El arquitecto tímido

De la Farmacia de marco Ermentini
De la Farmacia de Marco Ermentini

 

En su día, el gran arquitecto Saenz de Oiza realizó estas declaraciones, que no comparto, reflejo de su actitud ante la profesión del arquitecto:

… Mi tesis es: la operación de actuación sobre la arquitectura antigua

es una operación de arquitectos. El objeto sobre el que trabajan los arqueólogos

y restauradores es un objeto de arquitectura, que incumbe al

arquitecto… al final la operación de intervención es una operación que

transforma la arquitectura. La arquitectura transformada es una operación

de arquitectura… Entre arqueólogos y restauradores, por un lado,

y los legisladores por otro, estamos entre enemigos: unos nos entregan

del pasado lo que quieren, otros nos proponen lo que debe ser el futuro

de las formas que soñamos…

En cambio, yo abogo por la timidez. Si: soy una arquitecta tímida.

Los arquitectos, opino, no deben ser los únicos actores de la obra de restauración, sino que debe intervenir un equipo interdisciplinar y la actitud del arquitecto al enfrentarse a ella debe ser de timidez. Timidez, escuchando primero lo que dice el propio edificio, una parte de nuestro pasado, timidez, dejando protagonismo a la historia, al papel que el edificio ha tenido en ella y a las huellas que la cuentan, timidez también frente a la labor de los historiadores y arqueólogos y timidez al actuar, guiados por el respeto al edificio y a su historia.

La arquitectura histórica transmite un testimonio del tiempo pasado que únicamente podemos desvelar a través de la arqueología y conocer mediante la historia. Las formas del edificio que han llegado hasta nosotros cobran sentido cuando desvelamos su origen y las circunstancias de su construcción, la cronología de las diferentes obras e intervenciones y los hechos que rodearon sus avatares históricos.

La actuación de intervención debe supeditar los sueños creativos a otras disciplinas: un nuevo reto del que el arquitecto tímido también puede salir airoso. Cuanto mayor sea la información –y la formación– del arquitecto y el trabajo conjunto con las otras disciplinas, menor será la posibilidad de que la intervención de restauración provoque inexorablemente la destrucción del valor documental e histórico del edificio.

El «Manifiesto para una restauración tímida» del súper conservador Amadeo Bellini, impulsor con Marco Ermentini de la Shy Architecture Association establecía con ironía un sistema de carnet por puntos para el restaurador, puntos que iría perdiendo al incumplir determinados preceptos, un menú para este restaurador tímido y un tratamiento médico con la famosa «Timidina con vitamina C» para curar los males que afectan a los restauradores, aconsejándoles poner en práctica el espíritu de la no violencia sobre sus edificios.

Con mucho humor, Marco Ermentini, arquitecto e inventor de la Timidina, en su Farmacia di Marco Ermentini propone diversos medicamentos para el arquitecto restaurador.

Pues bien, agradeciendo estas notas de humor a Ermentini, creo que esta Timidina C también sería muy adecuada para algunos arquitectos de obras de nueva planta. Hace unos días, en La ciudad viva, Stepienybarno publicaban un artículo, «El estilo de la arquitectura» poniendo el acento en la tendencia de algunos arquitectos hacia los derroches formales innecesarios.

Por otro lado, dejando de lado el aspecto jocoso, si esta actitud para actuar sobre un edificio histórico podía resultar cuando menos inusual en aquellos años, la crisis la hace que más plausible que las que llevan a intervenciones drásticas y, por lo tanto, mucho más costosas.

En la obra de restauración el arquitecto debe tener en cuenta a otras disciplinas, pero lo mismo ocurre en los nuevos edificios. Si allá la historia y la arqueología tenían mucho que aportar al resultado final, aquí los sueños del arquitecto deben estar supeditados al paisaje, al entorno, a las necesidades del usuario y a sus recursos económicos. Porque la buena arquitectura se hace a pesar de todos estos condicionantes. Sí: como la magia del ilusionista, que a pesar de las dificultades sabe finalmente sacar el conejo de la chistera.

Como bien dicen Stepienybarno en su artículo, la sobredosis de información hoy en día existente, a través de blogs y publicaciones de arquitectura, hace que importe solo el aspecto visual y formal de la arquitectura, olvidando que la buena arquitectura se sustenta sobre ideas. Los arquitectos miran los blogs. Se ven formas, pero no el concepto que las sustenta. La mayor parte de las publicaciones se limitan a bellísimas fotos, y, salvo honrosas excepciones, no nos ayudan a entender las ideas y condicionantes del edificio.

¿No podríamos también recetar una dosis de Timidina a algunos arquitectos para que dejasen de lado su ego y permitiesen que el edificio se sustentase en el rigor teórico de una idea y en consideraciones ambientales, paisajísticas, constructivas y formales?

¿No podríamos, como sugiere el manifiesto de la Shy Architecture Association crear un carné por puntos, e ir penalizando a los que prefieren ejercer la escultura, a los que no cumplen los condicionantes funcionales del cliente, a los que proyectan olvidándose del entorno, o simplemente se olvidan de practicar el oficio de arquitecto limitándose a ejercer de artistas?

Y, para quien quiera leer la página de SAA, os ofrezco a continuación la traducción de la misma:

 

SAA

En estos tiempos de cotilleos, de consumo, cuando impera la eficiencia, cuando se considera el mundo como una mina a explotar, cuando no se respetan las personas ni las cosas, en tiempos en que la técnica ha pasado de ser un medio a ser un fin, tiempos de  economía de ingenio, de producir resultados a toda costa y con inmediatez, incluso en el campo de la arquitectura y de la restauración, en estos tiempos es necesario hacer una pausa y reflexionar, tomarse el tiempo para pensar y distanciarse de las cosas.

El Carácter tímido, atento y sensible, temeroso, de reacción lenta, nos hace entender sabiamente nuestros propios límites y nos impulsa a dedicarnos con afán, a entender y a conservar todos los aspectos que normalmente la arquitectura y la restauración juzgan secundarios y descuidan. Estudiando los edificios y los lugares degradados o enfermos se llega a amarlos, y amándolos se llega a entenderlos. Así, el estudio, el afecto y la comprensión son una sola cosa. Puede ser que ver el mundo con claridad signifique no actuar, o actuar con timidez. Así, la verdadera riqueza de la restauración tímida es saber intervenir con poco, que es algo que nunca falta, utilizando el conocimiento, la conservación de lo existente y la estratificación de la nueva arquitectura con cautela, con cuidado, humildad e inteligencia. Ser tímidos no es signo de un menor grado de presencia, sino que más bien indica un modo más discreto de situarse en la realidad utilizando la no violencia hacia las cosas.

Esta página web es un intento de ampliar la «caja de herramientas» para reaccionar a nuestra condición proponiendo el pensamiento tímido como bolsa de resistencia, como maestro de retirada y de rendición, como nueva virtud de este siglo a partir de la restauración, que es el ámbito en el que en Italia se desarrollan la mayor parte de las teorías de arquitectura. Pero no solo eso; la timidez es quizás la propia raíz del ser humano: si se interioriza, puede hacer que nuestra vida se vuelva drástica y capaz de un cambio consciente.

Es cierto que las acciones de la Shy Architecture Association (Asociación para la Arquitectura tímida) son provocativas, irónicas y «maravillosamente inconsecuentes», pero a veces, jugando se puede también alcanzar una pizca de verdad.

SAA

Manifiesto

MANIFIESTO ROJO DE LA ARQUITECTURA TÍMIDA

En la Academia de las Bellas Artes de Brera, en Milán, en septiembre del año 2000, nació una asociación, Shy Architecture Association, que pretende promover una actitud tímida en la arquitectura y la restauración, y que pone en evidencia una forma diferente de enfrentarse a lo preexistente. Los padres fundadores son el filósofo Andrea Bortolori, el artista Aldo Spoldo y el arquitecto Marco Ermentini. Las intenciones de la S.A.A. se plasman en el Manifiesto Rojo. Veamos de qué se trata.

«Hoy en día, la única teoría de la restauración que se puede profesar es el final de las teorías de restauración. En casi dos siglos, se han visto muchas.

La situación actual está dominada por la voluntad de convertir y por ello, la técnica, que era un medio, se ha convertido en un fin que hacer girar al mundo. La virtud de hoy es hacer las cosas en menos tiempo que los demás. El campo de la restauración se ha adaptado a la locura del mundo actual.

Ha llegado el momento de tomarse un respiro, de echarse una siesta. Ha llegado el momento de tomar distancias, de abandonarse: hay que descansar. Hay que alejarse de las cosas para verlas mejor del mismo modo que hay que salir de la ciudad para ver lo altas que son sus torres.

La restauración tímida, y, en general, la arquitectura tímida, se inspiran en el carácter tímido. Las personas valientes cambian, modifican y alteran la realidad, pero los tímidos son los protectores de la vida. Son los verdaderos «conservadores». Los tímidos son atentos y sensibles, a veces sus cautelas pueden ser excesivas, pero raramente se confunden cuando atisban el peligro. Son nuestros centinelas; si los escuchamos, su miedo nos puede proteger a todos. El tímido es el único que nos permite entender nuestros propios límites, que nos señala nuestra limitación humana (conócete a ti mismo): la timidez es nuestra sabiduría.

La restauración tímida es el arte de saber escuchar. Cierto: es muy difícil aprender a hacerlo. Esto vale también en nuestro comportamiento con los demás. El tímido aprende a escuchar al otro, absteniéndose de anticipar su pensamiento (creyendo, tal vez, haberlo ya entendido) y está dispuesto a prestar atención. El pensamiento tímido hojea las páginas de un libro parándose mucho tiempo en cada línea y en los espacios en blanco entre las líneas, sin prisa alguna por saber cómo terminará la historia. Vuelve sobre sus pasos porque le parece que no ha entendido.

El tímido utiliza la virtud aristotélica de la prónesis que es la sabiduría práctica que necesitamos para actuar y tomar decisiones en las diferentes situaciones de la vida.

La verdadera riqueza del arquitecto o del restaurador tímido viene de saber intervenir con poco, algo que nunca falta. Al contrario, la locura de la restauración tradicional y de la arquitectura contemporánea está basada en la técnica milagrosa, en el despilfarro de los recursos, en el consumismo desbordante, en la opulencia, en la voluntad de poder que es solo un fantasma.

La gran riqueza de la restauración tímida es la ausencia, la renuncia a la intervención según el principio del «calma, no moverse», la inutilidad de la intervención si no es necesaria. Su cualidad es la de esconderse, pararse en el momento oportuno, la falta de espectacularidad de la intervención, la conciencia de no poder entenderlo todo, la prudencia: en pocas palabras, la timidez.

Sísifo existe, pero existe en esta tierra, lo tenemos ante nuestros ojos. Es la rueda que gira, rueda de negocios, de costos cada vez mayores, de restauraciones ejemplares, de restitución al primitivo esplendor, de selección arbitraria basada en criterios históricos o estéticos, de grandes patrocinadores, de intervenciones definitivas y macizas, de salvajes adaptaciones a la normativa, de decorticación de los revestimientos. Estamos frente a una verdadera bulimia de la restauración.

La restauración tradicional está personificada en Sísifo, mientras que la restauración tímida en el conejo.

El conejo excava. El conejo es un animal que trabaja y está en el agujero. El conejo, como el tímido, roe. Cauto ante cualquier peligro, su proverbial timidez excava, muerde, roe el mundo. A la voluntad de poder del mundo de la técnica, el carácter del tímido responde con parsimonia y economía.

La restauración tímida, o mejor, la conservación tímida, se ocupa de aquellos aspectos que la restauración, y en general la arquitectura, descuidan.

La restauración tímida, frente a la técnica, se comporta con suavidad.

La restauración tímida, frente a la economía, pone en práctica una nueva huelga: no hace huelga a la producción, sino al consumo. Omnia mea mecum porto.

El tímido, en la mesa, prueba la comida, y luego la deja».

SAA

Carné

CARNÉ POR PUNTOS PARA LA RESTAURACIÓN

 Tal y como ocurre con el carné de conducir, cada restaurador o arquitecto tiene a su disposición 20 puntos. Si se queda a cero por las infracciones cometidas, debe volver a pasar el examen de habilitación. La puntuación puede volver a ser de 20 puntos si en dos años consecutivos no comete infracciones. El nuevo códice de restauración prevé también bonos: dos años de correcta profesión dan derecho a dos puntos suplementarios, pero no es posible, en ningún caso, superar el techo de los 30 puntos. Las penalizaciones son dobles para aquellos que hayan realizado estudios de menos de tres años. Los puntos sustraídos, pueden remediarse con la toma regular de dos pastillas diarias de «Timidina con vitamina C». Se prevé la creación de la policía de restauración dotada de amplios poderes de investigación y sanción.

Sanciones:

  • Exceso de velocidad en las decisiones, 5 puntos
  • No dar prioridad al conocimiento de la obra, 8 puntos
  • Uso del teléfono móvil durante la restauración, 2 puntos
  • Invertir el sentido de la marcha de la historia otorgándole el primitivo esplendor: 20 puntos
  • Restaurar en estado de ebriedad: 5 puntos
  • Estado de alteración por el uso de sustancias estupefacientes: 10 puntos
  • Forzar el bloqueo impuesto por la policía de restauración: 10 puntos
  • Denegación de la exhibición requerida por el carné por puntos: 3 puntos
  • Inobservancia de la obligación de pararse tras una restauración desastrosa: 20 puntos
  • Inobservancia de la obligación de documentación de las operaciones efectuadas: 10 puntos
  • Restauración despreocupada e inconsciente: 20 puntos

                                                                         

Presentado como primicia mundial en el Salón de la Restauración de Ferrara de 2006, el 30 de marzo, en el stand de Nardini, el carné por puntos suscitó mucho interés entre los adeptos a los trabajos y mereció el mismo día un artículo de Beppe Severigni en el Corriere della Sera: «Cuando la política debería merecer un carné por puntos».

 

 

Leer un edificio

Fotografía de la autora
Jerónimo lee el Palacio de Carlos V en Granada

 

Leer un edificio

Los edificios son como libros abiertos a los ojos de quien quiera conocer su historia.

Y no sé si es por mi afición desmedida a la lectura, o por mi gusto por los edificios añosos, pero yo disfruto leyendo edificios.

Sí: un edificio se lee. Y en el caso de edificios de una cierta edad –últimamente uso mucho esa expresión tan cercana–, muchas veces podemos encontrar sus datos en libros, revistas y hemerotecas, otras, nos documentamos investigando la época en la que fue construido y las técnicas constructivas de la zona.

Porque los edificios no se utilizan hoy como se usaban antes, y conocer las costumbres de la época en las que fue construido, nos ayudan a traducir ciertos elementos cuyo uso nos puede resultar enigmático. Me sucedió con un antiguo palacio, cuyas carpinterías de finales del siglo XVIII me resultaban misteriosas e íbamos a sustituirlas por otras más actuales. Estaba leyendo por entonces Voyage vers les Pyrénées, de Víctor Hugo, en el que ofrece una minuciosa descripción de una ventana de una fachada del casco antiguo de Pamplona, y entendí entonces el uso de aquellas ventanas que, gracias al escritor francés, conservamos debidamente restauradas.

Por cierto, y aunque sea irme por las ramas, realmente, después de leer ese libro, la bahía de Pasajes tiene también una lectura diferente: la veo llena de golondrinas, en sus barquitas, con las pañoletas revoloteando al viento.

Pero sigamos con la lectura de los edificios.

Comparando su estado actual con las fotos, podemos estudiar cómo ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Leyendo sobre la sociedad para la que fue edificado entenderemos mejor sus ciclos productivos, las formas de construir y las circunstancias que rodearon la construcción del mismo.

La confrontación del edificio objeto de nuestra lectura con otros de la misma época, hace aflorar sus singularidades, aquellos detalles que lo hacen ser diferente, o las obras realizadas en el curso de los años.

Y un edificio se lee porque a los ojos de un entendido sus muros son palabras de un lenguaje con el que se expresa. El material del que están hechos, su textura, ese resalto aquí y allá indicando un elemento de la estructura, son ajenos a los ojos de un profano, pero expresión del orden que rige su construcción.

Esta lectura transversal del edificio nos ayuda a entender lo que vemos una vez dentro y el porqué del uso de determinados materiales, la discontinuidad de su estructura, o la presencia de «rajas».

Rajas. Esa palabra que tanto me ha asustado y que me ha hecho correr hacia donde se habían producido ya que antes de comprender qué entendía el profano por esa palabra, yo visualizaba unas grandes grietas del tamaño de una raja de sandía. Porque para nosotros los técnicos, las roturas de la fábrica de los muros son, según el tamaño, «grietas», que pueden alcanzar hasta uno o dos centímetros de anchura en el peor de los casos, o «fisuras», unos hilitos de muy pocos milímetros que aparecen a veces en las paredes, por diferentes causas. Pero estas grietas y fisuras también hablan. Su anchura, inclinación, posición respecto a la estructura, son todo un discurso sobre la causa y la posición del mal que aqueja al edificio. Y la pintura y el polvo que las recubre nos hablan de su edad, de cuándo se produjeron.

Un simple cuchillo afilado, o un bisturí, nos pueden ayudar a seguir leyendo el edificio. Levantando con cuidado las sucesivas capas de pintura podemos descubrir cómo estaba pintando anteriormente. Es un ejercicio emocionante en los edificios históricos y me ha servido para conseguir un respaldo irrefutable en la elección de colores atrevidos para la pintura de paredes y carpinterías en los que he intervenido. En un valle de la montaña, donde la normativa es actualmente muy estricta respecto al color de las carpinterías exteriores, que sólo dejan pintar en granate o verde, me encontré que las ventanas de un edificio de finales del siglo XVIII sobre el que estábamos actuando habían estado pintadas de color azul fuerte. Cuando propusimos conservarlo, las autoridades pertinentes, viendo que era el color original, aceptaron el mismo tono para el edificio rehabilitado.

Otras veces aparecen pinturas muy estropeadas por el roce, que pueden indicar un determinado uso en ese lugar, o ventanas o puertas tapiadas que acusan la antigua distribución del edificio.

Actualmente, la referencia de medida en gran parte del mundo occidental, es el metro. Y cuando se realiza un proyecto, es habitual modularlo con esta medida o una fracción de la misma. Pero antiguamente, las medidas variaban de un lugar a otro, incluso dentro de una misma región se podían utilizar simultáneamente dos tipos de medidas diferentes. Y por ello, al realizar la toma de datos, nos encontramos con medidas extrañas, que nada parece que tengan que ver unas con otras, y a veces con muchos decimales. Si investigamos el tipo de medida empleado –vara de diferentes medidas, cana, cana lineal, destre, etc.– acabaremos encontrando la trama sobre la que se construyó el edificio y la lectura del mismo nos resultará más fácil, más fluida, ya que las medidas serán número enteros o, como mucho, con un solo decimal.

El edificio es una especie de libro interactivo, porque podemos hacerlo cantar. Sí, los muros cantan. Si golpeamos sobre una pared con un martillo, nos dirá si es un muro macizo, como parecen indicar sus dimensiones, o por el contrario se trata de un doble tabique que aloja una estructura en su interior, o incluso si ese muro está cansado, si ya no podemos confiar en la resistencia de los ladrillos que lo forman.

Esta lectura se complementa con los resultados de los análisis de los materiales empleados, unas actuaciones para expertos y que exigen un cierto presupuesto, pero imprescindibles en el caso de edificios históricos.

Pero el mayor placer es encerrarse horas dentro del edificio, observándolo, «leyéndolo», hasta entender su evolución.

Esta fase de estudio, completada con algunas actuaciones más técnicas y destructivas para llegar a ver las partes ocultas del edificio, es lo que se llama «arqueología edificatoria», y, tengo que decirlo, es lo que más echo en falta de mi vida anterior.

Foto: @Mercedes Sánchez-Marco