La música de las palabras

Imagen

Querido lingüista que hayas leído el título: no sigas.

Lo que escribo a continuación no es un texto académico, no tiene fundamento teórico: es solo producto de intuiciones y reflexiones y fruto de mi gusto por la música. Porque creo que el placer que siento al escuchar los diferentes idiomas, los matices y acentos de una misma lengua, es debido al placer que siento al escuchar cualquier tipo de música.

Recuerdo que cuando recorría el casco antiguo de mi ciudad, trabajando de arquitecta en la Oficina de Rehabilitación, ante el acento de un determinado vecino, no prestaba atención a nada de lo que me había llevado hasta él: antes tenía que solucionar el problema, no precisamente constructivo, que se me estaba planteando: ¿de dónde era el acento de esa persona?, ¿era de tal pueblo o de aquel otro, distante apenas unos kilómetros?

Lo mismo me sucede con los idiomas. Aunque no sepa hablar determinado idioma, necesito reconocer su ámbito geográfico, y meterme en la música que oigo, reconocer las notas, los acentos, la entonación.

Porque cada idioma tiene su música. Las palabras son notas que forman textos con una composición muy determinada. Cualquier cambio en su orden, la elección de una palabra equivocada, más larga o más corta, sonora o llana, o una puntuación inadecuada, pueden hacer que el texto resulte ágil o, por el contrario, pesado.

Hace unos meses, la traductora Jeanne Vanderwattyne publicaba en su blog Les mots nomades un texto titulado «La musique des mots». Y precisamente estaba escrito en francés, un idioma de armoniosa musicalidad. Mis primeros años de estudio fueron en ese idioma: en clase me enseñaron a redactar y a valorar la importancia de la composición, el peso de cada palabra en las redacciones escolares, enseñanza que reflejaba el gusto de la cultura gala por la escritura.

Me avergüenzo de decir que, aparte de La Montaña mágica de Thomas Mann y la obra de Günter Grass, desconozco la literatura alemana. Y mi reticencia a enfrentarme con un libro traducido del alemán se debe a la mala experiencia sufrida, hace ya años, al intentar leer la traducción de Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt. Que Carlos Ribalta me perdone, pero el libro cantaba en alemán. El texto, cierto, era español, pero yo oía la dureza y el tono grave del lenguaje teutónico a través de las palabras escritas en español. Creo que fue el primer libro que no acabé, pues hasta entonces me imponía siempre llegar hasta la última página, aunque sólo fuera porque me educaron en la economía de la posguerra y había que aprovechar el dinero invertido en el libro. Tuve alguna otra experiencia en el mismo sentido, y siempre con traducciones del alemán, idioma cuya sonoridad está tan alejada de la música de los idiomas latinos.

En aquel tiempo, cuando traté de leer a Hannah Arendt, no prestaba atención a las traducciones. Pero fue quizás el inicio de mi interés hacia mi actual oficio, interés en el que Marguerite Yourcenar tuvo también mucho que ver.

Actualmente, no me conformo con revisar mis traducciones con los métodos habituales: antes de entregarla al cliente, nunca dejo de leerla en voz alta, para asegurarme de que el texto canta bien, con la sonoridad y la música de mi idioma, y comprobar que no he olvidado nota alguna de la lengua original. Y no, cuando se trata de cifras no las leo: sería la música de la lotería navideña.

¿Y qué decir de las palabras de la música, de los textos de las canciones y de su traducción?

Pero de eso hablaremos otro día.

Foto: imagen libre de internet