Leer un edificio

Fotografía de la autora
Jerónimo lee el Palacio de Carlos V en Granada

 

Leer un edificio

Los edificios son como libros abiertos a los ojos de quien quiera conocer su historia.

Y no sé si es por mi afición desmedida a la lectura, o por mi gusto por los edificios añosos, pero yo disfruto leyendo edificios.

Sí: un edificio se lee. Y en el caso de edificios de una cierta edad –últimamente uso mucho esa expresión tan cercana–, muchas veces podemos encontrar sus datos en libros, revistas y hemerotecas, otras, nos documentamos investigando la época en la que fue construido y las técnicas constructivas de la zona.

Porque los edificios no se utilizan hoy como se usaban antes, y conocer las costumbres de la época en las que fue construido, nos ayudan a traducir ciertos elementos cuyo uso nos puede resultar enigmático. Me sucedió con un antiguo palacio, cuyas carpinterías de finales del siglo XVIII me resultaban misteriosas e íbamos a sustituirlas por otras más actuales. Estaba leyendo por entonces Voyage vers les Pyrénées, de Víctor Hugo, en el que ofrece una minuciosa descripción de una ventana de una fachada del casco antiguo de Pamplona, y entendí entonces el uso de aquellas ventanas que, gracias al escritor francés, conservamos debidamente restauradas.

Por cierto, y aunque sea irme por las ramas, realmente, después de leer ese libro, la bahía de Pasajes tiene también una lectura diferente: la veo llena de golondrinas, en sus barquitas, con las pañoletas revoloteando al viento.

Pero sigamos con la lectura de los edificios.

Comparando su estado actual con las fotos, podemos estudiar cómo ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Leyendo sobre la sociedad para la que fue edificado entenderemos mejor sus ciclos productivos, las formas de construir y las circunstancias que rodearon la construcción del mismo.

La confrontación del edificio objeto de nuestra lectura con otros de la misma época, hace aflorar sus singularidades, aquellos detalles que lo hacen ser diferente, o las obras realizadas en el curso de los años.

Y un edificio se lee porque a los ojos de un entendido sus muros son palabras de un lenguaje con el que se expresa. El material del que están hechos, su textura, ese resalto aquí y allá indicando un elemento de la estructura, son ajenos a los ojos de un profano, pero expresión del orden que rige su construcción.

Esta lectura transversal del edificio nos ayuda a entender lo que vemos una vez dentro y el porqué del uso de determinados materiales, la discontinuidad de su estructura, o la presencia de «rajas».

Rajas. Esa palabra que tanto me ha asustado y que me ha hecho correr hacia donde se habían producido ya que antes de comprender qué entendía el profano por esa palabra, yo visualizaba unas grandes grietas del tamaño de una raja de sandía. Porque para nosotros los técnicos, las roturas de la fábrica de los muros son, según el tamaño, «grietas», que pueden alcanzar hasta uno o dos centímetros de anchura en el peor de los casos, o «fisuras», unos hilitos de muy pocos milímetros que aparecen a veces en las paredes, por diferentes causas. Pero estas grietas y fisuras también hablan. Su anchura, inclinación, posición respecto a la estructura, son todo un discurso sobre la causa y la posición del mal que aqueja al edificio. Y la pintura y el polvo que las recubre nos hablan de su edad, de cuándo se produjeron.

Un simple cuchillo afilado, o un bisturí, nos pueden ayudar a seguir leyendo el edificio. Levantando con cuidado las sucesivas capas de pintura podemos descubrir cómo estaba pintando anteriormente. Es un ejercicio emocionante en los edificios históricos y me ha servido para conseguir un respaldo irrefutable en la elección de colores atrevidos para la pintura de paredes y carpinterías en los que he intervenido. En un valle de la montaña, donde la normativa es actualmente muy estricta respecto al color de las carpinterías exteriores, que sólo dejan pintar en granate o verde, me encontré que las ventanas de un edificio de finales del siglo XVIII sobre el que estábamos actuando habían estado pintadas de color azul fuerte. Cuando propusimos conservarlo, las autoridades pertinentes, viendo que era el color original, aceptaron el mismo tono para el edificio rehabilitado.

Otras veces aparecen pinturas muy estropeadas por el roce, que pueden indicar un determinado uso en ese lugar, o ventanas o puertas tapiadas que acusan la antigua distribución del edificio.

Actualmente, la referencia de medida en gran parte del mundo occidental, es el metro. Y cuando se realiza un proyecto, es habitual modularlo con esta medida o una fracción de la misma. Pero antiguamente, las medidas variaban de un lugar a otro, incluso dentro de una misma región se podían utilizar simultáneamente dos tipos de medidas diferentes. Y por ello, al realizar la toma de datos, nos encontramos con medidas extrañas, que nada parece que tengan que ver unas con otras, y a veces con muchos decimales. Si investigamos el tipo de medida empleado –vara de diferentes medidas, cana, cana lineal, destre, etc.– acabaremos encontrando la trama sobre la que se construyó el edificio y la lectura del mismo nos resultará más fácil, más fluida, ya que las medidas serán número enteros o, como mucho, con un solo decimal.

El edificio es una especie de libro interactivo, porque podemos hacerlo cantar. Sí, los muros cantan. Si golpeamos sobre una pared con un martillo, nos dirá si es un muro macizo, como parecen indicar sus dimensiones, o por el contrario se trata de un doble tabique que aloja una estructura en su interior, o incluso si ese muro está cansado, si ya no podemos confiar en la resistencia de los ladrillos que lo forman.

Esta lectura se complementa con los resultados de los análisis de los materiales empleados, unas actuaciones para expertos y que exigen un cierto presupuesto, pero imprescindibles en el caso de edificios históricos.

Pero el mayor placer es encerrarse horas dentro del edificio, observándolo, «leyéndolo», hasta entender su evolución.

Esta fase de estudio, completada con algunas actuaciones más técnicas y destructivas para llegar a ver las partes ocultas del edificio, es lo que se llama «arqueología edificatoria», y, tengo que decirlo, es lo que más echo en falta de mi vida anterior.

Foto: @Mercedes Sánchez-Marco