El lenguaje de los arquitectos (2)

Primeros dibujos del emplazamiento del Palacio Botín de Santander, de Renzo Piano www.elcultural.com

Hace ya mucho tiempo comentamos que el lenguaje de los arquitectos es muy peculiar.

El arquitecto expresa sus ideas con grafismos y dibujos: también es un artista.

Un buen arquitecto, cuando inicia un proyecto, concibe una idea que refleja en los primeros bocetos a través de líneas, primero toscas y reiterativas, que se van corrigiendo unas a otras. Luego, esos primeros croquis van tomando forma y detallándose en sucesivos dibujos o en esbozos ren

Croquis de la sección del Palacio Botín www.tmagazine.es

derizados y finalmente adoptan la forma definitiva en los planos del proyecto y la maqueta del edificio.  Los espacios, las formas y los materiales proyectados expresarán y darán forma final y real al edificio proyectado.

 

Plano de planta del Palacio Botín www.arquitecturaviva.com

Director de orquesta, el arquitecto encaja en su proyecto todos los aspectos constructivos y de ingeniería, normalmente desarrollados por otros profesionales, cuidando que siempre se mantenga esa idea que él quiere expresar.

Dibujo e la sección del Palacio Botín  www.pinterest.com

La solución de ese largo discurso hecho primero de líneas y luego de volúmenes en los que el autor expresa su respuesta a las condiciones del terreno y de su entorno, a las necesidades del cliente y a los condicionantes de la normativa, es un edificio que integra exigencia técnica y construcción. En la buena arquitectura, nada sobra, cada línea, cada material contribuyen a definir el edificio. La buena arquitectura produce emociones y sentimientos encerrados en los espacios.

El arquitecto se expresa mediante la obra construida, que sintetiza su labor creativa y artesana: un buen arquitecto no es tal si no sabe conducir a buen puerto, a lo largo de una obra, esas ideas expresadas con dibujos y con palabras. La obra final, su volúmen y espacios serán la mejor expresión de la idea inicialmente concebida y luego plasmada en planos y memorias.

Maqueta del Palacio Botín de Santander www.pinterest.com

Cuando el arquitecto se expresa con palabras suele ser mucho más torpe: para explicar su obra y estas emociones que produce esconde su discurso tras un lenguaje florido, metafórico, salpicado de palabras que sólo otros compañeros logran entender; le resulta difícil transmitir conceptos ligados a la creación y quiere concentrar en unas palabras todos los matices. El discurso resulta en frases largas, llenas de subordinadas, que hacen de su discurso algo críptico, misterioso, al alcance solo de los entendidos.

Utiliza expresiones incomprensibles para las personas ajenas a la profesión: «espina dorsal funcional», «diálogo entre volúmenes», «arquitectura enraizada en el ambiente» «luces de las crujías» …

Utiliza metáforas, unas recogidas en los glosarios de arquitectura como «cola de milano», «pico de cuervo», «pico de pato», otras de creación propia, que le ayudan a transmitir con imágenes lo que quiere expresar: «una lámina de agua», «un espacio vibrante», «una ciudad muerta». Las metáforas son la expresión de una cultura y el traductor debe buscar la equivalencia en el idioma meta: el toro aparece en las metáforas de construcción españolas en lugar de la vaca francesa de las metáforas galas y el pato es el ave al que más recurren los franceses, frente al gallo español.

El arquitecto quiere narrar con palabras lo inenarrable, porque «el lenguaje existe y se manifiesta en una sola dirección y puede jugar con su temporalidad, mientras que el espacio funciona en todas las direcciones y su tiempo es siempre hacía delante»[1]. Necesita apoyarse en imágenes, pues solo ellas expresan adecuadamente lo que las palabras no alcanzan.

Como el arquitecto, el traductor de textos de arquitectura y construcción debe apoyarse en imágenes que le ayudarán a entender el significado, en el contexto, de una determinada palabra y a comprobar la exactitud del término traducido, comprobándolo con la imagen correspondiente. Los diccionarios y glosarios más útiles son aquellos que van acompañados de imágenes.

¿Por qué el arquitecto utiliza un lenguaje que no entiende el profano?

El arquitecto utiliza el lenguaje como herramienta de comunicación y signo de pertenencia a la tribu. […] Se ha evolucionado a un lenguaje propio que sólo manejan los propios arquitectos y su entorno más próximo donde el cliente/usuario cada vez es más ajeno a la realidad de la arquitectura. [2]

Porque ese lenguaje peculiar le aporta una marca de tribu: quiere expresar lo que solo sus compañeros pueden entender, percepciones y emociones que escapan al profano.

El traductor de arquitectura y construcción no entenderá realmente lo que quiere decir el arquitecto en sus escritos si no los compara con el resultado final, con el edificio construido y si no llega a entender los motivos que se esconden tras la expresión gráfica y el resultado construido. Si el arquitecto ha utilizado una palabra equivocada, analizando el edificio construido, cotejando los textos con los planos y otros grafismos, el traductor podrá entender qué era lo que realmente quería decir.

Porque los traductores solo podemos traducir bien lo que entendemos.

[1] Blog: stepienybarno, «El lenguaje de los arquitectos 1/2» 13/12/2009

[2] Castaño Perea, Enrique y de la Fuente Prieto, Julián: «Lenguaje del arquitecto: diagnóstico y propuestas académicas», Revista de docencia universitaria, vol. 11 (3), octubre-diciembre 2013.

Fotos: dibujos y maqueta del proyecto del Centro Botín de Santander, de Renzo Piano,  recientemente inaugurado.

Querido amigo y compañero

Imagen
Alzado del edificio del Iruña, en la Plaza del castillo de Pamplona, realizado por la autora.

Querido amigo y compañero arquitecto:

Pues sí, porque además de traductora soy arquitecta, no puedo remediarlo, lo llevo dentro, y aunque hace años que no ejerza, sigo caminando con la vista en alto, fijándome en los detalles de las cornisas, de los balcones, o preguntándome el motivo de la fisura que aparece en la fachada de un edificio.

El otro día te pusiste en contacto conmigo porque tenías que dar una conferencia en inglés, en un ambiente académico, y querías que te tradujera la ponencia a dicho idioma. Eran las nueve y media y necesitabas las 5500 palabras para la una del mediodía del mismo día.

Dijiste que, siendo traductora, no me iba a costar nada.

Debes saber que una traducción lleva su tiempo: hay que conocer a fondo el tema que se traduce, el léxico específico. Y hay que revisarla, corregirla; a veces interviene un segundo traductor para hacerlo. Traducir más de 2500 palabras diarias exige un gran esfuerzo que supone un sobrecosto. Porque es posible pasar ocho, diez, doce o catorce horas seguidas delante de la pantalla dibujando un plano. Pero la traducción, y te lo digo por experiencia, exige una mayor concentración: forzar el número de palabras a traducir en un día, va en detrimento de la calidad del trabajo.

Una traducción no la hace cualquiera. Seguramente tienes en el estudio un estudiante o un recién licenciado que ha pasado un año estudiando en Inglaterra. Pues bien: no le pidas tampoco a él que te haga la traducción. Un traductor profesional solamente traduce a su lengua materna porque cuando traduce a otra lengua, la música de su propio idioma se deja oír, o puede que utilice expresiones calcadas de la lengua original o palabras fuera de contexto, como a menudo sucede en los folletos de instrucciones de muchos aparatos cuya lectura nos resulta harto difícil. Si te decantas por la traducción automática, antes puedes hacer la prueba de traducir un texto inglés al castellano: entiendes algo, sí, pero, ¿te gustaría pronunciar tu ponencia con ese mismo nivel de inglés?

Sabes muy bien que en los planos a menudo hay líneas que sobran y no aportan nada a un dibujo. Otras en cambio ayudan a definir el espacio, o indican esa intención aún vaga de modificar la textura del pavimento de una estancia. Esa línea tiene que ser rotunda, o sutil, pero siempre de un determinado grosor, y no otro. Igual sucede con la lengua: tiene mil matices que sólo el que la habla desde la cuna sabe captar. La traducción no es una ciencia exacta: cada palabra sólo cobra un valor concreto en un determinado contexto.

Querido amigo y compañero: eres un exquisito cuando dibujas, exigente con la expresión gráfica de tus colaboradores, puedes pasar un día entero hasta que encuentras el grosor ideal de la línea que va a expresar un detalle del proyecto: ¿por qué no eres igualmente exigente con este otro medio de expresión, que es el idioma?

Además, una traducción de arquitectura no la hace cualquier traductor, porque efectivamente, lo que escribimos los arquitectos, a veces sólo lo entendemos nosotros, y lo mismo sucede con una traducción legal o médica: son especialidades, como otras, que requieren un gran conocimiento del tema que se traduce y de la jerga específica del sector.

Una traducción cuesta dinero. El traductor es un profesional que se ha formado y sigue haciéndolo a lo largo de su carrera. Utiliza programas específicos para mejorar la calidad de las traducciones, y esos programas suponen una inversión. Se merece cobrar un salario digno. Puedes calcular el valor de una traducción a partir de las 2500 palabras diarias. Pero ten en cuenta que es un profesional como tú, que paga su seguridad social, tiene vacaciones, necesita realizar ciertas inversiones en equipo y, además, formarse continuamente.

Por todo ello, querido amigo y compañero, me negué a traducir el texto que te urgía, y te sugiero que antes de que llegue la próxima ocasión, le dediques un tiempo a leer el folleto publicado por la Asociación Española de Traductores, Asetrad,

Nada más, espero que tus oyentes anglófonos no tuviesen dificultades en entender el texto traducido por la hija de tu secretaria.

Un abrazo,

Mercedes, arquitecta y traductora

El lenguaje de los arquitectos

Máscara Myra 1

Mucho podemos decir del lenguaje que utilizan los arquitectos cuando hablan de arquitectura y cuando describen sus proyectos. Mientras trabajé solo como arquitecta, no me percaté de ello, pero desde que soy traductora y presto atención a las palabras, me he dado cuenta de que los arquitectos utilizamos un lenguaje propio y peculiar al tratar los temas de nuestra profesión, un lenguaje no siempre fácil de entender para los profanos.

El arquitecto no ha tenido formación lingüística: su medio de expresión es el lápiz, el programa de dibujo o el de modelado tridimensional y, sin embargo, también tiene que escribir y describir su proyecto con palabras. Algunos profesionales dominan la escritura y son tan hábiles con la pluma como con el lápiz, con el teclado como con el ratón, deberíamos decir hoy en día, pero otros, adornan un lenguaje pobre con unas palabras incomprensibles para un profano o con neologismos difícilmente admisibles por la Real Academia de la Lengua, esperando con ello que su discurse resulte más culto.

Una traductora inglesa, con mucha experiencia en la traducción de textos escritos por mis compañeros, me comentaba que tiene por costumbre aplicar una tarifa bastante más alta a este tipo de textos, porque entenderlos le supone una mayor dificultad.

Pierre Fuentes, amigo arquitecto y traductor, publicaba hace tiempo en su blog La poutre dans l’oeil, esta entrada que ilustra el uso del lenguaje por parte de estos profesionales.

EL LENGUAJE DE LOS ARQUITECTOS: ¿ELITISTA O RACIONALISTA?

¿Utilizan los arquitectos un lenguaje abstruso?

La gente se burla de su jerga. Se les echa en cara que utilizan un vocabulario incomprensible. Se les encierra en el cliché de su «torre de marfil», esa obra de dimensiones bíblicas que parece protegerlos de la mediocridad de sus contemporáneos. Algunos dicen incluso que el único objeto de este lenguaje abstruso es mantener alejados a los filisteos.

Es cierto, hay que admitirlo, que los arquitectos tienen a veces tendencia a dejarse llevar por un cierto hermetismo lingüístico pero es sólo el resultado de la evolución del entendimiento humano.

En 1923, Le Corbusier publica  Vers une architecture, un trabajo en el que expresa «tres llamadas de atención a los señores arquitectos». Se refiere a: «el volumen», «la superficie» y «el plano», las tres principales componentes de toda arquitectura. El volumen, es la forma bajo la luz. Es más bella cuanto más simple. La superficie cubre el volumen. Se debe elaborar según las reglas que establecen las leyes geométricas. El plano es el que ordena. El elemento generador.

En 1930, aún va más lejos. En Précisions, se libera totalmente de los conceptos antropomórficos: la «habitación» se convierte en «la función»; el «pasillo», un «órgano de circulación horizontal»; el «tabique», un «diafragma».

¿Por qué no llamar gato al gato? ¿Por qué ese elitismo lingüístico?

Porque no se trata de elitismo. Se trata de racionalizar. Para entender la arquitectura moderna, hay que preguntárselo a la física moderna.

«Resumiendo, lo que caracteriza la evolución de la física, es una tendencia a la unidad y esta unificación se realiza sobre todo bajo el signo de una cierta liberación de la física, de sus elementos antropomórficos y, sobre todo, de los vínculos que la hacían depender de lo específico que hay en la percepción de nuestros órganos de los sentidos» (Initiation à la Physique, Max Planck, 1934, Flammarion, traducido del alemán por J. du Plessis de Grenédan, 1941).

Max Planck pertenecía a la primera generación de los grandes sabios del siglo XX. Premio Nobel de física en 1919 e inventor del concepto de «quantum», explicaba que para entender los fenómenos que perciben nuestros sentidos, la física había tenido que liberarse de «sus elementos antropomórficos», esto es, de los vínculos que la hacían depender de lo específico que hay en los órganos de nuestros sentidos.

Llamar «pasillo» a un «pasillo», es ya darle la forma que nuestros sentidos están acostumbrados a percibir. ¿Cómo sería posible, en semejantes condiciones, poder pensar en él bajo una forma diferente?

Los arquitectos utilizan un lenguaje extraño, no porque sean elitistas, sino porque rechazan dejar que el sentido común domine la concepción de los espacios que intentan proyectar. 

El tema da mucho de sí, y seguiremos hablando de ello.

 

Bajorrelieve del teatro romano de Myra.

 

Fotos: Bajorrelieves, representaciones de máscaras, del anfiteatro de  Myra, Anatolia. @Mercedes Sánchez-Marco