Querido amigo y compañero

Imagen
Alzado del edificio del Iruña, en la Plaza del castillo de Pamplona, realizado por la autora.

Querido amigo y compañero arquitecto:

Pues sí, porque además de traductora soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque hace años que no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el motivo de la fisura que aparece en la fachada de un edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma. Eran las nueve y media y necesitabas las 5500 palabras para la una del mediodía del mismo día.

Dijiste que, siendo traductora, no me iba a costar nada.

Debes saber que una traducción lleva su tiempo: hay que conocer a fondo el tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a veces interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 2500 palabras diarias exige un gran esfuerzo que supone un sobrecosto. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del trabajo.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguramente tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Pues bien: no le pidas tampoco a él que te haga la traducción. Un traductor profesional solamente traduce a su lengua materna porque cuando traduce a otra lengua, la música de su propio idioma se deja oír, o puede que utilice expresiones calcadas de la lengua original o palabras fuera de contexto, como a menudo sucede en los folletos de instrucciones de muchos aparatos cuya lectura nos resulta harto difícil. Si te decantas por la traducción automática, antes puedes hacer la prueba de traducir un texto inglés al castellano: entiendes algo, sí, pero, ¿te gustaría pronunciar tu ponencia con ese mismo nivel de inglés?

Sabes muy bien que en los planos a menudo hay líneas que sobran y no aportan nada a un dibujo. Otras en cambio ayudan a definir el espacio, o indican esa intención aún vaga de modificar la textura del pavimento de una estancia. Esa línea tiene que ser rotunda, o sutil, pero siempre de un determinado grosor, y no otro. Igual sucede con la lengua: tiene mil matices que sólo el que la habla desde la cuna sabe captar. La traducción no es una ciencia exacta: cada palabra sólo cobra un valor concreto en un determinado contexto.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores, puedes pasar un día entero hasta que encuentras el grosor ideal de la línea que va a expresar un detalle del proyecto: ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma?

Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especialidades, como otras, que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce y de la jerga específica del sector.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y sigue haciéndolo a lo largo de su carrera. Utiliza programas específicos para mejorar la calidad de las traducciones, y esos programas suponen una inversión. Se merece cobrar un salario digno. Puedes calcular el valor de una traducción a partir de las 2500 palabras diarias. Pero ten en cuenta que es un profesional como tú, que paga su seguridad social, tiene vacaciones, necesita realizar ciertas inversiones en equipo y, además, formarse continuamente.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a traducir el texto que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer el folleto publicado por la Asociación Española de Traductores, Asetrad,

Nada más, espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria.

Un abrazo,

Mercedes, arquitecta y traductora

Traducir los textos de los concursos de arquitectura

@mercedes sánchez-marco
Propuesta para el concurso «La casa del Reloj», Tudela, Navarra

Quiero reivindicar aquí un lugar, mínimo, para el traductor, en el equipo que se presenta a un concurso de arquitectura. Un papel sin embargo que considero imprescindible para lograr el éxito y abrirse camino fuera de nuestras fronteras.

Los arquitectos somos maestros en la expresión gráfica. Los textos de las memorias y artículos divulgativos, salvo para algunos pocos profesionales que manejan con soltura las letras y la ortografía, suelen ser algo secundario, que cuesta mucho esfuerzo, por ser ajeno a nuestro medio de expresión, el dibujo.

El arquitecto, al iniciar un determinado proyecto, o al dar respuesta a las exigencias que plantean las bases de un concurso de arquitectura, concibe una idea que expresa en unos primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, corrigiéndose unas a otras, en los cuadernos de notas o en la servilleta del restaurante donde intenta expresar a su cliente la idea que va surgiendo en su mente. Luego, esos primeros bocetos van tomando forma y volumen en maquetas o dibujos en tres dimensiones para finalmente reflejarse en los planos del proyecto. A partir de ese momento, los instrumentos con los que el arquitecto expresa el edificio proyectado son los espacios, las formas y los materiales.

Director de orquesta, el arquitecto va encajando en el proyecto los diferentes aspectos constructivos y de ingeniería, como un encaje de bolillos, velando por la integridad de esa idea que él quiere expresar, y para que cada elemento del edificio adopte el lugar y matiz adecuados en función de ese resultado final ideado. En el caso de los concursos, se consulta con los ingenieros la estructura del edificio proyectado, o a las posibles instalaciones, y con el aparejador los materiales a emplear.

El edifico final será el resultado de un largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresará su respuesta a las condiciones del terreno, de su entorno y de las necesidades de uso planteadas en el programa, integrando en él las exigencias técnicas y constructivos necesarias. Será el resultad de un trabajo en equipo.

La expresión escrita de lo proyectado es algo necesario, pero secundario. Cuando el arquitecto se expresa con la palabra, en general esconde su torpe discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras y expresiones que solo otros compañeros entienden, pero que parecen otorgar al proyecto un halo de secretismo únicamente descifrable para los iniciados: espina dorsal funcional, paquetes funcionales, pueden ser un ejemplo.

@mercedes sánchez-marco
Panel del concurso «Museo Esteban Vicente», Segovia

Actualmente, la crisis ha hecho que muchos estudios de arquitectura se planteen buscar trabajo en el exterior, y se presentan a numerosos concursos de arquitectura. Excepto en aquellos casos en que se declare idioma oficial el inglés, la propuesta debe estar redactada en el idioma del país convocante, que, excepto en Hispanoamérica y en nuestro propio país, no es el español.

Una vez que, mediante la colaboración de algún compañero que entienda la lengua, o utilizando a San Google, se logra entender las bases del concurso, la memoria explicativa o el texto que acompaña a los dibujos, pasará a segundo término hasta dos o tres días antes de la entrega del concurso: entonces se plantea la necesidad de traducirlos.

Llega el momento de buscar rápidamente a una persona que se pueda encargar de dicho cometido. En el caso del inglés no es difícil encontrar a un becario que hable bien ese idioma, o es posible que los miembros del equipo lo conozcan y se sientan capacitados para realizar la traducción, arriesgándose a cometer algún que otro fallo que, en el caso de reflejarse en la composición del programa, pueden provocar el incumplimiento de las bases del concurso. Lo más habitual en estos casos es que la calidad de los textos desmerezca del resultado del esfuerzo empleado en la propuesta de proyecto.

Al intentar contratar a un traductor profesional, el equipo se encuentra con un gasto añadido, que no había previsto, y que cuesta tiempo y dinero, cuyo coste puede incrementarse por la premura con la que se solicita la traducción.

El costo de la traducción, sin embargo, puede minimizarse si prevé desde el inicio.

Se puede recurrir a un traductor profesional que conozca el tema y nos ayude en los aspectos como:

  • La comprensión de las bases del concurso, de forma que no se escape ningún aspecto del mismo y la propuesta no quede descalificada por la incomprensión de algún concepto.
  • La formación de un glosario terminológico, extraído de las bases, de forma que los textos que acompañen a la propuesta respondan a los condicionantes con idéntica terminología.
  • La formación de un glosario propio, a emplear en sucesivos concursos.
  • La redacción de unas plantillas de textos que se repitan, en lo posible, en cada concurso, de modo que la cantidad de palabras a traducir sea menor.
  • La redacción de los textos de la correspondencia con el organismo licitador.
  • Hacer de enlace en las conversaciones telefónicas que puedan surgir para cualquier aclaración.

En los concursos de arquitectura, exceptuando los casos en los que las bases requieren una memoria explicativa en documento aparte, los textos acompañan a los dibujos en los paneles donde se presenta la propuesta. Suelen ser textos cortos, telegráficos, a menudo difíciles de entender para el profano, y con un lenguaje conciso: por un lado, términos técnicos que se refieren a aspectos constructivos y por otro, términos que intentan explicar la idea que sustenta a la propuesta; como un día me dijo una traductora inglesa éstos últimos, sobre todo, «escritos por arquitectos para ser leídos y entendidos por arquitectos». Son a menudo expresiones de difícil interpretación, y que exigen aclaración por parte de quien lo ha escrito, dado que, para el profano, pueden tener diferentes significados.

Antes de presentarse a un concurso de arquitectura en otro idioma, por lo tanto, hay que prever la traducción de los textos, y conviene contar con un traductor que nos guíe en la compresión de los textos de las bases del concurso y en la expresión escrita adecuada de los diferentes aspectos de nuestras propuestas.

Fotos: Paneles de presentación de propuestas de concursos de arquitectura @mercedes sánchez-marco

 

Por qué soy también traductora

@mercedes sánchez-marco
Restauración del granero de Adriano, Pataka, Anatolia

Me acaban de preguntar por los motivos que me impulsaron a ejercer el noble oficio de la traducción después de haber trabajado tantos años como arquitecta.

Hubiera podido contestar, dada la época de crisis en la que nos encontramos, que busqué otra profesión por falta de trabajo. En mi caso, los motivos son otros: son la confluencia de muchas razones y del momento vital en el que me encuentro.

Soy arquitecta, sí, pero de letras. ¿Cómo es eso? Pues porque hice mis primeros estudios entre traducciones de Herodoto y de Tito Livio, estudié dos años de Filosofía y Letras y, como no existía la especialidad que me apasionaba, Historia del Arte, en la ciudad en la que vivía, y entonces no era cuestión de que fuese a estudiar fuera, decidí que ese no era mi camino, y me pasé a Arquitectura.

En aquel entonces, me atraía más el mundillo de los estudiantes de la Escuela de Arquitectura, aquellos chicos que llenaban la sala de cultura de mi ciudad, a principios de los 70, para ver lo último de Andy Warhol, que el más tranquilo de mis colegas de la facultad cuyas discusiones filosóficas apenas iban más allá de Santo Tomás.

El caso es que, después de un primer año en el que estuve bastante despistada, preguntando a mis compañeros de clase de cálculo qué era esa S tan larga que aparecía por todos lados, a base de tesón y de cierta facilidad para las matemáticas, logré dominar las integrales, el cálculo la física y las estructuras. Las clases de D. Francisco Íñiguez y la asignatura de Proyectos me hacían sentirme en la senda adecuada.

En el estudio que compartí durante veinte años hacíamos también proyectos de viviendas sociales, pero siempre tuve entre manos alguna rehabilitación y al final, en mi propio estudio, me dediqué en exclusiva a esta especialidad.

 

 

@mercedes sánchez-marco
Restauración de una iglesia jesuítica para albergue de peregrinos en Pamplona

El restaurador, al actuar sobre un edificio histórico, tiene que observar, estudiar, consultar, leer a fondo el original y traducirlo al momento actual, tal y como hace el traductor con los textos.

Crecí prácticamente bilingüe con francés, e hice mis estudios en este idioma hasta la edad de doce años. Empecé pronto con el inglés, y tras una larga estancia en Irlanda, pasé un año en California. Era una época en que muy poca gente en España hablaba el inglés. Luego aprendí italiano y empecé a leer en este idioma y a viajar con frecuencia a Italia.

Soy una lectora infatigable, y nunca leo traducciones de los idiomas que hablo. La lectura me ha ayudado a mantener y perfeccionar las lenguas, incluido el español.

Creo que fue el descubrimiento de la obra de Marguerite Yourcenar, hace muchos años, y la lectura de su biografía lo que hizo que me plantease la posibilidad de algún día convertirme, como ella, en traductora.

Con este bagaje, y cuando llevaba treinta años de profesión a mis espaldas, me llegó el primer encargo de traducción. Y con la insensatez que da la ignorancia, lo acepté. Enseguida me di cuenta de que eso era algo muy serio: si quería seguir por ese camino tenía que formarme, estudiar, aprender. Cada vez había menos trabajo en el estudio y yo tenía tiempo. Empecé desde cero, como una cría, cometiendo muchos errores, y progresando poco a poco porque desde entonces no he parado de formarme, y sigo en ello.

En los últimos años me pesaba la parte más ingrata de la profesión del arquitecto. Quedan ya lejos los tiempos en los que el proyecto de una iglesia cabía en una carpeta azul y contenía un plano y pocos folios mecanografiados que lo explicaban y justificaban.

Con el paso de los años la carga de documentación necesaria para un proyecto de arquitectura se ha hecho mayor, y aunque la aparición de la informática simplificó considerablemente el grafismo y la edición de planos y documentos, ahora hay mayores exigencias normativas que obligan a que el arquitecto tenga que dedicar más tiempo a los aspectos administrativos y de gestión. Y ¿qué decir de las exigencias del CTE, el Código Técnico de la Edificación? Su implantación hizo que todos los profesionales de la arquitectura tuviéramos que reciclarnos y renovar todo el proceso de elaboración de proyectos de construcción.

Si antes el profesional de la arquitectura dedicaba la mitad de su tiempo a proyectar y plasmar sus ideas en dibujos, actualmente, la actividad creativa ocupa un espacio muy reducido; la mayor parte del trabajo diario está dedicado a la elaboración de documentación, a las gestiones y consultas en órganos administrativos, a los múltiples cálculos, a las visitas de obra y a la búsqueda de clientes, o incluso a atender consultas de antiguos clientes o de conocidos.

En el caso de las obras de rehabilitación el tiempo de dedicación que requieren las obras es mayor que en los edificios de nueva planta, pues son frecuentes las sorpresas y los cambios durante el proceso constructivo, y se toman decisiones en obra que modifican sustancialmente el proyecto original y, en consecuencia, la documentación. Aquí las visitas de obra son más frecuentes y más largas, independientemente de las condiciones climáticas.

 

@mercedes sánchez-marco
Tejado del actual albergue municipal de peregrinos de Pamplona

¿Hasta qué edad iba a poder –y querer– seguir subiendo a los andamios y volver a casa, en invierno, aterida de frío por carreteras heladas? Porque no era una arquitecta estrella con un gran estudio, sino una más, y trabajaba sola.

En cambio, Marguerite Yourcenar, a los 80 años, seguía traduciendo.

No quiero hablar de la crisis, de los concursos con cientos de participantes, de las bajadas de honorarios, de trabajar perdiendo dinero. No es el momento y tampoco fueron las únicas razones para convertirme en traductora, pero ayudaron a ello: sufría las consecuencias del mal ambiente que se había creado en las obras y en la profesión.

Así que como Marguerite Yourcenar en su isla de Maine, ahora traduzco desde este refugio alejado de la civilización, y disfruto con mi nueva profesión como lo hice con la arquitectura.

Fotos: @mercedes sánchez-marco

 

 

Defendamos nuestra lengua

Fotografía de la autora
Bajorrelieve del teatro de Myra

Hace unos días tuve ocasión de escuchar durante dos horas a una persona de un país hermano. Era un gran hablador, y mientras lo escuchaba, su manera de expresarse y lo que decía me hicieron reflexionar.

Por su forma de hablar, la riqueza de su léxico y su corrección en las formas y en su expresión, podía pasar entre nosotros por una persona con estudios superiores.

Entre otras cosas, se lamentaba de la brusquedad en el trato, los malos modos y las expresiones violentas acompañadas de juramentos que empleamos en estas tierras del norte, y que tanto le extrañaban y le dolían cuando iban dirigidas a él. «Con un Hola la gente de aquí cree que ya saluda, nunca dicen buenos días o buenas tardes, y a mí, ese hola, si no va acompañado, no me basta. Y qué le voy a decir de los juramentos, que los hombres y hasta las mujeres emplean para sentirse más fuertes…».

La persona en cuestión era un trabajador de la construcción, un peón sin cualificar que, tras un periplo como emigrante sin papeles por otros países, había llegado hasta aquí.

Y sentí vergüenza, porque tenía razón. Es cierto que entre nosotros no hay tanta violencia en las calles como en algunos países. Pero ¿acaso la violencia verbal no es violencia? Y la educación ¿no empieza por aprender a hablar con corrección y respeto al prójimo? Y qué decir de la pobreza en el uso de nuestra lengua: damos mucha importancia al aprendizaje de otros idiomas, pero el dominio del nuestro no va a la par con otros conocimientos adquiridos. Ni en las familias ni en las escuelas se da la suficiente importancia al aprendizaje lingüístico y, además, ciertos adultos piensan que los tacos, juramentos y expresiones incultas dan fuerza a sus ideas…o las sustituyen.

Por otro lado, ayer se inició una discusión en el foro de Asetrad sobre el mal uso de nuestra lengua, en concreto las palabras prestadas del inglés. Es un fenómeno que no sólo ocurre entre las gentes de habla hispana y que es frecuente en el ámbito de la gestión empresarial. A menudo es por pedantería y por esconder la pobreza del propio léxico con palabras que suenan bien o por presumir de saber inglés, por seguir la moda o incluso por dejadez.

Es más grave cuando se trata de contaminación involuntaria, ya que es imposible evitar los errores de los que no somos conscientes. Así, incluso los españoles viviendo en España, nos podemos encontrar hablando de insertar, aplicar (acabo de insertar un vínculo), diciendo sí, puedo, cuando vamos a hacer footing, o que estamos contentos porque nos han reclutado para la posición a la que habíamos aplicado. Y todo ello porque estamos influenciados por el inglés y la cultura anglosajona dominante.

Y conforme iba leyendo las expresiones de contaminación lingüística que se vertían en las diferentes intervenciones del foro, me ponía en guardia, porque no soy ajena a ese uso inapropiado del español y reconozco que utilizo a veces mi idioma de forma incorrecta.

Si al traducir un texto lleno de palabras del inglés, me siento como si estuviese en guerra contra el invasor, ahora, después de leer todas las intervenciones en dicho foro, soy consciente del largo camino que me queda por delante para convertirme, además de arquitecta y traductora, en lingüista, y dominar mi lengua para no dar tregua al conquistador.

Me consuela, sin embargo, ver que el español no es la única lengua en que se ha infiltrado el inglés. En el lenguaje empresarial, el italiano, más aún que el francés o el español, utiliza un mayor número de expresiones inglesas que nosotros, incluso cuando es obvio que existe una expresión equivalente en ese idioma. Se siente un enorme placer entregando al cliente un texto sin ninguna palabra tomada del inglés, cuando en el original hemos encontrado entre veinte y treinta palabras inglesas.

Por otro lado, no es este un fenómeno nuevo ya que, dentro de mi especialidad, se aceptaron en su día, y hoy usamos con naturalidad, palabras tales como chabola, mansarda, arbotante, bordillo, chaflán, parqué, tomadas del francés o esgrafiado, escarpa, estuco y cartucho, de origen italiano. ¿Fueron necesarias? ¿Son necesarias las palabras inglesas que utilizamos actualmente al hablar en español? Lo lamentable es que, existiendo su equivalente en español, se prefieran las palabras del idioma invasor.

¡En guardia! Nosotros, los que trabajamos el idioma, tenemos que defender la riqueza del mismo. Está en nuestras manos educar a los que nos rodean, utilizando todo nuestro léxico, para que no volver a oír a nadie decir lo mal que hablamos a este lado del océano.

 

El lenguaje de los arquitectos

Máscara Myra 1

Mucho podemos decir del lenguaje que utilizan los arquitectos cuando hablan de arquitectura y cuando describen sus proyectos. Mientras trabajé solo como arquitecta, no me percaté de ello, pero desde que soy traductora y presto atención a las palabras, me he dado cuenta de que los arquitectos utilizamos un lenguaje propio y peculiar al tratar los temas de nuestra profesión, un lenguaje no siempre fácil de entender para los profanos.

El arquitecto no ha tenido formación lingüística: su medio de expresión es el lápiz, el programa de dibujo o el de modelado tridimensional y, sin embargo, también tiene que escribir y describir su proyecto con palabras. Algunos profesionales dominan la escritura y son tan hábiles con la pluma como con el lápiz, con el teclado como con el ratón, deberíamos decir hoy en día, pero otros, adornan un lenguaje pobre con unas palabras incomprensibles para un profano o con neologismos difícilmente admisibles por la Real Academia de la Lengua, esperando con ello que su discurse resulte más culto.

Una traductora inglesa, con mucha experiencia en la traducción de textos escritos por mis compañeros, me comentaba que tiene por costumbre aplicar una tarifa bastante más alta a este tipo de textos, porque entenderlos le supone una mayor dificultad.

Pierre Fuentes, amigo arquitecto y traductor, publicaba hace tiempo en su blog La poutre dans l’oeil, esta entrada que ilustra el uso del lenguaje por parte de estos profesionales.

EL LENGUAJE DE LOS ARQUITECTOS: ¿ELITISTA O RACIONALISTA?

¿Utilizan los arquitectos un lenguaje abstruso?

La gente se burla de su jerga. Se les echa en cara que utilizan un vocabulario incomprensible. Se les encierra en el cliché de su «torre de marfil», esa obra de dimensiones bíblicas que parece protegerlos de la mediocridad de sus contemporáneos. Algunos dicen incluso que el único objeto de este lenguaje abstruso es mantener alejados a los filisteos.

Es cierto, hay que admitirlo, que los arquitectos tienen a veces tendencia a dejarse llevar por un cierto hermetismo lingüístico pero es sólo el resultado de la evolución del entendimiento humano.

En 1923, Le Corbusier publica  Vers une architecture, un trabajo en el que expresa «tres llamadas de atención a los señores arquitectos». Se refiere a: «el volumen», «la superficie» y «el plano», las tres principales componentes de toda arquitectura. El volumen, es la forma bajo la luz. Es más bella cuanto más simple. La superficie cubre el volumen. Se debe elaborar según las reglas que establecen las leyes geométricas. El plano es el que ordena. El elemento generador.

En 1930, aún va más lejos. En Précisions, se libera totalmente de los conceptos antropomórficos: la «habitación» se convierte en «la función»; el «pasillo», un «órgano de circulación horizontal»; el «tabique», un «diafragma».

¿Por qué no llamar gato al gato? ¿Por qué ese elitismo lingüístico?

Porque no se trata de elitismo. Se trata de racionalizar. Para entender la arquitectura moderna, hay que preguntárselo a la física moderna.

«Resumiendo, lo que caracteriza la evolución de la física, es una tendencia a la unidad y esta unificación se realiza sobre todo bajo el signo de una cierta liberación de la física, de sus elementos antropomórficos y, sobre todo, de los vínculos que la hacían depender de lo específico que hay en la percepción de nuestros órganos de los sentidos» (Initiation à la Physique, Max Planck, 1934, Flammarion, traducido del alemán por J. du Plessis de Grenédan, 1941).

Max Planck pertenecía a la primera generación de los grandes sabios del siglo XX. Premio Nobel de física en 1919 e inventor del concepto de «quantum», explicaba que para entender los fenómenos que perciben nuestros sentidos, la física había tenido que liberarse de «sus elementos antropomórficos», esto es, de los vínculos que la hacían depender de lo específico que hay en los órganos de nuestros sentidos.

Llamar «pasillo» a un «pasillo», es ya darle la forma que nuestros sentidos están acostumbrados a percibir. ¿Cómo sería posible, en semejantes condiciones, poder pensar en él bajo una forma diferente?

Los arquitectos utilizan un lenguaje extraño, no porque sean elitistas, sino porque rechazan dejar que el sentido común domine la concepción de los espacios que intentan proyectar. 

El tema da mucho de sí, y seguiremos hablando de ello.

 

Bajorrelieve del teatro romano de Myra.

 

Fotos: Bajorrelieves, representaciones de máscaras, del anfiteatro de  Myra, Anatolia. @Mercedes Sánchez-Marco

A mi compañero arquitecto, de una traductora

04-10-09. Sillas (?) en una calle de Palermo.

Querido amigo y compañero:

Pues sí, porque además de traductora también soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque ya no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el por qué de la fisura que aparece en la fachada de ese edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma.

Sé que has tenido la ocasión de impartir clases al otro lado del Atlántico, y seguramente eres consciente de tus limitaciones en la lengua de Shakespeare. Me figuro que te acordaste de mí porque no había nadie en tu estudio que te solucionase el problema. Eran las 9:30 y necesitabas las 5 500 palabras traducidas al inglés para la 1 del mediodía del mismo día: efectivamente tenías un problema.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores y alumnos ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma y con lo que quieres expresar en otra lengua?

Una traducción lleva su tiempo: hay que saber del tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a menudo interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 3 000 palabras diarias a un español correcto y bien escrito exige un gran esfuerzo. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración, un mayor esfuerzo: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del texto final.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguro que tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Él te puede ayudar a entender un texto, a salir del paso cuando quieres enviar un correo, perono le pidas que te traduzca una conferencia que vas a impartir a un público de profesionales. Una lengua tiene mil matices que solo el que lo habla desde niño sabe captar. El traductor profesional solamente traduce a su lengua materna, y si necesita realizar una traducción a otra lengua que no sea la suya, acude a un compañero para que le corrija. Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especializades, como otras,  que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y continúa formándose, poniéndose al día. Se merece cobrar un salario digno, y podrás llegar sin dificultad a una cantidad aproximada a partir de las 3 000 palabras diarias. Pero ten en cuenta que paga su seguridad social, tiene vacaciones y necesita realizar ciertas inversiones en equipo, y, además, reciclarse.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a hacerme cargo de la traducción que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer la guía para contratar traducciones que ha publicado recientemente Asetrad, la Asociación Española de Traductores.

Espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria, que es una estupenda intérprete de Bach.

La música de las palabras

Imagen

Querido lingüista que hayas leído el título: no sigas.

Lo que escribo a continuación no es un texto académico, no tiene fundamento teórico: es solo producto de intuiciones y reflexiones y fruto de mi gusto por la música. Porque creo que el placer que siento al escuchar los diferentes idiomas, los matices y acentos de una misma lengua, es debido al placer que siento al escuchar cualquier tipo de música.

Recuerdo que cuando recorría el casco antiguo de mi ciudad, trabajando de arquitecta en la Oficina de Rehabilitación, ante el acento de un determinado vecino, no prestaba atención a nada de lo que me había llevado hasta él: antes tenía que solucionar el problema, no precisamente constructivo, que se me estaba planteando: ¿de dónde era el acento de esa persona?, ¿era de tal pueblo o de aquel otro, distante apenas unos kilómetros?

Lo mismo me sucede con los idiomas. Aunque no sepa hablar determinado idioma, necesito reconocer su ámbito geográfico, y meterme en la música que oigo, reconocer las notas, los acentos, la entonación.

Porque cada idioma tiene su música. Las palabras son notas que forman textos con una composición muy determinada. Cualquier cambio en su orden, la elección de una palabra equivocada, más larga o más corta, sonora o llana, o una puntuación inadecuada, pueden hacer que el texto resulte ágil o, por el contrario, pesado.

Hace unos meses, la traductora Jeanne Vanderwattyne publicaba en su blog Les mots nomades un texto titulado «La musique des mots». Y precisamente estaba escrito en francés, un idioma de armoniosa musicalidad. Mis primeros años de estudio fueron en ese idioma: en clase me enseñaron a redactar y a valorar la importancia de la composición, el peso de cada palabra en las redacciones escolares, enseñanza que reflejaba el gusto de la cultura gala por la escritura.

Me avergüenzo de decir que, aparte de La Montaña mágica de Thomas Mann y la obra de Günter Grass, desconozco la literatura alemana. Y mi reticencia a enfrentarme con un libro traducido del alemán se debe a la mala experiencia sufrida, hace ya años, al intentar leer la traducción de Eichmann en Jerusalén de Hannah Arendt. Que Carlos Ribalta me perdone, pero el libro cantaba en alemán. El texto, cierto, era español, pero yo oía la dureza y el tono grave del lenguaje teutónico a través de las palabras escritas en español. Creo que fue el primer libro que no acabé, pues hasta entonces me imponía siempre llegar hasta la última página, aunque sólo fuera porque me educaron en la economía de la posguerra y había que aprovechar el dinero invertido en el libro. Tuve alguna otra experiencia en el mismo sentido, y siempre con traducciones del alemán, idioma cuya sonoridad está tan alejada de la música de los idiomas latinos.

En aquel tiempo, cuando traté de leer a Hannah Arendt, no prestaba atención a las traducciones. Pero fue quizás el inicio de mi interés hacia mi actual oficio, interés en el que Marguerite Yourcenar tuvo también mucho que ver.

Actualmente, no me conformo con revisar mis traducciones con los métodos habituales: antes de entregarla al cliente, nunca dejo de leerla en voz alta, para asegurarme de que el texto canta bien, con la sonoridad y la música de mi idioma, y comprobar que no he olvidado nota alguna de la lengua original. Y no, cuando se trata de cifras no las leo: sería la música de la lotería navideña.

¿Y qué decir de las palabras de la música, de los textos de las canciones y de su traducción?

Pero de eso hablaremos otro día.

Foto: imagen libre de internet

Traducir arquitectura

cropped-iruc3b1a-arquerc3ada.jpg

Traducir arquitectura: ¿es una especialidad?

Traducir un texto de arquitectura no es sólo trasladarlo a otro idioma: puede dar lugar a una variación importante del documento original.

Las técnicas y materiales constructivos varían en el tiempo y según la situación geográfica. A menudo no se pueden utilizar las fotos o los dibujos empleados en el documento original, y hay que adaptarlos al sistema constructivo del país al que se dirige. Otro tanto sucede con la terminología: cuando los términos utilizados o los trabajos y conceptos que designan no tienen equivalentes en el idioma meta, se deben utilizar nuevos términos y definiciones.

La localización de un texto de arquitectura puede resultar muy complicada, sobre todo si el cliente, o el propio traductor, no tienen claro el límite de nuestra labor. Ya hablaba Yana Onikiychuk en la entrevista recientemente publicada en proTECT Proyect de la tendencia que tienen los traductores especialistas a mejorar el texto original.

Otro escollo con el que a menudo nos encontramos en los textos sobre arquitectura tradicional, es el gran número de acepciones para un mismo concepto, ya que es habitual que exista un léxico regional en los diversos oficios de la construcción, que no siempre coinciden con los de otras regiones. La abundancia de sinónimos y la falta de determinados términos responden a la variedad de las técnicas de construcción y a su diversidad en las diferentes regiones. Esto sucede entre las diferentes regiones de un mismo país, y es más evidente en los idiomas que se hablan a los dos lados del Atlántico, como son el inglés y español. De ahí la necesidad del uso de textos paralelos adecuados y los conocimientos necesarios para discernir su fiabilidad, así como la necesidad de glosarios específicos contrastados.

En la segunda mitad del siglo XX y en los primeros años del XXI, las técnicas constructivas han evolucionado, y se han introducido materiales hasta ahora desconocidos. Las nuevas tecnologías han ido desarrollando en paralelo una terminología propia que ha incrementado considerablemente los glosarios de construcción, que evolucionan de año en año.

La traducción de los textos de construcción requiere, por lo tanto, una continua puesta al día sobre estas nuevas tecnologías.

Otro tanto ocurre con el ámbito normativo. La promulgación del Código Técnico de la Construcción vino acompañada, en cada capítulo, de la terminología utilizada. La normalización en el ámbito europeo de esta normativa nos permite, a través del acceso a documentos bilingües, establecer la concordancia terminológica. Pero esta terminología es estándar y quizás no sea la manejada por el cliente para el que se realiza la traducción: no siempre debemos apoyarnos en el uso de estos recursos.

Un problema común con otro tipo de traducciones técnicas es la falta de recursos en idiomas diferentes al inglés que nos obligan a utilizar este idioma como puente entre los glosarios del idioma fuente y los del idioma meta.

En el caso de la traducción editorial de libros, reedición de las grandes obras clásicas, o publicaciones recientes, es necesario actualizarlas, introduciendo numerosos cambios en los textos y en las imágenes. Pueden ser necesarias modificaciones que afecten únicamente a la ortotipografía o cambios de sentido o de contenido, en función del público al que van dirigidos. A menudo que la traducción de un libro supone un adaptación tan drástica que quizá lo más adecuado fuera no publicar la edición española o reescribir de nuevo el libro, adaptándolo al mercado hispanohablante. Esto también tiene sus dificultades debido a las diferencias existentes en el sector arquitectónico entre España y Latinoamérica. La traductología tendría mucho que decir en este caso: volvemos al problema de los límites de la localización antes tratado. Cuando se trata de editar un libro antiguo, que necesita ser adaptado al lenguaje actual, hace falta también modificar los términos utilizados y adaptarlos a las definiciones actuales que no siempre son coincidentes con las del momento de su escritura.

En cualquier caso, en el proceso de la traducción de textos de arquitectura y construcción debe intervenir, ya sea como traductor o como corrector, un especialista en la materia, con conocimientos constructivos suficientes de construcción y de su terminología, o en su defecto, un traductor muy versado en la materia. La especialización del traductor en arquitectura y construcción es necesaria para que este tipo de textos ofrezcan traducciones adecuadas.

Traducir arquitectura: ¿es una especialidad? ¡Por supuesto! Cada campo del saber y de la actividad humana constituye una especialización y para traducirlo bien debemos conocer a fondo sus peculiaridades.

Dibujo:  @Mercedes Sánchez-Marco