Querido amigo y compañero

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Alzado del edificio del Iruña, en la Plaza del castillo de Pamplona, realizado por la autora.

Querido amigo y compañero arquitecto:

Pues sí, porque además de traductora soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque hace años que no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el motivo de la fisura que aparece en la fachada de un edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma. Eran las nueve y media y necesitabas las 5500 palabras para la una del mediodía del mismo día.

Dijiste que, siendo traductora, no me iba a costar nada.

Debes saber que una traducción lleva su tiempo: hay que conocer a fondo el tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a veces interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 2500 palabras diarias exige un gran esfuerzo que supone un sobrecosto. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del trabajo.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguramente tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Pues bien: no le pidas tampoco a él que te haga la traducción. Un traductor profesional solamente traduce a su lengua materna porque cuando traduce a otra lengua, la música de su propio idioma se deja oír, o puede que utilice expresiones calcadas de la lengua original o palabras fuera de contexto, como a menudo sucede en los folletos de instrucciones de muchos aparatos cuya lectura nos resulta harto difícil. Si te decantas por la traducción automática, antes puedes hacer la prueba de traducir un texto inglés al castellano: entiendes algo, sí, pero, ¿te gustaría pronunciar tu ponencia con ese mismo nivel de inglés?

Sabes muy bien que en los planos a menudo hay líneas que sobran y no aportan nada a un dibujo. Otras en cambio ayudan a definir el espacio, o indican esa intención aún vaga de modificar la textura del pavimento de una estancia. Esa línea tiene que ser rotunda, o sutil, pero siempre de un determinado grosor, y no otro. Igual sucede con la lengua: tiene mil matices que sólo el que la habla desde la cuna sabe captar. La traducción no es una ciencia exacta: cada palabra sólo cobra un valor concreto en un determinado contexto.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores, puedes pasar un día entero hasta que encuentras el grosor ideal de la línea que va a expresar un detalle del proyecto: ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma?

Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especialidades, como otras, que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce y de la jerga específica del sector.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y sigue haciéndolo a lo largo de su carrera. Utiliza programas específicos para mejorar la calidad de las traducciones, y esos programas suponen una inversión. Se merece cobrar un salario digno. Puedes calcular el valor de una traducción a partir de las 2500 palabras diarias. Pero ten en cuenta que es un profesional como tú, que paga su seguridad social, tiene vacaciones, necesita realizar ciertas inversiones en equipo y, además, formarse continuamente.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a traducir el texto que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer el folleto publicado por la Asociación Española de Traductores, Asetrad,

Nada más, espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria.

Un abrazo,

Mercedes, arquitecta y traductora

Traducir los textos de los concursos de arquitectura

@mercedes sánchez-marco
Propuesta para el concurso «La casa del Reloj», Tudela, Navarra

Quiero reivindicar aquí un lugar, mínimo, para el traductor, en el equipo que se presenta a un concurso de arquitectura. Un papel sin embargo que considero imprescindible para lograr el éxito y abrirse camino fuera de nuestras fronteras.

Los arquitectos somos maestros en la expresión gráfica. Los textos de las memorias y artículos divulgativos, salvo para algunos pocos profesionales que manejan con soltura las letras y la ortografía, suelen ser algo secundario, que cuesta mucho esfuerzo, por ser ajeno a nuestro medio de expresión, el dibujo.

El arquitecto, al iniciar un determinado proyecto, o al dar respuesta a las exigencias que plantean las bases de un concurso de arquitectura, concibe una idea que expresa en unos primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, corrigiéndose unas a otras, en los cuadernos de notas o en la servilleta del restaurante donde intenta expresar a su cliente la idea que va surgiendo en su mente. Luego, esos primeros bocetos van tomando forma y volumen en maquetas o dibujos en tres dimensiones para finalmente reflejarse en los planos del proyecto. A partir de ese momento, los instrumentos con los que el arquitecto expresa el edificio proyectado son los espacios, las formas y los materiales.

Director de orquesta, el arquitecto va encajando en el proyecto los diferentes aspectos constructivos y de ingeniería, como un encaje de bolillos, velando por la integridad de esa idea que él quiere expresar, y para que cada elemento del edificio adopte el lugar y matiz adecuados en función de ese resultado final ideado. En el caso de los concursos, se consulta con los ingenieros la estructura del edificio proyectado, o a las posibles instalaciones, y con el aparejador los materiales a emplear.

El edifico final será el resultado de un largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresará su respuesta a las condiciones del terreno, de su entorno y de las necesidades de uso planteadas en el programa, integrando en él las exigencias técnicas y constructivos necesarias. Será el resultad de un trabajo en equipo.

La expresión escrita de lo proyectado es algo necesario, pero secundario. Cuando el arquitecto se expresa con la palabra, en general esconde su torpe discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras y expresiones que solo otros compañeros entienden, pero que parecen otorgar al proyecto un halo de secretismo únicamente descifrable para los iniciados: espina dorsal funcional, paquetes funcionales, pueden ser un ejemplo.

@mercedes sánchez-marco
Panel del concurso «Museo Esteban Vicente», Segovia

Actualmente, la crisis ha hecho que muchos estudios de arquitectura se planteen buscar trabajo en el exterior, y se presentan a numerosos concursos de arquitectura. Excepto en aquellos casos en que se declare idioma oficial el inglés, la propuesta debe estar redactada en el idioma del país convocante, que, excepto en Hispanoamérica y en nuestro propio país, no es el español.

Una vez que, mediante la colaboración de algún compañero que entienda la lengua, o utilizando a San Google, se logra entender las bases del concurso, la memoria explicativa o el texto que acompaña a los dibujos, pasará a segundo término hasta dos o tres días antes de la entrega del concurso: entonces se plantea la necesidad de traducirlos.

Llega el momento de buscar rápidamente a una persona que se pueda encargar de dicho cometido. En el caso del inglés no es difícil encontrar a un becario que hable bien ese idioma, o es posible que los miembros del equipo lo conozcan y se sientan capacitados para realizar la traducción, arriesgándose a cometer algún que otro fallo que, en el caso de reflejarse en la composición del programa, pueden provocar el incumplimiento de las bases del concurso. Lo más habitual en estos casos es que la calidad de los textos desmerezca del resultado del esfuerzo empleado en la propuesta de proyecto.

Al intentar contratar a un traductor profesional, el equipo se encuentra con un gasto añadido, que no había previsto, y que cuesta tiempo y dinero, cuyo coste puede incrementarse por la premura con la que se solicita la traducción.

El costo de la traducción, sin embargo, puede minimizarse si prevé desde el inicio.

Se puede recurrir a un traductor profesional que conozca el tema y nos ayude en los aspectos como:

  • La comprensión de las bases del concurso, de forma que no se escape ningún aspecto del mismo y la propuesta no quede descalificada por la incomprensión de algún concepto.
  • La formación de un glosario terminológico, extraído de las bases, de forma que los textos que acompañen a la propuesta respondan a los condicionantes con idéntica terminología.
  • La formación de un glosario propio, a emplear en sucesivos concursos.
  • La redacción de unas plantillas de textos que se repitan, en lo posible, en cada concurso, de modo que la cantidad de palabras a traducir sea menor.
  • La redacción de los textos de la correspondencia con el organismo licitador.
  • Hacer de enlace en las conversaciones telefónicas que puedan surgir para cualquier aclaración.

En los concursos de arquitectura, exceptuando los casos en los que las bases requieren una memoria explicativa en documento aparte, los textos acompañan a los dibujos en los paneles donde se presenta la propuesta. Suelen ser textos cortos, telegráficos, a menudo difíciles de entender para el profano, y con un lenguaje conciso: por un lado, términos técnicos que se refieren a aspectos constructivos y por otro, términos que intentan explicar la idea que sustenta a la propuesta; como un día me dijo una traductora inglesa éstos últimos, sobre todo, «escritos por arquitectos para ser leídos y entendidos por arquitectos». Son a menudo expresiones de difícil interpretación, y que exigen aclaración por parte de quien lo ha escrito, dado que, para el profano, pueden tener diferentes significados.

Antes de presentarse a un concurso de arquitectura en otro idioma, por lo tanto, hay que prever la traducción de los textos, y conviene contar con un traductor que nos guíe en la compresión de los textos de las bases del concurso y en la expresión escrita adecuada de los diferentes aspectos de nuestras propuestas.

Fotos: Paneles de presentación de propuestas de concursos de arquitectura @mercedes sánchez-marco