar respuesta a las exigencias que plantean las bases de un concurso de arquitectura, concibe una idea que expresa en unos primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, corrigiéndose unas a otras, en los cuadernos de notas o en la servilleta del restaurante donde intenta expresar a su cliente la idea que va surgiendo en su mente. Luego, esos primeros bocetos van tomando forma y volumen en maquetas o dibujos en tres dimensiones para finalmente reflejarse en los planos del proyecto. A partir de ese momento, los instrumentos con los que el arquitecto expresa el edificio proyectado son los espacios, las formas y los materiales.

Director de orquesta, el arquitecto va encajando en el proyecto los diferentes aspectos constructivos y de ingeniería, como un encaje de bolillos, velando por la integridad de esa idea que él quiere expresar, y para que cada elemento del edificio adopte el lugar y matiz adecuados en función de ese resultado final ideado. En el caso de los concursos, se consulta con los ingenieros la estructura del edificio proyectado, o a las posibles instalaciones, y con el aparejador los materiales a emplear.

El edifico final será el resultado de un largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresará su respuesta a las condiciones del terreno, de su entorno y de las necesidades de uso planteadas en el programa, integrando en él las exigencias técnicas y constructivos necesarias. Será el resultad de un trabajo en equipo.

La expresión escrita de lo proyectado es algo necesario, pero secundario. Cuando el arquitecto se expresa con la palabra, en general esconde su torpe discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras y expresiones que solo otros compañeros entienden, pero que parecen otorgar al proyecto un halo de secretismo únicamente descifrable para los iniciados: espina dorsal funcional, paquetes funcionales, pueden ser un ejemplo.

@mercedes sánchez-marco
Panel del concurso «Museo Esteban Vicente», Segovia

Actualmente, la crisis ha hecho que muchos estudios de arquitectura se planteen buscar trabajo en el exterior, y se presentan a numerosos concursos de arquitectura. Excepto en aquellos casos en que se declare idioma oficial el inglés, la propuesta debe estar redactada en el idioma del país convocante, que, excepto en Hispanoamérica y en nuestro propio país, no es el español.

Una vez que, mediante la colaboración de algún compañero que entienda la lengua, o utilizando a San Google, se logra entender las bases del concurso, la memoria explicativa o el texto que acompaña a los dibujos, pasará a segundo término hasta dos o tres días antes de la entrega del concurso: entonces se plantea la necesidad de traducirlos.

Llega el momento de buscar rápidamente a una persona que se pueda encargar de dicho cometido. En el caso del inglés no es difícil encontrar a un becario que hable bien ese idioma, o es posible que los miembros del equipo lo conozcan y se sientan capacitados para realizar la traducción, arriesgándose a cometer algún que otro fallo que, en el caso de reflejarse en la composición del programa, pueden provocar el incumplimiento de las bases del concurso. Lo más habitual en estos casos es que la calidad de los textos desmerezca del resultado del esfuerzo empleado en la propuesta de proyecto.

Al intentar contratar a un traductor profesional, el equipo se encuentra con un gasto añadido, que no había previsto, y que cuesta tiempo y dinero, cuyo coste puede incrementarse por la premura con la que se solicita la traducción.

El costo de la traducción, sin embargo, puede minimizarse si prevé desde el inicio.

Se puede recurrir a un traductor profesional que conozca el tema y nos ayude en los aspectos como:

  • La comprensión de las bases del concurso, de forma que no se escape ningún aspecto del mismo y la propuesta no quede descalificada por la incomprensión de algún concepto.
  • La formación de un glosario terminológico, extraído de las bases, de forma que los textos que acompañen a la propuesta respondan a los condicionantes con idéntica terminología.
  • La formación de un glosario propio, a emplear en sucesivos concursos.
  • La redacción de unas plantillas de textos que se repitan, en lo posible, en cada concurso, de modo que la cantidad de palabras a traducir sea menor.
  • La redacción de los textos de la correspondencia con el organismo licitador.
  • Hacer de enlace en las conversaciones telefónicas que puedan surgir para cualquier aclaración.

En los concursos de arquitectura, exceptuando los casos en los que las bases requieren una memoria explicativa en documento aparte, los textos acompañan a los dibujos en los paneles donde se presenta la propuesta. Suelen ser textos cortos, telegráficos, a menudo difíciles de entender para el profano, y con un lenguaje conciso: por un lado, términos técnicos que se refieren a aspectos constructivos y por otro, términos que intentan explicar la idea que sustenta a la propuesta; como un día me dijo una traductora inglesa éstos últimos, sobre todo, «escritos por arquitectos para ser leídos y entendidos por arquitectos». Son a menudo expresiones de difícil interpretación, y que exigen aclaración por parte de quien lo ha escrito, dado que, para el profano, pueden tener diferentes significados.

Antes de presentarse a un concurso de arquitectura en otro idioma, por lo tanto, hay que prever la traducción de los textos, y conviene contar con un traductor que nos guíe en la compresión de los textos de las bases del concurso y en la expresión escrita adecuada de los diferentes aspectos de nuestras propuestas.

Fotos: Paneles de presentación de propuestas de concursos de arquitectura @mercedes sánchez-marco

 

La belleza de los edificios

Panteón óculo-s

Hace unos días asistía, en un edificio bello, sí, a una ponencia de arquitectura sobre la belleza. No pensé nunca escribir sobre un tema ya tan tratado, tan etéreo, y tan subjetivo, pero lo que escuchaba me hizo reflexionar, y quiero compartir estas reflexiones con vosotros.

La idea de belleza no es algo permanente. Los clásicos plasmaban la belleza imitando la naturaleza y respetando los órdenes y los tipos edificatorios antiguos. Los modernos podríamos hablar de la abstracción artística. Tampoco es permanente la noción de arquitectura.

Y aunque es cierto, como recientemente dijo Jacques Herzog en una conferencia, que la belleza es el atributo más hermosos de la arquitectura, esos discursos que se detienen en conceptos abstractos y elevados, se olvidan del cimiento sobre el que se levanta la belleza de los edificios que nos conmueven: el arte de saber construir. La arquitectura es una ciencia a la vez intelectual y práctica, y para lograr la belleza, no debemos descuidar ninguno de estos dos aspectos.

Y no existe belleza en arquitectura si ésta se limita a sus formas y volúmenes, y a la armonía de las líneas y composición de sus fachadas.

Panteón-s

En primer lugar, el entorno y la adecuación al mismo, configuran la belleza de un edificio. Tenemos un ejemplo cercano en el edificio del Kursaal, de Rafael Moneo,

cuyas formas surgen como respuesta al mar y a la escollera sobre la que se asienta y que perdería gran parte de su belleza en un espacio más urbano. Precisamente, el entorno puede crear, como en este caso, un diálogo poético con el propio edifico. Hay casos de edificaciones cuyos valores quedan relegados por su discordancia con el entorno: se alzan ajenos al mismo y su valor y armonía se pierden en el desprecio hacia el contexto urbano en el que se insertan.

Podemos considerar bello un edificio funcional, privado de adornos y de otros elementos que no sean los estrictamente necesarios para cumplir su cometido, porque esta funcionalidad es parte de su esencia. Pero si un edificio no funciona, si no cumple el cometido para el que fue construido, si no se adecua a las necesidades de los seres humanos que lo van a utilizar, si los materiales no se adaptan a su uso, o si la construcción es deficiente, la posible belleza se diluye, desaparece, como la armonía que debe existir entre continente y contenido. 

Kant, en La crítica del Juicio, indicaba que lo esencial en el caso de los edificios era «la acomodación del producto para un cierto uso», por lo tanto, si no sirven para el uso proyectado, ¿son edificios o son grandes esculturas?

Es cierto, que los grandes espacios y ciertas construcciones se prestan a una búsqueda más libre de la belleza que otros, muy condicionados por aspectos funcionales y normativos, pero también hay poesía en edificios más humildes, en construcciones rurales, o en ciertas construcciones industriales.

Como la verdadera belleza de las personas, que surge de su interior y se refleja en su mirada, la belleza de un edificio emana de aquello que no se ve.

No son solo las proporciones de sus volúmenes, la pureza de sus líneas, o la composición de la fachada los que otorgan belleza al edificio, sino la maestría con la que ha sido construido: sin ella, no hay belleza.

El conocimiento de los materiales, su adecuación a la finalidad para la que son utilizados, su proporción y uso armonioso, la ligereza y resistencia de su estructura, la forma en que se integran las instalaciones en la obra, son algunos de los aspectos que urden el entramado sobre el que se levanta ese concepto tan subjetivo como es la belleza de una construcción.

El uso adecuado de la luz natural es, sin duda, el elemento que confiere una dimensión poética al edificio. Y si tantas personas nombran al Panteón de Roma cuando se les pregunta por el edificio más bello y armonioso, el rayo de luz que penetra por su óculo central no es ajeno al efecto que causa esa joya romana en sus visitantes.

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Me resulta por ello ficticia la búsqueda de la belleza por la belleza en arquitectura, y no suelo leer esas publicaciones y blogs en los que únicamente se exponen fotos de edificios de bellas fachadas sin más texto: hablemos primero de las ideas que impulsaron el proyecto y del arte de construir.

No perdamos de vista el origen de nuestra profesión: los grandes maestros de obras tan bellas como el propio Panteón o las grandes catedrales conocían muy bien su oficio y los pocos materiales que entonces utilizaban. De ese conocimiento tan preciso, sobre el que se apoyaba la búsqueda de la forma y de proporciones armónicas, surgió la belleza de los edificios que construyeron.

Actualmente, es cierto, la construcción se ha complicado, intervienen muchos materiales, y muchos gremios, y se hace necesario contar con ingenieros y expertos en cada área. El arquitecto debe saber coordinar sus acciones que, plasmadas por los buenos artesanos que trabajan en la obra, se integrarán en esa búsqueda de belleza plasmada en el proyecto de arquitectura.

Lo cierto es que tanto en la arquitectura actual como en la de siglos pasados, hay edificios –y espacios– que emocionan, y otros que son meros contenedores.

Si: estas son reflexiones de arquitectos, y esperamos que la búsqueda de la belleza en arquitectura no quede relegada si dejamos nuestro oficio en otras manos.

 

Panteón planta-s

Bibliografía:

Vasilica Cotofleac: «Kant. Concepto e idea estética en la arquitectura» A parte Rei, Revista de Filosofía Julio 2009.

Fotos: de uso libre en internet